*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte
Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in
memoriam
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160
*
Estoy a la sombra del viento
sobre un barril de agua
viendo
la tormenta acontecer, delante de mis ojos.
Las funciones esenciales ocurren solas
sin embargo, yo las superviso
y en esta especie de esquizofrenia
de los sentidos
yo veo a mi corazón latir
a mi garganta tragar
a mis pulmones absorber aire
y dejo ir en sudores
lo que sobra.
Debería
elegir lo que mi cuerpo elige
pero traiciono
su idiosincrasia cada día,
debería
alimentar mi sangre con hierro y vitaminas
y no contaminarle
la esencia con alcohol.
Pero si se quiebra en dos la suerte
-el número para todo siempre es dos-
y viene la muerte a entronizarse, a vibrar
hay que decir, que en realidad te estás
confundiendo, no es la muerte,
se trata de la vida aunque son
más o menos
la misma cosa.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
El extraño
curso de los días*
*Por
Miriam Cairo.
I.
Hay días raros. Rarísimos. Como si fueran
reales. Días que tienen un adentro y un afuera. Días en que los ángeles
persiguen a los dragones por las azoteas de los edificios, y los dragones
mandan mensajes de texto al hombre araña que no responde porque está haciendo
terapia de pareja con la tarántula de sus sueños.
II.
Hay días sádicos. Días en los que una
escribe como si estuviera viviendo. Una dice lámpara. Dice cuerpo. Dice
sobresalto. Una dice "quiero nadar desnuda en tu sangre" y el crimen
ocurre con toda su potencia.
III.
Hay días esmerilados como el de ayer, sin
ir más lejos. Días en que mientras una lee un cuento de Saer se da cuenta de
que la muerte es algo que al ser humano le sienta bien. Al muerto le sienta
bien. Y que la vida le sienta bien a los que viven. Pero al que escribe sólo le
sientan bien los vidrios esmerilados, las lluvias y otras peripecias.
IV.
Hay días julianos en los que el cuervo del
tiempo es una cuenta continua. Días en que soy un cuerpo celeste en medio de
otros eventos estelares. Y el hombre con el que estoy de pronto es capaz de
mover su mano izquierda, imperceptiblemente, como el movimiento de una
estrella, y separa el día de la noche. Sólo eso.
V.
Hay días kafkianos en los que una, mientras
más afuera se siente del mundo, más adentro está. Profundo asombro. Respiración
como asfixia. Silencio en eco. Otra es alguien que también es yo. Otra es la
malabarista manca que ha decidido escribir con la mano que le falta.
VI.
Hay días falsos que se imponen como si
fueran verdaderos. Al lunes le sigue el martes como un cordero sumiso. Y el
martes cree en sí mismo a tal punto que su propia mentira se vuelve verdad. Si
una mira los calendarios encuentra que es martes. Si una pregunta qué día es
hoy cualquier persona es capaz de contestar, "martes". Hay días con
verdades irrefutables. Pese a todo, una se reserva el derecho al vicio y la
blasfemia.
VII.
Hay días físicos en los que la ley de
gravedad se cumple a rajatabla. Una siente que apoya los pies en el suelo y
cree en todos los objetos que caen. El cabello cae lentamente desde la cabeza,
y también los párpados, y los hombros y la lengua caen hasta más abajo de la
noche. Caen hasta no poder más porque hay una ley que se respeta.
VIII.
Hay días homéricos en los que el mundo nos
retiene. Días en que otros viven para que una escriba. Y una escribe, envuelta
en su propia piel, a toda costa atada a los anhelos desmedidos. Las piernas
entablan una relación filial con la cintura, con la garganta y con los senos,
pero no se mueven porque una, que quisiera vivir, no puede.
IX.
Hay días breves que pasan como la sombra de
un pájaro. Los vendedores hacen cuentas apresuradamente. Los compradores
desembolsan dinero apresuradamente. Los que miran y no compran ni venden, miran
todo apresuradamente, porque ese día lleno de desigualdades pasa breve, pesado
y oscuro como la sombra de un pájaro.
X.
Hay días amontillados en los que la
felicidad no ocurre para siempre. Días en los que a una la llaman por su nombre
de pila. Una toma de la pila de los nombres su nombre. Lo parte en dos. Separa
las dos sílabas asimétricas y no ocurre nada extraordinario.
Ultimo
Hay días dantescos en las que una decide
sentir más fuerte la crueldad del mundo. La siente propia. Una es un monstruo
que se devora a sí misma, cruelmente, atrozmente. Con el mismo apetito mata a
un hombre que es una misma. Una entra en su casa y le descerraja un tiro en el
hombro y otro en el pecho y el hombre muere. Una mata en nombre de la paz. Una
mata porque no tiene un poeta que la guíe. Hay días en que una es el monstruo
de occidente desgarrando a oriente.
*Fuente: Rosario/12: sábado, 7 de mayo de
2011
https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28572-2011-05-07.html
NOCHE TEN PIEDAD*
Cuando el desierto de
la noche abre
la boca
devora a los solos.
