*Dibujo de Erika Kuhn.
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LA CATERVA*
Sigo en una extraña recuperación del tiempo
perdido, ese paisaje del ayer que es más una sensación, un dibujo en sepia y
carbonilla armado con retazos de objetos y materiales que traen el perfume de
los años irremediablemente desleídos.
Los malvones con su aroma salvaje y áspero
al paladar, el hierro, con su sabor a sangre en la lengua, la madera siempre
confiable pese a las amenazadoras astillas, los maravillosos vidrios
traslúcidos, las motas de polvo danzando en un rayo oblicuo de sol ingresando
por una ventana de vidrios repartidos. Escaleras de metal, fondo con gallinero,
tierra mojada, lluvia en los cristales.
Recupero lo que tuve y lo que me hubiese
deseado tener, con esa clase de posesión que es un pedir permiso a los objetos
para compartir su estancia de placidez.
Lo viejo tiene eso que espanta a tanta
gente, tiene pasado, vidas, años. Mi casa ensamblada con remanentes de
destrucciones, cosas que aquí y allá pertenecieron a otras casas, mi casa
testigo. Mi casa suma y apego, ventanas y puertas por la que otros miraron la
luna, abrieron o clausuraron caminos. Puertas que alguien cerró por última vez,
platitos de porcelana que alguna viejita muerta tuvo atesorados sin usar en
algún aparador de esos que se abren para la visita.
Mi casa contiene viajes en el tiempo y en
el espacio. Mármoles que vinieron desde Italia, vajilla inglesa, postes de
quebracho de aquí nomás pero de tan lejos, cuando los ferrocarriles ponían
poesía viva en el paisaje.
La casa es mi casa con blasones heráldicos
inventados, un dios lar de pacotilla, muebles franceses y también reverdeceres
del álamo que en invierno muere y luego resucita.
Es un mapa de mis recuerdos, un vago anhelo
que aparece mientras se va creando. Es un decidido desaire a lo adocenado, a lo
que carece de espíritu. Es una afirmación de lo único e individual aunque tenga
rajaduras y partes despintadas. Cada objeto está porque antes fue deseado y
acariciado, como si se fuesen formando de la nada y del elusivo humo de los
recuerdos lejanos.
Y está hecha para compartirla con los que
quiero, con la gente buena, con mis queridos amigos de ahora y los que también
espero ir creando de a poco pero firmemente. Como si ellos también, con un
pasado, con materiales nobles, con experiencias y desazones viniesen a adornar
un espacio melancólico y feliz.
Y ondoloin les digo, porque la vida es
sueño y trabajamos para que no acontezcan las pesadillas. Ondoloin y cada uno a
construir su sueño reparador. Sabemos que los sueños no tienen tiempo real, son
desordenados, parecen no decir nada, pero estamos. Estamos en ellos.
*Por Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
CABEZA Y TIEMPO.
Textos de Mónica Russomanno.
LA CARRERITA
Había llovido. Cuando la arena se moja, el
suelo de las calles pasa del desierto del Sahara, dificultoso y propicio a los
camellos, a una superficie compacta y caminable, traidora con sus charcos y
ladrillos emergentes, pero más amable en general para quien va, por ejemplo,
cargada con una bolsa llena de papas y cebollas, habiendo aprovechado la oferta
del verdulero, empeñado en ofrecer rebaja en el precio para quien compra tres
kilos.
Molesta por el peso de las verduras,
apurándose para poder llegar y dejarlas sobre la mesada de la cocina, vio ese
jardín con juveniles gigantes, qué placer, los años que tendrán esas plantas, y
en cambio las mías pobrecitas, que no terminan de despegar. Ah qué maravilla la
enredadera que trepa ese alambrado, ojo de poeta, erizada de flores amarillas
con centro oscuro, tan llamativas, siempre digo que voy a poner una planta y al
final termino dejándolo para el año próximo.
La señora parloteaba por dentro, y algunas ideas más difusas apenas asomaban sobre sensaciones, recuerdos, apuntes hechos sobre el agua. Mirándolo todo pero viendo poco, más con la atención puesta en el conjunto que en algo tangible, la señora se encontró caminando por detrás de un chico de nueve o diez años, que llevaba guardapolvos y mochila de escolar.
