*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro
EPIFANIA
MIENTRAS MIRO LA INCREIBLE VIDA DE WALTER MITTY*
Todas las películas que me gustan
se parecen:
cuentan
de alguien
que se transforma
en otro alguien
para ser más feliz.
Como una mariposa
que se vuelve otra mariposa,
la dicha está en ser igual,
pero distinto.
He mirado tantas veces
las mismas películas.
He sonreído tantas veces
en su revelación,
rozando la estela de una felicidad tan
transparente.
Presiono un botón.
Hay otra
película para mirar,
otras viditas
luchando por dejar de ser.
Nadie
parece bastante feliz
hasta que llega el final.
Sólo en las películas
eso
no sucede demasiado tarde.
*De Mariana
Finochietto. mares.finochietto@gmail.com
-Mariana
nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente
vive en City Bell.
Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)
Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú,
2015)
La hija del pescador (La Magdalena, 2016)
Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)
El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)
Madura (Sudestada, 2021)
Quiero sacar la cabeza
por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)
Patio (elandamio ediciones, 2024)
Poesía reunida (Medusa editores, 2024)
Trinchera (Sudestada, 2025)
Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)
El nuevo voyerismo*
El fenómeno de los
‘reality shows’ ha resurgido, potenciado, en los canales de YouTube orientados
a la monetización de la vida privada
*Por Alejandro
Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
El canal de YouTube The Chateau Diaries fue
creado por Stephanie Jarvis; su primera transmisión ocurrió en septiembre de
2018. El propósito del canal es documentar la remodelación del Castillo de
Lalande, construcción del siglo XVI localizada en la región Centro-Valle del
Loira, Francia. Jarvis adquirió el castillo con una amiga, con la esperanza de
que funcionara como hotel para así recuperar la inversión. En Internet es común
encontrar historias de turistas que compran residencias o castillos abandonados
a un precio de remate.
El negocio de Jarvis parecía llegar a su
fin con la pandemia del covid en 2020, pues el confinamiento terminó con los
viajes y el turismo. Sin embargo, comenzó a documentar su vida en Lalande en su
canal de YouTube. Las suscripciones aumentaron exponencialmente hasta llegar,
en la actualidad, a 299 mil. El éxito de The Chateau Diaries salvó las finanzas
de Jarvis, pues no había considerado los gastos que implica mantener y
remodelar un castillo. Además, la convirtió en una estrella de Internet, una
influencer o “creadora de contenido” cuya cuenta bancaria tiene ingresos gracias
a los miles de visitantes, suscriptores, patrocinadores y fans que siguen, día
a día, la vida de Jarvis y sus amigos.
The Chateau Diaries no es, por supuesto, el
único canal en YouTube que documenta la remodelación de un inmueble y las
experiencias de sus habitantes. Siguiendo la fórmula para monetizar la vida
privada –explotada poco antes por los llamados reality shows– hay cientos de videos
en los que vemos remodelaciones, viajes, restauraciones, recetas de cocina,
entre muchas otras actividades. Antes de la pandemia, en 2017, la creadora de
contenido china Li Ziqi cobró fama gracias a un canal en el que muestra el
proceso de creación de platillos tradicionales de su país. El entorno
exuberante del bosque, además del cuidadoso trabajo de edición, música y
fotografía, transforman cada video –de poco más de 10 minutos– en una
experiencia estética que idealiza las regiones rurales chinas. Los millones de
espectadores que se deleitan con las imágenes de Li Ziqi le permitieron ganar
mucho dinero con la plataforma y, después, echar a andar una marca de
alimentos, además de ser reconocida por el gobierno de su país.
En 2019 el chef Amiraslan Ramikhanov,
oriundo de Azerbaiyán, creó el canal de YouTube Country Life Vlog, en el que su
madre, Aziza, realiza diferentes platillos de su región –Qusar– mientras se
muestra la paradisiaca naturaleza del lugar y la vida rural en el que podemos
ver vacas, gallinas, gatos y diferentes tipos de aves. Sobra decir que el
trabajo de edición y la estética que transmite es similar al de la creadora de
contenido china. Hasta el momento, el canal de Ramikhanov tiene más de ocho
millones de suscriptores.
El fenómeno de los canales de YouTube como
los que menciono es, por supuesto, un síntoma de nuestros tiempos. El auge de
la hiperrealidad no sólo ocurre con la exhibición sin filtros de la violencia
en internet. Existe una necesidad de mirar escenas que nos tranquilicen y transmitan
sensaciones imposibles de experimentar en las grandes urbes. Encerrados durante
la pandemia, las imágenes idílicas del campo en distintas regiones del mundo
sirvieron como un placebo, la posibilidad de un modo diferente, casi al alcance
de la mano. Sin embargo, la realidad que muestran –en algunos casos retrabajada
con infinidad de filtros y ediciones hasta hacerla parecer creada por
inteligencia artificial generativa– es una coreografía para los sentidos y, sus
creadores, un ejército de personas que luchan por visibilidad en el algoritmo y
tratan de adelantarse a cualquier cambio en sus tendencias. Para no perder
seguidores tienen que cumplir su principal promesa: ofrecer un espacio en el
que el espectador pueda refugiarse. Da lo mismo si es un carpintero remodelando
un mueble, una granjera cuidando a unas gallinas o una anfitriona remodelando
un castillo y recibiendo huéspedes que, además del pago por pasar la noche en
el lugar que vieron innumerables veces en YouTube, se volverán parte del show.