Heridos caen temblando
buscando la raíz
la negra leche que no
alimenta.
El mundo es ese pozo
donde se rompen
espaldas
y despedazan las
ropas.
Noche de ausente luna
en la calle del ojo
imposible bailar la
música que calla
como un cobarde sin
caricias.
Profunda noche de
quebrados
espejos
ten piedad en tu
cacería.
*De Carlos
Norberto Carbone.
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
NOVENA PARTE.
La mujer sacó de un cajón un plato con
manzanas y algunos duraznos.
–Es de lo poco que se da por acá. En las
mañanas salgo a recolectar frutas de los manzanos y duraznos que están cerca de
aquí. No me atrevo a ir más lejos. Tal vez, un poco más allá, encuentre otro
tipo de fruta, pero prefiero no saberlo. Es mejor así.
Comimos las frutas que tenían un extraño
sabor metálico. No quise pensar en una probable contaminación, pero regresó a
mi mente la imagen del río que venía del norte y que, muy probablemente,
superaba los límites de la muralla. El río, tal vez, partía a la mitad el mundo
conocido, como el cuchillo de filo mellado que utilizábamos en ese momento para
dividir una manzana. El río, antes fuente de vida, era ahora una arteria tóxica
que envenenaba gradualmente el ambiente y traía, de vez en cuando, cadáveres ungidos
por la memoria del fuego, rostros desfigurados, convertidos en despojos
anónimos cuya voz se había apagado con la combustión persistente. Pensé que
ella, la mujer, en un rapto de desahogo, una catarsis desconocida, nos
confesaría la rapiña de los cuerpos. Pensé que de vez en cuando emprendía el
largo trecho hasta el río. Se guiaba por el hedor de la materia descompuesta
que se fortalecía mientras se acercaba. Una vez en la ribera penumbrosa,
contemplaba con melancolía el cauce oscuro y espeso. Después, ayudada por una
larga vara, removía escombros y, con gran esfuerzo, acercaba algún cuerpo aún
ceniciento, que navegaba boca arriba, con las órbitas de los ojos anegadas, las
mandíbulas laxas y las entrañas diluyendo sus límites, convertidas en una sola y
humosa sustancia. También recogía objetos que remolcaba la corriente: envases
de leche, contenedores de agua, pedazos de metal que pudieron ser parte de un
auto. Seguramente la ardua empresa de remolcar los cuerpos la hacía poco a
poco. Imaginé su lento avance a través de la tarde. Ante la imposibilidad de
arrastrar un cuerpo en una sola jornada, lo dejaba en la intemperie, esperando
que el tiempo y los insectos siguieran desgastando la materia para hacer más
ligera su carga. Si esperaba lo suficiente sólo tendría que arrastrar una
colección de huesos apenas unidos por las débiles articulaciones. De todas
formas, la dureza del piso impediría que pudiera enterrarlos. “¿Para qué tanto
esfuerzo?”, pensé mientras miraba los brazos de la mujer, como si esa simple
observación fuera suficiente para calcular la fuerza necesaria, la obcecación
que se necesita para arrastrar un cadáver por el bosque. Y cuando ella desvió
la mirada y me sorprendió contemplándola, supe, por el esbozo de sonrisa y el
nerviosismo que intentó ahogar juntando las palmas de sus manos en una oración
absurda, que mi imaginación podía ser real. Afuera, semiocultos entre los
densos árboles, habría decenas de cuerpos. La falta de aves carroñeras generaba
una degradación paciente, como la de los barcos semienterrados en la arena,
carcomidos por el salitre, habitáculos de pequeños moluscos y otros seres. Hice
el propósito de que, al día siguiente, buscaría entre la espesura alguna prueba
de mis sospechas.
–Mañana continuaremos nuestro camino,
señora –dijo Lucrecia.
La mujer la miró con ternura. Le pasó una
mano por los cabellos. Eran, por un instante, madre e hija. Yo, un simple
testigo que podía mirar desde lejos ese acto íntimo que, acaso, ellas mismas no
entendían muy bien, pero que les otorgaba un poco de tranquilidad en ese
ambiente corrupto y maleable.
Nos despedimos. La mujer entró a su
dormitorio. Antes de que cerrara su puerta alcanzamos a distinguir el perfil de
una cama y un baúl de madera.
Recargados en la pared, a un lado de la
ventana, teníamos muchas dudas. El fuego alcanzaba a calentarnos. Miré mi
mochila. Tenía mucho que no prendía la computadora. Ahora, más que una
herramienta, era un peso inservible, como las cadenas que cargan los condenados.
Pensé que la humedad ya empezaría a afectar su funcionamiento. La saqué de la
mochila y pulsé el botón de encendido. Vi que se prendió la pantalla. Tenía
miedo de que la mujer despertara, saliera del cuarto y observara mi aparato.