En la marcha, uno tiende a retrasar o
apurar el paso para no quedar apareado a un peatón desconocido. El chico
caminaba lentamente, la señora no tuvo que apresurarse demasiado para
sobrepasarlo y dejarlo atrás. En el momento de pasar a su lado vio el corte de
pelo reciente, los cabellos cortos erizados como un cepillo perfecto, y se
imaginó el tacto de la mano pasando por ese pelo, abatiéndolo como cuando el
oleaje mueve los juncos, o cuando el viento forma ondas en el trigo. Su mano
recordó el lomo de un gato de su casa infantil, y de inmediato se materializó
la foto de ese amigo que allá lejos en el tiempo se había rapado para trabajar
en el primer restaurante vegetariano de Santa Fe. Revive esa vez que Aldo llegó
a su casa con la flacura de un monje oriental, el pelito apenas creciendo de
vuelta, y cómo Aldo le dejó pasar la mano por el cepillo de su cabeza, y fijar
en la palma esa sensación inolvidable.
Abstraída en recuerdos, de pronto reparó en
que el paso moroso del chico a sus espaldas se había reavivado, y que, en vez
de quedar atrás, se iba acercando. Cargó el bolso en el hombro derecho, y ella
también aceleró. El chico se acercaba, indudablemente decidido a darle alcance.
Quién, de niño, no ha medido sus fuerzas
con la gente que inadvertidamente se desplaza por las veredas. Mientras el
chico acortaba la distancia, la señora se negó a rendirse. Iniciaron una
carrerita disimulada, y ella mantuvo la primera posición acelerando hasta casi
trotar. Los dos se apuraban, ella escuchaba la mochila golpeando la espalda del
nene, aferrada a su bolsa llena de papas.
Debía aplicar alguna táctica para vencer a
la juventud. Acercándose a un poste de luz, se mantuvo justo en el medio del
espacio libre, y de ese modo fue utilizando los obstáculos para impedir ser
sobrepasada. El poste, un perro dormido, la pila de ramas de una poda. Se
desplazaba en zigzag, obturándole el paso a su competidor. Se le fueron
acabando los recursos, y, finalmente, con un trote vigoroso, el chico pasó por
al lado de la señora, quien, en el momento de ser derrotada, le dijo “me
ganaste”. El triunfador volvió la cara hacia ella, la miró brevemente con ojos
color miel, y le sonrió sin decir nada.
Hermosa sonrisa; sonrisa amplia de
camarada, de amigo, de ser humano extendiendo una mano imaginaria.
Habían coincidido, habían jugado un juego,
se vieron por un momento y ahora se alejaban, cada uno retornando a su edad y a
sus quehaceres. Quién sabe por qué la alegría se desata cuando ocurren esta
clase de cosas.
PICA-PAO
El pájaro carpintero es al principio un
ruido. Alguien que llama a la puerta, que tamborilea nerviosamente los dedos
sobre una mesa. Un ritmo sin cronómetro, marcado el compás por durezas
cambiantes en las ramas o la lenta putrefacción de una corteza, por la medida
del estupor de una larva que crece en la húmeda oscuridad y de pronto es
arrancada en alarma y grito silencioso.
Las series de golpes secos son desiguales,
aunque por más o por menos calculo que se mueven alrededor del cinco. Luego
silencio, luego otra vez el código morse pero más allá y ahora desde otro
árbol.
Lo veo, ahora se me pierde en la sombra de
las hojas, ahora de nuevo lo puedo aislar de los tonos pardos que lo circundan.
Este no es el famoso pájaro loco de los dibujos animados. Menos espectacular en su colorido, es una avecilla amarronada que se aferra verticalmente a los troncos. Lo confundiría con un gorrión si no fuese por la postura vertical y la actitud enérgica de golpeteo. La cabecita como un martillo, una y otra vez golpeando firmemente, compactamente.
Me viene a la memoria el nombre “pica-pao”
y no sé por qué. Lo habrán dicho en alguna película portuguesa, aunque se me
confunden resonancias de Marcello Mastroianni, de una escultura de madera que
se llamaba “Pedro-pao” y toda una recua de bueyes nubosos se derraman por mi
pobre memoria tornando todo difuso y blancuzco.