La principal paradoja de la realidad que
ofrecen estos canales es la lucha constante por evitarla. La principal
intromisión es, por supuesto, cualquier mención a algún hecho que aparezca en
los titulares de los medios tradicionales. En algunos canales –los más cercanos
a la atmósfera relajante de la música new age y el andamiaje onírico que
proponen– la imagen suple cualquier palabra y apenas algunos subtítulos ofrecen
contexto. En otros, como The Chateau Diaries, los videos se concentran en las
trivialidades de la remodelación del castillo y las excursiones a lugares
cercanos, casi siempre turísticos. La idea es mostrar como producto una suerte
de microcosmos, un limbo en el que el mundo exterior no se entromete. Stephanie
Jarvis, en muchos de sus videos, ofrece una fiesta perpetua con sus huéspedes.
En un capítulo documentó una convención de creadores de contenido premiados por
YouTube gracias a sus millones de suscriptores.
La experiencia con otros influencers fue la
culminación de la dinámica de exhibición de nuestra época: personas grabando a
otras personas que también las graban para sus respectivos canales porque se
tiene que generar contenido constantemente. En ocasiones un personaje
secundario de un canal protagoniza su propia exhibición privada para tratar de
alcanzar el éxito mediático. La regla es mantener a raya cualquier cosa que
incomode al voyerista que busca confort. A veces la realidad se entromete y
sólo queda disimular para mantener el negocio. Los incendios recientes en
Francia, además de las olas de calor que han roto récords en el país, cobraron
protagonismo en un viaje de Stephanie Jarvis que tuvo que mencionar la
situación para sus seguidores. De igual forma, fue imposible disimular el calor
–que en algunas regiones de Francia llegó a los 40 grados centígrados– en un
castillo que no fue construido para un clima como el que espera esa parte de
Europa gracias a la crisis climática. Sin embargo, como la famosa orquesta del
Titanic, los músicos deben seguir tocando para la audiencia.
*Fuente: La Tempestad.
https://www.latempestad.mx/tornavoz-el-nuevo-voyerismo/?
-Alejandro
Badillo. (Ciudad de México, 1977)
-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela), La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta), Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo),
Reconstrucción Ediciones EyC.
LAS HERMANAS Mc
LEAN*
*De Esther
Cross.
Cuando las hermanas Mc Lean se mudaron al
edificio, ya pensaban que los hombres tenían una idea fija, un interés central
y excluyente, que era eso que ellas llamaban eso. Siempre decían los hombres
piensan en eso, y asentían, conocedoras y sonrientes. Gente madura. Entre las
dos sumaban una edad en que la idea del suicidio parece cosa de impacientes y
optimistas. Es que las hermanas Mc Lean eran varias cosas a la vez. Cada una
por su lado, cada tanto. Ahí tenemos a Stella Mc Lean a la izquierda de Laura Mc
Lean –a su derecha–. Podría decirse que juntas, cobraban un sentido. Como un
vestido blanco y negro. Separadas, cobraban otro. Como un vestido blanco y otro
negro. También que conocían otro más cuando se las veía hacer la misma cosa
pero por su cuenta. Stella en la farmacia un lunes a la tarde y Laura en la
misma farmacia el martes, por ejemplo. Ying-yang. Allí eran directamente
complementarias, muy dependientes –no podía mirarse a una sin recordar a la
otra y compararlas–. Cuando discutían, se parecían más, como un vestido negro y
otro negro o al contrario. Y cuando no se dirigían la palabra eran directamente
una misma persona desnuda, por más de que hicieran muecas para distraer a los
mirones. Como eran, a su modo, pudorosas, hacían lo que podían para no discutir.
No era fácil. Era así. A Stella le gustaban
los sweaters marca Bremer. Y a Laura también. Stella había querido mucho a sus
padres. Y Laura también. Las dos eran fervientes fans de Vivian Leigh. Stella
había recibido en herencia de sus padres un pasaje de primera a todos lados. Su
fortuna igualaba la que había recibido Laura. Y así con todo. Libros y
películas y películas y libros –no eran lo que se dice un par de chicas
divertidas–. Pero ellas la pasaban bien. Los mismos restaurantes. El mismo corte
de pelo. Lo bueno era que a cada una, por su lado, le encantaba ver feliz a la
otra. Entonces se complacían y cuidaban con una dedicación y naturalidad
envidiables. Cada tanto, alguna de las dos se daba cuenta de que para poder
hacer feliz a la otra necesitaba, como lógica condición, que su hermana no
fuera del todo feliz. Y empezaban las complicaciones. Pero se entendían bien y
tenían los mismos gustos. Hasta que a las dos tuvo que gustarles el señor
Moledo. En eso sí que fueron poco originales porque ese señor les gustaba, en
realidad, a todas.