¿Qué pensaría ella al mirar un objeto de otro mundo? El destello de la pantalla
tardó en aparecer. Comprobé, desesperanzado, que la pila estaba por acabarse.
El porcentaje era mínimo. En unos minutos se apagaría. ¿Qué hacer? Me sentí
impotente. Tendría que escribir mis últimas palabras en la máquina antes de que
se clausurara por completo. Después, tendría que dedicarme al papel, a mis
letras en las hojas amarillas, luchando por encontrar su propio espacio, su
propio flujo en medio de una maraña de pensamientos que se apretujarían, como
bestias ansiosas, al unísono, por un lugar.
Lucrecia se puso en pie para mirar los
objetos de plástico en los estantes. Mientras tanto, yo saqué una libreta y un
lápiz. En la mochila, casi como un amuleto, un objeto ritual, estaba la libreta
roja del viajero. Era curioso. Ante la falta de nombres, había optado por
llamar a los personajes con quienes me encontraba por su función en el mundo.
Lucrecia tocó con un dedo el rostro de la muñeca y trató de adivinar, entre
murmullos, la función de los otros objetos de plástico que se arracimaban
frente a ella. Después, cansada de su exploración, tosió un par de veces y
regresó junto a mí. Recargó su cabeza en mi hombro y dormitó.
Comencé a escribir. Al inicio mi letra era
temblorosa. Decidí, mientras las primeras palabras tenían lugar en el papel,
que ocuparía el resto de la pila para copiar partes del texto que sirvieran
como una especie de introducción. Después me basaría en las anotaciones
dispersas que tenía en papeles arrugados al fondo de la mochila. Tendría que
tener cuidado con la humedad. La pesadilla era, en esos días, el agua que
diluye la tinta, que ramifica palabras hasta hacerlas irreconocibles. Un texto
podría convertirse en un mapa, una imagen compuesta de manchas, una fotografía
de un cielo cubierto de nubes en el que cualquier significado es posible. Los
párpados de Lucrecia tenían un leve temblor, como si presintiera lo que estaba
escribiendo y la curiosidad luchara por hacerse un espacio entre el sueño para
que pudiera leer mis primeras anotaciones de la noche.
Hice un pequeño resumen de lo que había
pasado el último día antes del encuentro con la mujer. Fue difícil recuperar
los detalles de la marcha. Después narré la conversación con ella. En mi texto,
las parcas palabras intercambiadas entre los tres, se habían extendido,
apropiándose de imágenes, contextos, comparaciones. Escribí la historia del
vigía y del puesto de vigilancia. Evalué argumentos a favor y en contra de su
existencia. Quizás ese nuevo lugar, ese puesto de avanzada, era una especie de
vórtice que absorbía cualquier cosa que se le acercara. ¿Cómo comprobar todo?
¿Cómo asimilar el vértigo de tanta fantasía?
Lucrecia seguía dormida. Ahí, junto al
fuego que se violentaba por una breve racha de aire, parecíamos dos huérfanos
en medio de la calle, esperanzados en las monedas de los transeúntes. Me di
cuenta que, en realidad, antes que otras cosas, me interesaba explorar la
historia del hombre. Acabé por llamarlo, como lo había hecho la mujer, “El
Vigía”. También nombré a su cabaña el “Puesto de Vigilancia”. Después pensé que
si había un hombre en ese lugar, si todavía vivía, quizás tendría alguna
certeza, información que ni siquiera sospechábamos. Escribí el perfil de un
hombre valiente, inmune a la muerte, incluso al paso del tiempo. Ahí, en el
Puesto de Vigilancia, vigilaba el paisaje y desentrañaba el significado de las
nubes. Estaba a la espera de algo. Su labor era la de cualquier persona en un
puesto de avanzada. Era alguien que otea el horizonte buscando los movimientos
del enemigo. La dificultad era imaginar a un enemigo en esa tierra de nadie.
Podía ser cualquier cosa. El Vigía no tenía atrás a ningún ejército, tampoco
nada con qué defenderse. Sólo estaba ahí, mirando por la ventana en el Puesto
de Vigilancia, acumulando información todos los días. A lo mejor intentaba
dormir lo menos posible para seguir, en lo más profundo de la noche,
recolectando señales en la lejanía. Es probable que no saliera de la
construcción. En el exterior del puesto, aunque fuera un par de metros lejos de
la puerta de entrada, era vulnerable por completo, como un pez que, de repente,
por un impulso demasiado fuerte, salta y queda fuera del agua, dando de
coletazos, con los ojos reflejando el brillo del sol, tratando con todas sus
fuerzas de volver al agua pero, al mismo tiempo, sometido a una atmósfera que
lo oprime, que entorpece movimientos que antes eran fluidos. Y por eso, quizás,
sólo esperaba un golpe de fortuna, una colisión accidental, un último esfuerzo
que lo alejara de la muerte.