Me gusta el nombre “pica-pao”. Su ocupación
de picar la madera lo define mejor que endosarle el nombre de pájaro
carpintero. Pájaro carpintero me remite a clavos, martillos, la trabajosa
confección de unos muebles, al tío Polo lijando los tablones al sólo pasar
sobre ellos su mano basta. Era pasar los dedos, y el aserrín se desprendía en
un polvo impalpable bajo sus yemas sin huellas digitales, perdidas las huellas
por el contacto abrasivo y continuo de la madera en sus tareas de carpintero.
El tío Polo digo, y vienen desde el pasado las bolillas amarillentas del árbol
paraíso, arrugadas como una piel largamente sumergida, el árbol seguramente
seco desde hace siglos, desarraigado y extinto, pero glorioso en este momento
que resurge al lado de una tapia sin revocar.
Digo tío Polo y llega desde la nada, desde
el tiempo que desaparece, un tambor de metal al que el tío llenaba de aserrín y
viruta durante la semana, y al que daba fuego para maravilla de los ojos
infantiles en la visita del fin de semana. Fin de semana, viaje en colectivo,
la carpintería con su piecita y su cama de barrotes de hierro, la máquina de
afilar a pedales, magnífica bicicleta fija con la piedra girando y girando como
un planeta chato y elusivo. Máquinas amenazadoras, sierras, tablones para armar
pasarelas y hacer equilibrio sobre piernas cortas y zapatitos con botón a los
costados.
El olor de la madera, el olor de la cola de
carpintero que alguna vez me ataca y me devuelve a esa carpintería, a esos
techos de chapa y esas arañas armando universos de hilo diáfano en las
esquinas.
El toc-toc-toc del pica-pao me trae de
vuelta a la quinta, y apenas me queda un segundo para hacer un inútil gesto de
saludo antes de que un tío Polo de camisa rayada se pierda en el aire de la
mañana.
LUNA DIURNA
Un chico dibuja el árbol, la casita, un
autito sospechosamente cuadrado, el cielo celeste, un sol amarillo con rayos
que le quedan verdes cuando se le mezcla el trazo amarillo sobre el fondo
celeste. La maestra le pregunta si va a poner una luna en ese pedacito que le
ha quedado vacío.
El nene, señalando el sol de marcador al
agua, le dice que en su paisaje es de día, pero la maestra le indica que no
importa, que la luna puede estar en el cielo de todos modos. Se nota la
incomodidad del chico, que ahora sospecha que la maestra se está burlando, o
que lo ha llevado a una de esas cuestiones engañosas en que la respuesta
correcta está torcida y es difícil de ver.
La señorita se ríe y le asegura que la luna
y el sol pueden compartir el cielo ¿Acaso no ha mirado nunca hacia arriba
cuando izan la bandera por la mañana? El nene no entiende por qué le está
diciendo algo tan absurdo, cuando es sabido que el sol alumbra durante el día,
y la luna se ve por la noche.
El aula tiene la puerta que da a una
galería, y apenas se asoman pueden confirmar que, efectivamente, una raja de
luna es visible en el cielo iluminado. No pasa todos los días ni a cualquier
hora, pero algunas tardes y algunas mañanas, sol y luna están sobre nuestras
cabezas.
El nene podría haber jurado que la luna es
nocturna siempre. Ese saber era inmutable, firme, y no se resentía por haber
presenciado cientos de veces lo contrario. Sencillamente descartaba la
evidencia en contra inadvertidamente y sin proponérselo. Veía a la luna pero la
ignoraba, su presencia no manchaba una verdad sólida e incuestionable.
Habitualmente me pregunto cuántas lunas
ignoro para resguardar mis creencias, cuánta tozudez intelectual, cuánta falta
de observación distorsiona lo que creo saber.
Esto es así, digo, porque me resulta más confortable mantener mis opiniones, porque temo reconocer que he estado equivocada, porque simplemente no relaciono esto que veo con aquello que es un saber enquistado en mi percepción del mundo. Nos quita un poco el equilibrio, nos deja en la incertidumbre, pero es también un paso delicioso ese de buscar lunas en los cielos diurnos, y poder verlas, y colocarlas en nuestro torpe dibujito del mundo.