–Pobre hombre –se decían las mujeres al
mirarlo.
Era que tanto éxito le daba un aspecto de
mártir que era, al mismo tiempo, muy seductor.
–No deja títere con cabeza –escuché un día
que comentaba Paredes con otro portero.
Los títeres tienen hilos que se enredan a
veces. Y creo que eso fue lo que pasó. Fácil para nadie.
Dime con quién andas y te diré quién eres.
Algo difícil de responder en el caso de ellas. O juntas o separadas pero
solamente eso. Si alguna decía, por ejemplo, “Fuimos al cine”, eso quería decir
que había ido con la hermana.
No había nada que aclarar y no había forma
de confundirse. O Stella. O Laura. O las dos juntas. De ahí que resultara
extraño que se arreglaran con tanto cuidado. Que se vistieran como para ir a
una fiesta y terminaran sentadas leyendo al detalle el menú del Dora, para
después comer la misma comida –no se ponían de acuerdo pero lo estaban–.
Pagaban cada una su parte de la cuenta y se volvían, a veces por el túnel que
las llevaba hasta el restaurant de un hotel. Es que ellas eran muy
competitivas. De chicas habían protagonizado un episodio alarmante al pelearse
por un muñeco. Ahora Stella se compraba ropa nueva en secreto y se la ponía
para provocar a Laura, que se había comprado algo muy parecido también para
sorprenderla. Entonces Stella corría a maquillarse y Laura la empataba. Pero
Laura volvía con una gargantilla y Stella doblada la apuesta agregando algún
anillo. Que Laura vencía con un broche y Stella combinaba con una pulsera. La
artillería pesada. Los guantes salían de los cajones como conejos de la galera.
Ahora, una vez vestidas, por qué no salir. Cada una con su vida. La otra
siempre se copiaba.
En la mesa que está debajo de la letra a de
Dora, se sentaba siempre el señor Moledo, que vivía a menos de dos cuadras del
edificio. Comía salmón a la parrilla y leía cosas que evidentemente no le
interesaban. Tenía una novia que cada tanto entraba en el restaurante y le
hacía un escándalo. El señor Moledo ya estaría harto. Una noche, al verla
entrar, se atrincheró en el baño y no salió hasta las 12. El mozo fue un par de
veces al baño con un balde de hielo y una botella en una bandeja chata y
plateada. Cuando el señor Moledo salió, la novia lo asaltó por sorpresa. Cuando
él se acercó celebrando eso que llamó una casualidad, ella le dijo algo
horrible al oído y todos se dieron cuenta porque el señor Moledo se tapó la
cara con la servilleta y su novia se puso a llorar. Y no volvió. La gente trata
de no volver a los lugares donde lloró, son como la escena del crimen.
Laura Mc Lean vio todo. También Stella. En
el espejo colgado de la pared se parecían tanto que eran indistinguibles. Será
por eso que cuando lo esperaron a la salida del restaurante y lo encararon, el
señor Moledo parpadeó porque le parecía que estaba viendo doble. Y eso que
ellas no tenían la misma edad. Stella era la mayor. Había nacido tres minutos
antes. Los hermanos mayores tienen sus prerrogativas y entonces Stella tomó la
delantera. Así:
–¿Qué tal? Me llamo Stella Mc Lean.
–Y yo soy Laura.
La vida, debe haber pensado el señor
Moledo, tiene sus reveses y compensaciones. Por una que lo había abandonado,
llegaban dos que no estaban nada mal y que no parecían del tipo de abandonar el
campo de batalla, siendo evidente que estaban en guerra. La vanidad de los
despechados. Salía con una y después con la otra. Hablaba dos veces de los
mismos libros y las mismas películas, de la hermana de la otra, de él mismo y
de la ecuanimidad de sus sentimientos, de las cosas que decían, de los mismos
problemas con la humedad de la biblioteca –vivían juntas, en el 7° C–. Hasta en
los momentos de entrega absoluta la cosa tenía dos caras. Porque al entregarse
toda, una daba la otra. Porque algo era innegable. Y era que ellas se querían.
Y eran gente generosa.
Me contó Laura lo que hicieron anoche
–decía Stella–. Lo siento, no puedo quedarme atrás –agregaba, acto seguido.