Miré a Lucrecia. Supuse que, adormilados,
coincidíamos en el mismo lugar. Dejé la escritura. Creí que Lucrecia, por la
tranquilidad con la que dormía, estaba nombrando, en el sueño, a cada uno de
los árboles de la zona. Para mí era imposible identificar a los cientos de
ejemplares que formaban laberintos casi imperceptibles en la espesura. Por eso
sólo podía contemplar los troncos blanquecinos, cubiertos de una volátil
ceniza. Al fin comencé a cerrar los ojos.
Soñé.
Al principio era un sueño sin imágenes,
construido con estímulos auditivos. Era un espacio oscuro que se llenaba con un
violonchelo. La primera imagen que surgió era una mano de dedos muy largos
tomando el arco para tañer las cuerdas del instrumento. Sólo tenía la certeza
de esos elementos, como si todo lo demás, el contexto, estuviera cubierto por
una bruma. Desde mi perspectiva parecía que, en lugar de las cuerdas, el arco
iba directo a la madera, como si intentara horadar la caja, destruir poco a
poco el andamiaje de madera. Por esta razón el sonido se volvió un frotamiento
constante, casi neurótico, que no podía detenerse. Quizás la madera comenzaba a
ceder porque escuché un crujido y, luego, el sonido de la lluvia. La lluvia
volvía, constante, con su golpeteo, con su ritmo monótono que te llevaba a la
locura. Cuando por fin, en la realidad, lloviera, ese efecto sería aún más
fuerte. Nadie podría soportar esa lluvia interminable.
Nos despertamos casi al mismo tiempo. Aún
estaba oscuro, pero presentíamos que faltaba poco para los primeros rastros del
amanecer. El fuego latía en la chimenea aunque pronto sería un recuerdo.
Escuchamos el progresivo avance de las brasas y de la ceniza. Sin decirnos una
sola palabra sabíamos que sería casi imposible volver a conciliar el sueño. Aún
teníamos una somnolencia viscosa. Era como emerger de entre capas y capas de
pesado musgo, salir de un marasmo de líquenes y densas raíces que se extendían
por todo nuestro cuerpo y lo abrazaban. El mundo, o al menos esa región, esa
cabaña, invadían progresivamente nuestros sentidos.
Iba a levantarme cuando escuché ruidos en
el cuarto del fondo, donde dormía la mujer. La puerta estaba cerrada, pero el
espacio entre las deterioradas tablas que la formaban dejaba vislumbrar el
lento movimiento de una sombra. Agucé la vista. El fuego estaba a punto de
apagarse y la luz era cada vez más débil. Tuve la certeza de que la mujer se
movía al otro lado. Recorría el cuarto de un extremo al otro. Tuve la sensación
de observar a una bestia tras los barrotes de una jaula.
–¿Qué soñaste? –me preguntó Lucrecia en voz
baja.
Puse un dedo en mis labios para indicarle
silencio.
Distinguimos, abriéndose paso entre el
silencio y el ruido de los insectos, la trabajosa respiración de la mujer. Pero
no era un aliento temeroso el que escuchábamos, era un sonido que mezclaba la
amenaza y la tristeza; era un murmullo agreste, acaso antiguo, que nos rodeaba.
El primer impulso fue huir. Sin embargo, la fragilidad de la mujer, nos hizo
resistir. Quizás la mujer nos escuchó porque detuvo sus pasos. Sin embargo, no
salió del cuarto. Pasaron varios minutos así. La luz de la mañana fue ganando
terreno en el piso. Unos minutos más y volvieron los pasos, esta vez con más
fuerza, como si alguien intentara comunicar algo o establecer un nuevo límite.
Le dije a Lucrecia que era mejor irnos. Ella asintió, tomamos nuestras mochilas
y salimos.
Emprendimos el camino para reintegrarnos al
sendero principal. Lucrecia se retrasó unos momentos. Al regresar unos pasos
para ayudarla, me pareció ver a la silueta de la mujer, en la ventana redonda,
contemplando nuestra huida, acaso satisfecha, cumpliendo la absurda misión de
estar sola, dialogando con los objetos de plástico, con la humedad que
infestaba la cabaña y que nutría su locura.
Apenas hicimos referencia de lo que
habíamos vivido en las horas más recientes. Era demasiada información para
sacar conclusiones. Después de un rato pudimos regresar a la bifurcación que
habíamos encontrado y enfilamos por el otro sendero. El paisaje era similar,
acaso la única diferencia era un clima un poco más cálido. En trechos nos
quitábamos las chamarras para refrescarnos.
Lucrecia parecía fatigada por el viaje.