VIEJO
ARTE NUEVO
Desde siempre los hombres hemos debido
luchar para sobrevivir. Hemos construido viviendas, realizado herramientas,
trabajado en el sudor del día. Ocupados
y agobiados, urgidos por las necesidades cotidianas, sin embargo hemos,
siempre, desde siempre, hallado la forma para apartar los minutos o las horas
para lo accesorio y quizás fundamental. Para crear lo bello.
La belleza, esa necesidad humana, que
aparece encarnada en una figurilla de marfil enterrada bajo siglos de greda, en
un bisonte rojo confundido con la roca de las cavernas frías, esa belleza que
mantiene al artesano ornamentando, al pintor dubitativo frente a dos tonos con
tal sutil diferencia, que se dirían iguales. Esa belleza buscada, perseguida,
tomada de la falda para que no huya.
La belleza porque sí, la belleza que no es
utilitaria, la fina línea grabada hace milenios en el arco para la caza, los
colores que no añaden calor al tejido, pero sí la hermosa sensación de portar
algo único. Bello.
La belleza en el palacio dorado a la hoja,
en la catedral esculpida en mármol, en la inextricable mezquita. La belleza
sobre un muro desgastado, agrietado, sobre el pobre muro de una casita pequeña
junto a la vía del tren.
Sorprende al caminante la mariposa, la
acaso sirena con alas, la mujercita etérea hecha en relieve, bajo relieve,
pintada y construida, esa sirena mariposa, esa mujer de la Belle Epoque de
líneas onduladas que alguien hizo para sí y porque le gustó en el porche de la
casa. Art Nouveau se llamó al estilo que compuso mujeres elegantes de brazos
vegetales, esta figura es un arte nuevo y viejo, armada con despojos, deseo y
presencia, voluntad y anhelo. Con la memoria de lo que hubo y la escasez de lo
que hay.
Casa pobre, de paredes despintadas; la
sirena marcada con un surco hasta el ladrillo en el revoque, un brazo añadido,
quizás de un maniquí, que se desprende del plano, apliques de espejos rotos
ornamentando el tocado, y como sombrero una lámpara armada con viejos caireles
de colores. Pintura basta. Materiales desechados y vueltos a la vida.
Una figura única que descubrimos
transitando uno de esos lugares por donde no suelen darse los paseos.
Esta sirena mariposa alumbra el porche,
alumbra la vida con su luz de belleza caprichosa. Dice que la pobreza no
renuncia a embellecer el mundo, y que la luz se esparce en los lugares más
remotos. Gratuita y maravillosa.
Dice la grácil figura que el corazón humano
no renuncia a imaginar ni a crear, y que tal esfuerzo se disfruta cuando se
comparte con los transeúntes. Y nos hermana.
Casi se ha ido la luz, pero un cazador
fatiga sus ya fatigadas manos en tallar delicadamente un ave en su lanza. Llega
la noche. Mañana terminará su tarea. Sueña con un trino y un aleteo. Esto
ocurrió hace apenas un momento.
RESULTADO AL FINAL
Yo conocí a Cachito y a Dorita. Son pobres,
son ancianos, viven en una casa cerca del río, lejos del pueblo más cercano, y
se ayudan a sobrevivir con una quinta y un gallinero. Ella cose ropa para
afuera aunque la vista ya le falle, y los ojos enrojecidos se quejen de este
esfuerzo suplementario, este esfuerzo de seguir trabajando cuando deberían
descansar.
Cachito era ferroviario. No tiene estudios,
pero tiene la educación del sindicato, cuando los italianos trajeron junto a
las propuestas comunistas y anarquistas, la curiosa idea de que un operario
tenía que leer, informarse, comprender no sólo su país sino el mundo. Los
sindicatos tenían bibliotecas, eran fraternidades, tenían el ansia de formar
hombres libres trabajando con dignidad.
La meta no era enriquecerse, no era lograr
un puestito cómodo, no era acomodar a los hijos, nietos y sobrinos. Su ideal
era que los compañeros o camaradas tuviesen una vida digna y estuviesen
orgullosos de construir una sociedad igualitaria.
Cachito dobla la espalda sobre la tierra
arenosa, tan poco proclive a la dádiva, para recoger las verduras y llevarlas a
la mesa. Dorita riega las plantas con flores que adornan el jardín delantero.