Fue entonces cuando empezó a decirse que el
señor Moledo se había transformado en un gigoló. Pero lo que pasó es que Stella
y Laura habían descubierto un nuevo modo de pelearse: los regalos al señor
Moledo. Para dar una idea, a dos meses de romance tripartito, Stella le regaló
un coche que parecía una nave espacial y Laura le regaló un barco que se
llamaba Laura. Encargaron tres alianzas de platino en la casa Ricciardi, porque
en los detalles eran muy ahorrativos. Y Stella ya averiguaba a cuánto estaban
las islas del Tigre. El guardarropas del señor Moledo se amplió y cada semana
parecía un desfile de sí mismo. Había que verlo los días en que salían a
navegar. Iban en el coche que le había regalado Stella hasta el embarcadero con
la amarra del barco que le había regalado Laura, y que se llamaba Laura, para
llegar a la isla que le había regalado Stella, como su nombre lo indicaba. Y el
proyecto –si es que la cosa tenía algún futuro– se fue a pique en uno de esos
viajes. Las hermanas Mc Lean se fundieron. Y el señor Moledo, ni hablemos. En
un acto de soberana malicia, Stella había puesto sus regalos para Moledo a
nombre de Laura, que era a quien iba a heredar en caso de tener la suerte de
sobrevivirla. Y Laura había hecho lo mismo. Así que cuando las cosas no dieron
para más, al menos las hermanas Mc Lean gozaron de unos meses de deriva
apacible mientras remataban el coche, el barco, la isla, todo, y se iban a
pique, sentadas cada noche en la misma mesa del Dora.
Cuando las cosas empiezan mal, pensó cada
uno de los tres la misma noche, es seguro que terminan. El señor Moledo miraba
las dos fotos: Stella y Laura. Ellas dos miraban otras dos: él y él. Dejó de ir
al Dora. Dejó de caminar la cuadra. De atender el teléfono. De abrir los
sobres. De contestar el portero eléctrico. De ir al trabajo para evitar la
llegada de las hermanas, o de cualquiera de las dos, que parecían muy hábiles y
experimentadas en el deporte de avergonzarlo delante de sus amigos. De salir a
las horas habituales. Hasta dejó de dormir.
–Polleras –decía Paredes, mientras las Mc
Lean avanzaban con sus polleras interesantes hacia la calle. Y al ver al pálido
señor Moledo también se decía lo mismo.
Una tragedia griega en Buenos Aires. Los
tres miraban las fotos. El señor Moledo suspiró antes de emborracharse. Stella,
en cambio, prefirió desquitarse de tanta frustración y le clavó a la foto la
punta de un alfiler. Al rato Laura hacía lo mismo en la suya pero con una aguja
y en menos de media hora ya habían terminado con él.
Entre las hermanas Mc Lean había, al
tiempo, una distancia insalvable. Ya que les gustaba lo mismo, compartían, sin
mayor entusiasmo, la comida que ordenaban en el Dora. ¿Para qué comprar dos
veces la misma ropa? Podían prestarse las cosas, por qué no. A veces porque no
querían. Pero a veces cuando no se dirigían la palabra y se parecían como
perfiles de una misma cara, no podían evitar que el rencor tomara el mando de
la tarde y lo arruinara todo. Eso no era para ellas. Ellas habían querido ser
felices. Entonces Laura le dijo a Stella que se mudaba a otro edificio y Stella
se dio cuenta de que la única manera de no perder esa última batalla era
aceptar. Cuando Laura se fue, Stella tuvo un mal presentimiento. La soga de la
persiana se cortó y pegó de filo contra el marco. A Paredes le llevó un buen
tiempo repararla.
A veces Laura visita a Stella y si salen
juntas siguen tan parecidas como cuando no podían separarse. Laura tiene una
hija, que es idéntica a ella –y a Stella, qué remedio–. Se llama Vivian, Vivian
Moledo. Stella vive en el 7° C. Insiste en una digna bancarrota. Y al igual que
su hermana se mantiene a flote. Siempre da la impresión de que espía por todas
partes. Es una buena persona. Tiene un perro con cara de pocos amigos, que se
llama Orson.
*Fuente: Audio Libros.
-Esther Cross
https://es.wikipedia.org/wiki/Esther_Cross
Huérfano, náufrago,
esclavo*
Siempre para un huérfano el camino
es inestable, estrecho, y desparejo,
acaso por eso es que todos los sueños
de un huérfano naufragan en la orilla.
Todas las cosas le cuestan demasiado,
y alcanzar los deseos más sencillos
es un esfuerzo que acaba en avaricia.
Un huérfano náufrago vive esclavo
de una utopía llamada tierra firme.
Los huérfanos, náufragos, esclavos
no creen en promesas intangibles
como un Dios, un cielo u otra vida.
A los huérfanos náufragos esclavos,
la posibilidad de una salida feliz
les provoca ansiedad y los entristece.
Los huérfanos náufragos esclavos
prefieren seguir la vida como si nada,
hasta que al fin el cansancio los derribe.
Cuando puedan hacer pie en la costa
de la nada: absoluta, total, definitiva.
*De Horacio
Rodio. horaciorodio@hotmail.com
-Horacio
nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz
Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento,
poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es
autor de los libros de cuentos Palabras
de piedra (Baobab, 1999), Media baja
(Dunken, 2012) y La insistencia de la
desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy
Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese
mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su
libro de cuentos La oscuridad de los
hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.
122 y
crepúsculo*
*Por Miriam
Cairo.