Sólo entonces tuve el deseo de regresar a la ciudad para que ella pudiera
descansar. Pero el viaje se antojaba difícil, muy largo. Era mejor seguir
adelante. Pensaba en eso cuando, después de bajar por una pequeña pendiente,
encontramos una cabaña. A nuestra mente llegó la imagen del Puesto de
Vigilancia. Lucrecia me tomó del brazo. Caminamos con más prisa. Nos acercamos
al lugar con los nervios en tensión. Podría ser real la historia de la mujer o,
quizás, una simple coincidencia. El desconocimiento del mundo, la falta de
mapas, de certezas, hacía que cualquier encuentro pudiera encajar con alguna
leyenda, supersticiones alimentadas por el desvarío. La puerta no tenía seguro
y abrió con un empujón. La cabaña parecía haber sido habitada hacía poco
tiempo. Una viga del techo, deteriorada, filtraba la luz del sol. En un rincón
estaba una estufa de leña. Alrededor se podía observar la madera oscurecida por
el humo. Intenté encontrar rastros de los antiguos ocupantes, pero no había
señales. Lucrecia se asomó por la ventana y miró el bosque. La luz de invierno
parecía sumergir el interior de la cabaña en un tiempo antiguo, volvía opacos
los escasos enseres desperdigados en el piso y sobre una pequeña repisa: un
destapador de metal, un cuchillo de cocina, las cáscaras endurecidas de unos
limones. Fósiles conservados por las noches que acaso se avivaban con las
sombras de la tarde. El ambiente tenía una calidez extraña, artificial, como si
del piso, entre las junturas de las tablas de madera, saliera un aliento que
entibiara nuestros cuerpos y nuestras respiraciones. En el único cuarto
disponible había una cama cubierta por un sarape un poco deshilachado. Parecía
la casa de un ermitaño. No había basura y los objetos que seguimos encontrando
(un martillo, un par de tazas en una tina de plástico, el armazón vacío de unos
anteojos, un reloj de pulsera detenido a las 3 en punto) parecían piezas de un
museo imaginario, ejemplares que, tan sólo al ser interrogados en silencio,
cumplían un sentido. Imaginé al Vigía dejando esos objetos, en esa posición,
para tratar de comunicar un mensaje secreto. Lucrecia hurgó en la cama, en un
cajón vacío, en el quicio de las ventanas. No había alguna señal que confirmara
la versión de la mujer. Era una cabaña como las otras, sólo que construida
lejos del pueblo.
Nos sentamos en la cama y miramos de frente
a la puerta. Desde nuestra perspectiva podíamos ver las dos mochilas. Se oía, a
lo lejos, el murmullo de los insectos. Traté de distinguir el aleteo de los
pájaros negros. Pensé que nos acompañarían en el trayecto. Nos quedaba comida
y, al menos hasta ese momento, no quería hablar con Lucrecia de los planes para
los próximos días. Era probable que en las áreas cercanas hubiera pueblos
devastados, restos de casas, piedras apiladas o remedos de caminos devorados
por la vegetación. Quizás había más cabañas como en la que estábamos,
salpicadas en el bosque. Teníamos el resto de la jornada para descansar.
Podríamos esperar a que el sol acabara su desplazamiento por el cielo y que la
oscuridad se abatiera sobre esa parte del mundo. Sin luz artificial, con el
escaso resplandor de la luna que apenas tocaba las cosas, nos dedicaríamos a
imaginar el resto del país, el probable origen de la muralla y las palabras
finales de los desaparecidos.
Me quité las botas. Tenía una leve punzada
en la planta de los pies. Las piernas me dolían. Podía escuchar la respiración
acelerada de Lucrecia. La mía se había alentado hasta recuperar su normalidad.
Adivinaba los urgentes latidos en su cuerpo. Sin embargo, su rostro reflejaba
tranquilidad e, incluso, somnolencia. Parecía desear la llegada del crepúsculo
para cerrar los ojos y dormir.
Recorrí la pequeña habitación y me asomé a
la puerta de entrada. Lucrecia se tumbó en la cama. Una racha de aire
estremeció las ventanas. Me pregunté si, en aquella región, había animales
peligrosos. Escuché la voz de ella.
–Acércate –me dijo.
Se había quitado la chamarra y sólo estaba
con los pantalones y una playera blanca. La playera dejaba entrever sus pechos
y las aureolas de los pezones. La luz de la tarde parecía un animal vivo que
iba y venía por su vientre. El sol parpadeaba en los huecos de las cortinas
deshilachadas que tenían un leve movimiento generado por el aire que se metía
por los huecos de la cabaña. Pero el aire no alcanzaba a contagiar su frío y el
ambiente, al menos en esos segundos, se caldeó en lugar de enfriarse. Sentí mis
manos tibias y mi cuerpo pareció nadar en una sustancia espesa. Me acerqué
sintiéndome un poco tonto. Me acerqué, también, pensando que estaba cruzando
una nueva frontera, esta vez más difusa, hecha de una respiración que,
lentamente, volvía a aumentar su ritmo. Sin embargo, mientras ella, levantando
la parte inferior de su playera, llevaba mi mano izquierda entre sus pechos,
supe que ese nuevo territorio, uno que creía conocer, tenía una profundidad que
Lucrecia había aprendido a desentrañar, a sondear en el curso de los últimos días
y que, sólo ahora, estaba dispuesta a mostrarme.
–Tengo cáncer –me dijo.