Hay días y noches, en los que el espejismo se asemeja al reino de la ascendiente montadura. Yo, narradora reflexiva, que se toma todo el tiempo del mundo para descalabrar minuciosamente los estantes, las leyes y los dogmas; que socavo con paciencia las bases que mantienen firme el enorme monumento de la realidad quejumbrosa, ruego a mis severos lectores, me permitan esta vez, dar cuenta inmediata del prodigioso traspié que anoche dio la vida.
Ella se cree que todos los días van a ser
iguales. Que los colectivos sólo pueden cargar el cansancio de los empleados,
la impotencia de los maestros, la rebeldía de los estudiantes. Su vasalla, la
literatura realista, se siente dueña de los que viajamos en colectivo. Sus
hacedores nos describen según pertenezcamos a la clase media o al proletariado.
Nos asignan roles y contiendas. Nos utilizan para propagar ideologías, para
ensalzar o hundir gobiernos, para ganar premios, para recibir pensiones
vitalicias.
Pero anoche, sensibles lectores, la literatura fantástica, hizo en el colectivo, una jugada maestra. Sentó en el primer asiento, a una joven que a nadie llamó la atención. El empleado del ciber miraba como siempre por la ventanilla. Los estudiantes de arte cargaban sus bastidores, los de música sus partituras, los de psico sus lacanes, los de derecho sus querellas. La docente, la empleada del cotillón, el portero y el desempleado, movían rítmicamente la cabeza al compás del motor cuando ocurrió el primer milagro: una madre joven descendió del colectivo con un bebé en brazos pero otro, de pocos años, quedó dormido en el asiento. Nadie más que la muchacha reparó en ello, entonces, resueltamente, ésta tomó al niño en brazos y lo entregó a su madre que, ya en la vereda lo sostuvo como pudo mientras trataba de despertarlo. Pero la generosidad de esa muchacha llamó mucho más la atención porque se desplegó en dos niveles antagónicos: uno moral y otro carnal.
Sabemos de qué nivel se ocupará la
literatura convencional, pero a mí, narradora expatriada, me corresponde dar
cuenta del costado carnal.
La joven predispuesta, al agacharse para
tomar el niño en brazos, no pudo sostener sus deslizantes pantalones que
cedieron hasta la mitad de las caderas. La perfecta línea de atrás, nos fue
mostrada como una obra maestra.
Era un culo sereno y abismal. Sin tribales
ni letras chinas que entorpecieran su lisura. Ante esa íntima majestad
develada, el empleado del ciber se incorporó en el asiento, sin saber si era
necesario socorrer la exhibición crepuscular de la que, a su vez, socorría. Los
estudiantes de música guardaron un respetuoso silencio ante esa gruesa cuerda
de guitarra que se imponía como una sinfonía entre voluntariosa y procaz. La
docente, el portero, el desempleado, la vendedora de cotillón, hicieron el
típico parpadeo de los que necesitan corroborar si lo que están viendo es
sueño, es literatura, milagro o cámara oculta. Los estudiantes de arte, bajo
sus ropas, fueron vivientes figuras de Schiele por el temblor y por la
voluptuosidad. El chofer sintió que toda la jornada laboral había sido pagada
con creces.
El viaje continuó, en apariencia,
normalmente, pero en cada una de las mentes de los que poblábamos de
pensamientos el estrecho margen del colectivo, se revisaba una y otra vez el
esplendoroso momento. Las ideas eran tantas, que se mezclaban, y en el
amontonamiento, se frotaban, se abotonaban, se reproducían.
Yo me di cuenta al instante de que esa
culona milagrosa, me estaba dando un argumento nuevo para escribir, así que
además de revivir, como el resto del pasaje, el deleitoso acontecimiento,
agradecía a los apocalípticos dioses de mis destierros, que me procuraran la
oportunidad de testimoniar un milagro
que, esta vez, no ocurría puertas adentro:
todo el que viajó conmigo anoche en el 122, puede dar fe de este texto.
Pero atención, queridos lectores, acá no
termina la dicha que nos tenía reservada el traspié de la vida.
Cuando llegamos a la parada en la que la
muchacha debía bajar, al ponerse de pie, se le cayeron monedas, o joyas, o
estrellas, o gemas, o palabras, o intenciones. ¿Puede un escritor imaginar la
redundancia de repetir el mismo accidente en el mismo relato? No. No se nos
permite abusar de la estrategia.
Es imposible, también, que la vida, tan
hecha y derecha para la literatura de las gentes buenas, conceda dos veces en
una misma noche, en un mismo colectivo, la misma felicidad.
Demás está decir que nadie acudió a ayudar
a la muchacha porque era preciso que ella anduviera así, acuclillada ante
nuestras narices, con el pantalón descorrido casi hasta el desnudo total del
eclipse.
La muchacha, la musa, la culona, era
tremendamente consciente y feliz por aquello que nos causaba. Fluía de aquí
para allá, en un mar de deseo como una sirena sin bombacha. Nadie prestó
atención a lo que recogía. Seguramente eran objetos invisibles que no podrían
ser descriptos jamás por la tranquilizadora literatura que sólo legitima la
cara más evidente de la realidad.
En cambio mi escritura se esmera por
testificar el crepúsculo.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16038-2008-11-15.html
La predicción*
El brujo de la tribu, sentado en cuclillas
delante de los cinco huesecillos que había echado al aire después de agitarlos
en sus manos, los estudiaba atentamente calibrando el lugar de la caída y la
posición.
Con voz gutural empezó a susurrar lo que
les deparaba el futuro, enumerando con los ojos vidriosos cada una de las cosas
que vislumbraba:
"Viviremos en cavernas cuadrangulares
amontonadas unas sobre las otras… no importará la noche porque a voluntad
iluminaremos con unas cosas mágicas que darán luz cuando queramos… engordaremos
mucho porque la caza la encontraremos ya sacrificada y preparada para comer en
unas cuevas más grandes… no conoceremos a nuestro jefe que se comunicará con
nosotros mediante una pared de agua cristalina de una piedra cuadrada que todos
tendremos en la cueva… no tendremos que caminar porque nos llevarán en una
plataformas que se deslizarán muy rápidamente sobre el suelo…podremos
volar…"
Esta última frase fue el detonante para que
toda la tribu se abalanzara sobre él, lo llevara en voladas al precipicio y lo
arrojara al vacío, tal como se hacía con todos los que se volvían locos. El
brujo no podía ser una excepción.
*De Joan
Mateu. joan@zarca.es
Pensamientos*
*Por Antonio
Dal Masetto.
El boliche, que era nuestro segundo hogar,
se está poniendo cada vez más mustio. Desaparecieron la jarana y el espíritu de
camaradería. La malaria general nos sacudió duro y logro que cada uno de
nosotros, aislado del resto, pensativo frente a su copa, mastique y digiera sus
problemas en soledad.
-Queridos clientes - Nos dice el gallego -,
los vengo observando y me parece que llego la hora de que les cuente la
historia de la fundación de mi pueblo en Galicia. Los habitantes originales
eran gente muy primitiva, hosca, cerrada, no se hablaban entre ellos, cada cual
se ocupaba de lo suyo, cada uno en su casa y si algo le pasaba al vecino no se
daba por enterado. Era además, hay que decirlo, gente a la que le costaba mucho
pensar, tardaban un montón en construir un pensamiento. Eso sí, una vez que conseguían
tenerlo armado no se lo derrumbaba ni una bala de cañón. Allá por los
comienzos, el único pensamiento al que habían llegado todos, sólido como una
roca, era: "Primero yo, segundo yo, después mi familia y nadie más".
Imagínese como sería el trato con los de afuera. En general la naturaleza era
generosa; las lluvias llegaban puntualmente; la tierra respondía y le daba a
cada uno cosechas razonables. Pero según cuenta la historia en algún momento
hubo una serie de cataclismos que dejaron a mis antepasados temblando. Primero
sequías que quemaban todo, después lluvias que no paraban más y pudrían hasta
las piedras. Resulta que un hombre de la aldea se había caído en un pozo en el
medio del pueblo y ahí quedo sin poder salir durante días. Todos pasaban al lado
y seguían de largo. No es que fueran mala gente, pero darle una mano a un tipo
caído en un pozo era un pensamiento que todavía no habían pensado. Hasta que
cruzó la aldea un caminante, vio al tipo allá en el fondo, le tiro una soga y
lo saco. Los demás se acercaron curiosos y uno preguntó: "Oiga, ¿Por qué
hizo eso?". Y el hombre contestó: "Porque si algún día yo me caigo en
un pozo me gustaría que alguien me saque". Y siguió su camino. Mis
antepasados se quedaron en silencio mirándose unos a otros y después se fueron
a sus casas a tratar de pensar. Tuvieron que trabajar mucho con la cabeza.
Hasta que un día una mujer le dijo a otra: "Vecina, me di cuenta de que
usted se quedó sin harina para hacer pan, a mí todavía me quedan un par de
tazas, así que podemos compartirla". Uno de los hombres estaba arreglando
su granero que se había quedado sin techo en la tormenta y otro se acercó y le
dijo: "¿No quiere que le dé una mano?, entre dos es más fácil". Ahí
fue cuando todos miraron el puente sobre el arroyo que la correntada había
hecho de goma hacia como un año y marcharon a reconstruirlo. Mientras
trabajaban se pusieron a considerar las calamidades que habían estado sufriendo
y tuvieron una idea todos juntos: "¿Por qué no nos ponemos a trabajar para
prevenir las épocas de malaria?". Y bueno, una cosa trajo la otra; cavaron
canales para traer agua, levantaron defensas contra inundaciones, construyeron
un depósito colectivo para almacenar los cereales. ¿Se acuerdan de la señora de
la taza de harina? También ella tuvo otro pensamiento nuevo, ya a esta altura
le venían solos los pensamientos, y le dijo a la vecina: "¿Y si en vez de
hacer pan cada una por su cuenta nos juntamos y hacemos pan para todos?".