Detuve mi mano y luego la llevé a un lado
de su torso, cerca de la cintura. Deseé una sonrisa en ella, algo que
invalidara su declaración. Ella se mantuvo serena. Parecía que había planeado
esas dos palabras desde el día en que nos conocimos. Quizás había imaginado el
momento cuando la había visto de espaldas, mirando por la ventana la ciudad
moribunda, la ciudad de los suicidas y de los apagones. Sus dedos sobre el
vidrio de la ventana nos delineaban, como una aventurada profecía, y nos
indicaban el camino a seguir en esa cabaña asediada por el frío pero que, de
alguna manera, conservaba y expandía el calor de nuestros cuerpos.
–Lo último que me dijeron los doctores es
que no había nada que hacer.
–¿Qué?
–Fue lo último que escuché antes de que el
hospital se quedara sin los medicamentos…
Lucrecia detuvo su voz pero seguía
ensimismada con su historia. Cerró los ojos mientras mis dedos se hundían
ligeramente en la piel fría de su pecho izquierdo. El estremecimiento ocurrió
en ambos. Pero el deseo, enmarcado en el discurso de ella, era sólo un elemento
más, inaprensible, un pretexto para que yo abandonara la mente, la llevara
lejos de las palabras y de lo que sugerían.
–Cáncer de pulmón. Hay un tumor por ahí…
creciendo.
Su voz quedó anclada en mi silencio. ¿Qué
podía decirle? Ella sonrió como si hubiera dicho una broma. Yo intenté
corresponder con algún gesto amable que diluyera la tensión, pero sólo pude
desplazar mi mano hasta su vientre y comprobar que, también, estaba frío. La
piel de su cuerpo era una superficie invernal, muy parecida al clima que
cercaba la ciudad de donde habíamos partido y que mantenía a la gente
ensimismada, ajena al pasado, repitiendo las mismas rutinas hasta derrumbarse
por completo.
–Quizás, en este momento, hay nieve en la
ciudad, en el hotel, en los techos de las casas– le dije, mientras una nueva
avalancha de nubes disminuía la luz solar y nos dejaba, al mismo tiempo, en la
penumbra. Sus labios, húmedos, destellaron por un momento. Pensé en las nubes
que iban al norte y que se amontonaban como piedras en continua fragmentación,
chocando entre sí sin disolverse. Pensé en nosotros, en ese instante en el
hotel, con una pieza de Chopin carcomiendo la inmovilidad de una tarde casi
infinita. Después de la salida del hotel la única música que podíamos escuchar
eran nuestras voces abriéndose paso entre el viento, el sonido de los árboles y
los pájaros negros que miraban nuestros pasos y que, a veces, parecían
seguirnos.
La besé. Ella respondió con una mezcla de
excitación y curiosidad. No sabía si el cáncer ya había derivado en una
metástasis o alguna otra palabra desconocida. Imaginé el interior de su cuerpo
surcado por líneas rojas que se ramificaban cada segundo. Imaginé que su cuerpo
fosforecía en las noches, despertaba un halo azul que descubría vetas de polvo
en el aire. Era una mujer despertando su última luz, avivándola en medio del
frío. Me refugié en esos pensamientos para no enfrentar la verdad, las palabras
que, sólo hasta ese momento, aceleraban el tiempo, llevaban el pulso en
nuestras venas a un ritmo más real, a una cercanía íntima con la muerte.
–¿Por qué en el pulmón? – acerté a decirle.
–Nunca fumé –me respondió –quizás es la
derivación de un cáncer que apareció en otra parte de mi cuerpo. Los médicos
nunca me explicaron. No había mucho que explicar.
Miré su vientre y las costillas que se
afilaban con cada respiración. ¿Cuánto tiempo le quedaba? Me sentí traicionado
por saberlo en ese momento y por no poder hacer nada. Ella adivinó mi desazón y
continuó.
–Al inicio fue una tos persistente que
desapareció a los pocos días. Después me sentí débil. Fui con mi padre al
hospital, pero sólo me dieron una caja de analgésicos y una cita para que me
tomara una radiografía.
–¿Y qué pasó?
–Los analgésicos, como puedes suponer, no
sirvieron. El aparato para sacar la radiografía se descompuso. No regresamos
más. No era dolor lo que tenía, ¿sabes? Al menos hasta ese momento. Era como
estar desinflada por dentro, como si algo me estuviera devorando lentamente. No
sé… a veces me siento bien y, otros días, siento como si algo excavara en mi
pecho.
Quise besarla de nuevo, sin embargo, se
alejó un poco. Su cuerpo, ahora levemente encorvado, dejaba entrever la derrota
que había sido antecedida por sus palabras, por su voz que, a su vez, escarbaba
dentro de mí y hacía que mis ojos ya no buscaran contacto con los suyos. Aun
así quería saber un poco más, pero dejé que ella tomara el control, como lo
había hecho en el pasado. Lucrecia se acostó en la cama. Llevó las manos a sus
piernas. Me senté a un lado. La tomé de la mano derecha y pensé en que repetía
el gesto de la mujer con su esposo, temerosa de que desapareciera. Pero yo, en
ese momento, no tenía miedo de ese fenómeno. Lo que yo quería, inútilmente, era
contaminarme de la enfermedad. Restar con la piel su poder o, al menos,
erosionarlo para ganar tiempo.