Ya les dije que tardaban, pero cuando tenían una idea bien agarrada no se la
volteaban ni cincuenta cañonazos. Cómo se podrán imaginar, a partir de ese
momento la vida en el pueblo cambio totalmente. Mis ancestros instauraron el
día del caído en el pozo, festividad que todavía se celebra con gran pompa y
que es una ceremonia lindísima: delante de una estatua que está en la plaza y
representa al caminante que les trajo aquella idea, se hace un pozo bien
profundo, uno de los vecinos se tira adentro de cabeza y después entre todos lo
ayudan a salir del agujero.
*Fuente: Contratapa Página/12
https://www.pagina12.com.ar/2001/01-10/01-10-30/CONTRATA.HTM?mobile=1
-Antonio
Dal Masetto
(Intra, Verbania, 14 de febrero de
1938-Buenos Aires, 2 de noviembre de 2015)
https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Dal_Masetto
*
A veces hay como una
delicia en el aire, algo que no sé qué es. En esos momentos como Felisberto
Hernández me gustaría llevar a mi cuarto los descubrimientos, guardarlos en el
cajón de mi mesa de noche. También en esos momentos nadie puede enojarme ni llevar
demasiado mi atención. Yo ya sé que es un estado de gracia. Ese mismo día o al
día siguiente la escritura está a punto. Suelo leer un poco de algo al azar.
Una palabra me lleva a otra y sé que entro en una especie de Zona. Sin Musas ni
genios inspiradores, pero con asombro.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
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Extraños en un
tren*
Me encogí de hombros y subí al tren. ¿Qué
podía perder?
Un par de días antes había visto un aviso
en un diario, mientras buscaba sin esperanza una oferta de trabajo. Me llamó la
atención porque yo había oído antes ese nombre, aunque no conseguí recordar en
qué circunstancias.
VENGA A CARLOS
BEGUERIE
LO QUE SIEMPRE HA
DESEADO.
¡NO SE ARREPENTIRÁ!
Como es natural, al principio me pareció el
típico mensaje para captar tontos, pero mi situación era tan desesperada que
decidí probar. Indagué cómo llegar al sitio. La mejor opción (la única opción)
era tomar el tren provincial. Y rezar porque el revisor no me atrapara sin
billete.
Recorrí todos los vagones hasta encontrar
un sitio lo bastante discreto para acomodarme. Tomé asiento y cerré los ojos.
Noté que aquello se ponía en marcha. Suspiré, un tanto aliviado. Pensando
oscuramente en la extraña mezcla de pasajeros, efímeros compañeros de viaje de
los que nada sabemos y a quienes muy probablemente no volveremos a ver jamás,
me adormilé.
Al despertar, distinguí una sombra en el
asiento frente al mío. Maldije en silencio. No me apetecía tener compañía. Al
ver que abría los ojos, el tipo (era un hombre de unos cuarenta y cinco a
cincuenta años, elegantemente vestido, con gafas y un sombrero – ¡pero ya nadie
lleva sombrero! pensé.-) se dirigió a mí:
-
Señor, eh, señor.
-
¿Habla conmigo? – pregunté.
-
Sí. Con usted. Espero no molestarle.
Guardé silencio y le miré sin amabilidad
alguna.
-
No quiero incomodarle. Es solo…
- Diga, diga – rezongué.
-
Verá. Es que me pareció… que es usted… bueno… ¡como yo!
-
¿Cómo usted? Creo que no lo comprendo.
- Quiero decir… Extranjero.
-
¿Y qué le hace pensar eso?
-
No sé… Su aspecto… No parece de aquí, eso es todo. Si me he equivocado,
le ruego me disculpe. Buscaré otro asiento.
Por alguna razón, la timidez del tipo me
indujo a mostrarme cortés.
-
No será necesario. No me incomoda. Se lo aseguro.
-
Así pues – insistió tras un breve silencio - ¿Estoy en lo cierto?
-
¿Respecto a mis orígenes? Sí. Está en lo cierto. No soy de aquí.
-
¿De España, tal vez?
- Español, sí. ¿Y usted?
-
También. Solo que ya llevo
aquí unos veinte años, mientras que usted… no se moleste… se le nota que lleva
poco tiempo entre nosotros.
-
Acierta de nuevo. Estoy aquí desde hace unos pocos meses. Vine por una
mujer. Tuvimos una intensa historia allá en mi tierra y creí que eso duraría
siempre. Me equivocaba, claro. Cuando llegué, ella ya se había casado con otro
y se confesaba muy feliz. Pero yo había gastado todo mi dinero en el viaje y
ahora no tenía forma de regresar. - no supe por qué le contaba todo esto. Era
un perfecto desconocido. Tal vez incluso una mala persona. Uno nunca sabe.