–¿Sabes? No somos eternos. Nos aferramos
demasiado a todo –me dijo Lucrecia.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
*
¿Consumís porno?
¿Consumís escorts?
Los fetiches no son
gratis
todo tiene un precio
la lengua habla, no te
olvides
¿Te gustan los tríos?
¿Sos bisexual, hetetocurioso
heretoflexible?
El manual es amplio
circula por ahí
parece abierto pero
tiene
una tapa de mármol.
¿Te gustan más chicos,
más grandes, comprás
coca-colas
invitás a un whisky
en lo profundo de la
noche?
Parece concreto pero
es
el reino de lo
inmaterial, no te olvides
todo el mundo ve
la misma porno
hardcore
y la reproduce muy
mal.
Si encontraste el amor
en algún recinto, en
alguna plaza
una tarde, un
darkroom, un after
acordate
pudo ser un instante
frente al infinito:
tembló una mano
al encender un
cigarrillo
se encendieron dos
ojos
hubo rubor
en un par de mejillas
hubo
una gota de sudor
el resplandor de lo
humano
frente a la
previsibilidad de los símbolos.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
Pero he aquí
que, en un recodo inofensivo*
*Por Sergio
Borao Llop. sbllop@gmail.com
Pero he aquí que, en un recodo inofensivo,
se alzarán las barricadas del desánimo.
Esos serán los días de la desolación.
Todos los trinos del mundo habrán cesado
y te verás cercado por amenazantes
nubarrones
prestos a descargar torrentes de decepción
sobre tus espantados ojos.
Entonces el camino te parecerá
insoportablemente estrecho.
Podrás sentir el frío ciñéndose a tu carne,
el viento de los páramos azotando tu
rostro,
la noche agigantándose sobre el valle
desnudo.
Acaso en esa hora de lánguida derrota
añores las falsas caricias de esa vieja
prostituta
cuyos labios de colores se entreabren en la
distancia.
Ángeles de alquitrán vendrán a rescatarte,
te hablarán de noches cálidas, de vasos
humeantes,
de aromas embriagadores y confortables
lechos.
Mirarás el sendero repleto de guijarros,
mirarás tus pies descalzos, tu piel
enrojecida.
Y así, por un momento, te sentirás perdido,
notarás que toda convicción va
abandonándote,
y tal vez llegues a empuñar la pluma de la
renuncia.
Pero la sangre del Caminante se agolpará en
tus venas,
se detendrá tu mano en el instante exacto
de la firma,
se entornarán tus ojos y escucharás de
nuevo tu voz verdadera
recitando el poema nunca escrito
de las calles sin luces,
de prados y vergeles y niños harapientos
sin consuelo.
Sabrás entonces
que el país al que te diriges queda
demasiado lejos
y que nada ni nadie puede trasponer sus
murallas
sin haber recorrido, palmo a palmo, el
camino.
Luego, tu pie se moverá iniciando un nuevo
paso,
quizá el más doloroso,
y esos ángeles falsos se hundirán en el
barro
dejando apenas su horrible pestilencia a
tus espaldas.
-De Nómadas. Poemas de Sergio Borao Llop.
*
Era una compañera de
escuela de los últimos años de la secundaria y se llamaba Paulina. Caminaba
como distraída del mundo, con los carteles que le colocábamos en su espalda:
"no sirvo para nada", "estoy loca", por ejemplo, los más
suaves. Si supiera que la recuerdo siempre y que regresa en todos mis cuentos,
asoma la cabecita un poco extraña y diferenciada de todas, en muchos de mis
poemas y novelas. Ella era de otro mundo, de algún paraíso único y absurdo,
lejano a nuestras risas, a nuestra grosería, a mi propio miedo de ser como
ella, de otro planeta.
*De Liliana Díaz Mindurry.
lidimienator@gmail.com
Inventren
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https://cuentosinventren.blogspot.com/
PARADA KM 79*
De estación en estación, y todas las
estaciones vacías, y todas con lluvia, y todas con este olor a campo y algunos
papeles mojados en los andenes. El campo apenas adivinado detrás de las
ventanillas que no cierran bien y dejan entrar el frío, las gotas de agua en el
vidrio que tiemblan y trazan recorridos oblicuos.
Y yo, finalmente, yo en este tren que se
mueve irremediablemente hacia adelante y más adelante, y a medida que las
estaciones se suceden se va acercando a mi apeadero, en donde detendré el viaje
que para el tren continúa más y más allá, siempre más adelante y más lejos en
esta noche interminable.