-
Le comprendo. Aunque mi caso es muy distinto. Yo vine aquí en busca de
trabajo. Y lo encontré. ¡Sí, señor! Durante muchos años he trabajado en la compañía
ferroviaria. Y cuando lo dejé, ya me había enamorado de estas tierras y ni
siquiera me planteé la posibilidad de ir a cualquier otra parte. Pero déjeme
que le diga una cosa: Estoy muy contento de hallar un compatriota.
-
Ya. Pero esto es un tren. Llegados a destino, cada uno emprenderá su camino
y lo más probable es que…
-
Bueno. Pero aún falta para eso. ¿Puedo ser sincero con usted?
-
Puede.
-
En realidad… Ahora que ya nos conocemos… Me gustaría…
-
¿Qué? – mi mano derecha parecía aletear dentro del bolsillo de la
gabardina.
-
Quisiera… ¡cómo decirlo!... hacerle… bueno… una propuesta…
-
¿Una propuesta? ¡Hum! ¿Qué tipo de propuesta?
-
Esto… Se trata de un asunto delicado… No sé si debo…
-
¡Maldita sea! ¡Hable de una vez!
-
Usted parece una buena persona… No tendría que haber…
-
¿No pretenderá…? –dije, medio en broma, recordando la novela de Patricia Highsmith, cuya adaptación al
cine había visto recientemente. - No pretenderá que yo… mate a su mujer.
¿Verdad?
-
No. No. Nada de eso. No soy casado. Pero precisamente… hay una mujer en
medio de este asunto. Sin embargo, no pretendo que le haga nada. Más bien…
-
Sea claro.
-
Sí. Será lo mejor. Verá… he llegado a un punto de mi vida… es difícil de
admitir, pero… No sé muy bien cómo explicarlo… la cuestión es que no soy feliz.
-
¿Y quién lo es?
-
Yo lo fui. Cuando llegué a este país, encontré un buen trabajo, conocí a
la mujer de mi vida y durante muchos años fui moderadamente feliz. No
necesitaba nada más y me entregué a partes iguales al trabajo y al amor. Sin
embargo…
-
Es natural. Todo se termina antes o después.
-
Sí, sí. Eso fue lo que sucedió. Y de la forma más cruel. Una enfermedad
me arrebató a mi mujer de forma súbita. Caí en un abismo de autocompasión y de
la noche a la mañana abandoné mi trabajo. He intentado seguir adelante, pero no
me es posible. No hay un solo aliciente que me empuje a continuar. ¿Me
comprende?
-
Sí. Creo que sí. A veces la vida es muy dura.
-
Por eso yo quería proponerle… Es un asunto feo… No sé si…
-
Hable, hable, no se retraiga.
-
Me he fijado que sus ropas están raídas y bueno… No se ofenda, pero va
usted bastante sucio.
-
Lo sé. Ya le dije que estoy sin plata. Comiendo cuando consigo algo
mediante algún trabajo puntual y durmiendo al raso la mayor parte de los días.
En el último mes apenas me he duchado una vez. Solo puedo lavarme la cara en
las fuentes públicas. Es terrible.
-
Puedo imaginarlo. Bien. La pregunta es: ¿Le gustaría ganar algo de
dinero?
-
Claro. ¿Qué hay que hacer?
-
Solo tiene que matarme. - dijo, muy lentamente y bajando la voz.
Le miré, incrédulo. Él mantuvo la mirada.
No estaba seguro de haber oído bien. Tardé un poco en reaccionar. Hubo un
incómodo silencio entre nosotros. Por un momento, volvimos a ser dos extraños,
si es que en algún momento habíamos dejado de serlo.
- Verá. Lo he intentado – me dijo – pero
me falta valor para suicidarme. En el momento definitivo, soy incapaz.
Físicamente incapaz.
-
¿Es usted consciente de lo que me pide?
-
No del todo… No imagino estar en su lugar. No sé qué haría yo en esta
situación. Pero le ruego atienda a mi petición. Todo el dinero y los objetos
que llevo encima serán suyos. Eso le permitirá mantenerse un tiempo y quién
sabe… tal vez tener un futuro. En cambio, para mí no hay futuro. Solo deseo la
paz de la inexistencia.
No contesto. Solo le contemplo con más
atención. Sí. Es cierto que sus ropas y sus modales delatan a una persona de
cierta posición, pero sus ojos, el rictus de su boca, su expresión corporal… Es
la viva imagen de la infelicidad. Por otra parte… No estoy seguro de cómo me
afectaría seguir sus deseos. Siempre fui incapaz de causar daño a los demás. Si
hasta miro al suelo constantemente para no pisar las filas de hormigas que
surcan los caminos de esta tierra.
En eso, el tren reduce la velocidad. Miro
por la ventanilla. Hemos llegado a Carlos Beguerie. Nos miramos. Él se levanta
de su asiento y yo le imito. Suspiro y echo a andar tras él. Bajamos.
*De Sergio
Borao Llop. sbllop@gmail.com
-Próxima
estación:
LOMA VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
PARADA GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
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escritura
-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/
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