El viaje como una continuidad, un largo camino de aquí hasta allá, y yo que no voy de aquí hasta allá sino que me bajo antes, en un intersticio, yo que detengo mi viaje en este tren que va a continuar sin variar casi el peso, sin extrañarme. Yo que voy descontando paradas, un latido en falso en cada estación, un retorcijón en el vientre cada vez que tacho en el espacio otro nombre que me acerca a destino.
Llueve, siento humedad en el aire, abrigo mojado, pelo húmedo, ronquidos desde otro vagón. El paisaje que se va, que queda atrás, y más atrás, y fuera de alcance. No hay luna. No hay cielo hoy, sólo una negrura espesa y una lluvia inevitable.
Lluvia, lluvia y trenes, y estaciones. Y una mujer sola en un vagón con el abrigo húmedo y una sola maleta y la mano apretada contra la boca cerrada sobre los dientes apretados. Yo.
Ya casi, falta poco. Tomo mi maleta para
tener algo en la mano, para convencerme de que es cierto que me voy a bajar. Me
convenzo tomando la maleta y arreglándome un poco el peinado arruinado por la
lluvia. Me aferro a mi maleta porque si esto no es un sueño el tren va a
detenerse y en vez de seguir sentada en un viaje infinito me voy a bajar. Me
voy a poner de pie con mi maleta, voy a llegar hasta la puerta, voy a bajar al
andén y voy a encontrarme con Pedro después de esta larga, larguísima semana.
Va a estar ahí esperándome, ya nos pusimos
de acuerdo. Con las manos en los bolsillos, seguramente. Terminando un
cigarrillo o mirándome de frente con los brazos cruzados. Va a estar ahí esta
noche, nos vamos a subir al auto, vamos a llegar a casa y no sé si vamos a
decir algo. No lo sé.
Siento ya su cuerpo sentado al lado del mío
en el automóvil, la sensación del tapizado del asiento, mis ojos fijos en el
rosario que cuelga del espejito para no mirarlo a él, silencioso, a mi lado.
Ya me imagino en casa, dejando la culpable
maleta en el ropero, metiéndonos rápido en la cama para dormir al menos unas
horas hasta que suene el despertador. Veo el desayuno con el mate y yo otra vez
usando las pantuflas y el pullover rojo que quedó en el ropero.
Otra estación, ya casi. Si fuese de día
seguramente podría comenzar a reconocer parajes y alguna casita rodeada de
árboles. Pero no veo nada. Nada de nada.
Mamá me dijo que una se casa para siempre y
que los hombres tienen sus cosas y que la mujer tiene que aprender a
manejarlos. Y dijo mamá que cada esposa con su esposo y cada carancho a su
rancho y que la vida es esto y no cuentitos de princesas y zapatos de cristal.
Le dio vergüenza que yo haya escapado de mi matrimonio y haya vuelto al pueblo.
Se reía con las vecinas pero a mí me congeló con los ojos fríos cuando me abrió
la puerta. Ella habló con Pedro por teléfono y que si, que claro, que me
mandaba de vuelta que las cosas se arreglan entre marido y mujer y basta de
pavadas.
Es la próxima ahora, Pedro con las manos en
los bolsillos seguro, y elevo el cuello de la campera que no me tapa el
moretón, pero lo subo igual, no quiero que Pedro vea el moretón que es como
acusarlo y recordar que me escapé.
Ahora sí, en medio de estaciones y
estaciones y estaciones está la parada en el kilómetro 79, ni nombre tiene mi
parada, es apenas un intersticio por donde me voy a caer para siempre para
siempre. Y me veo desapareciendo por ese hueco entre campos, esa grieta entre
paredes. Me veo alejándome con Pedro y el rosario colgando y el color azulado
en mi cara que ya no se ve porque se aleja. Se aleja de este tren que acaba de
detenerse.
Me pongo de pie, tomo la maleta, me subo de
nuevo el cuello del abrigo y camino hasta la puerta del vagón. Estoy caminando
en sueños, lo sé. No siento el suelo duro bajo los pies ni el olor ni los
sonidos ni siento mi propio cuerpo. Esto ocurre despacio y de forma borrosa.
Alguien camina con una maleta y es mujer y se acerca a una puerta del vagón de
un tren detenido en una casi estación para dejarla junto a un casi hombre para
que vaya a un casi hogar.
Me quedo. Me quedo y el miedo desborda,
rompe, me hace transpirar en una oleada roja de pánico salvaje. Aprieto la
manija de mi maleta. Me quedo.
Cuando el tren vuelve a ponerse en
movimiento y se sacude, y después se empieza a apurar y al fin corre sobre sus
rieles brillantes de lluvia yo, una mujer con una maleta, me pongo a alisar los
pocos billetes que tengo en el bolsillo, me acomodo en el asiento e,
infinitamente desamparada, sola, sin saber cuál será el futuro, duermo en una
calma de feroz alegría.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
-Próxima
estación:
LOMA
VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
Plaza virtual de
escritura
-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

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