Los perros arman barullo alrededor. No son ricos pero encarnan la mayor riqueza
que puede haber, la riqueza onerosa de quien tiene la conciencia limpia. Y es
hacia el final cuando se hacen las sumas y las restas para conocer el
resultado.
De qué riqueza gozarán los gremialistas que
envejecen en mansiones, qué conciencia dormirá sus noches cuando usan la
mentira para perpetuarse en el poder, cuando celebran el embrutecimiento de sus
afiliados, lo potencian, y utilizan discursos anodinos que llenan el vacío con
palabras efímeras. Quién recordará sus nombres con emoción, si sus nombres
están unidos a negociados innombrables, dobles sueldos, diezmos. Si cada acto,
cada discurso, aún los correctos, esconden intenciones confundidas con réditos
personales.
Y qué aporte habrán hecho a nuestra patria.
Enseñar a la gente a tener miedo, a callar, a tomarse del pasamanos del
colectivo sin saber que el colectivo les pertenece. Los gremialistas de la
política del vasallaje enseñan constantemente que el sindicato es del
sindicalista, que hay un padre que premia o castiga, y que los afiliados
reciben dádivas. Enseñan a no hacer preguntas molestas, enseñan que no hay que
cuestionar al cuerpo directivo, porque pueden enojarse y retirar los regalos
que ofrecen. Y no proponen debates, los clausuran con un portazo ofendido.
Dicen, cuando están apurados, que todos somos iguales; para que lo canallesco,
al difundirse, se torne borroso y nos abarque. Reafirman nuestra cultura
colonialista con patrones y siervos dóciles. Desde los pequeños ámbitos crean
las células que forman el organismo político de nuestra nación.
Morirán en sus mansiones bajo sábanas
limpias. No hay dudas. Pero la cama simple de Cachito y Dorita es más fuerte
que sus cuentas de banco. Y si alguna vez el automóvil de un secretario general
se cruza con la bicicleta de Cacho, deberá detenerse y hacer una reverencia,
avergonzado de su brillo superficial a fuerza de cera y paño.
POLÍTICOS Y
RELOJES
El colectivo recorre las mismas calles de
siempre, los perros, la gente dormida, las casas son las mismas de siempre.
Pero desde las mismas casas, desde los tapiales abandonados, desde los
edificios; desde los postes y flotando por sobre el tránsito en pasacalles;
desde arriba y a la altura de los ojos, grandes ojos enormes, monumentales ojos
me miran.
Me miran esos ojos desde sus carteles de
reclamo, como los falsos patos flotando en las lagunas de la trampa. Me miran
esos ojos desde carteles afirmativos, y no les creo.
En la esquina de siempre el termómetro y
reloj digital no funciona, está mudo. Y hace bien, hace bien en no decir nada
porque no le creo. Recuerdo la mañana en que pregonaba en números rojos
confiables eficientes números rojos, rotundos números, que eran ya las treinta
y nueve punto dieciocho horas. Así sin más, sin timidez y sin miedo a
equivocarse, sin posterior fe de erratas. Sin necesarias explicaciones o
disculpas. Ese reloj, como los termómetros y los políticos, no tiene memoria.
Todavía el colectivo está detenido en la
esquina. Un negocio, lo tengo a la izquierda, se llama “Amnesia”. ¿Demasiado?
Si, demasiado, pero es cierto.
Mientras el semáforo nos retiene entre la
amnesia de los políticos y las falsas horas, un hombre joven en silla de ruedas
extiende la mano abierta a través de las ventanillas de los automóviles. Y por
Dios que no le creo, tampoco a él. Hace años que veo al hombre y pienso que las
piernas no se ven atrofiadas. Me avergüenza pensar que este hombre se halle
quizás en abandono y desesperación, y yo no le crea.
Pero no le creo. Con vergüenza no le creo.
No les creo. Ya no le creo nada a nadie.
Los miro en sus enormes carteles a los ojos
de papel y les pido cuentas. Ellos, los relojes inexactos, los políticos de
papel repegado capa sobre capa, ellos hacen que no le creamos a nuestro hermano
en su silla de ruedas, que sigue extendiendo la mano a través de las
ventanillas. Y que queda tan pequeño cuando el colectivo sigue su marcha, y lo
deja atrás.
CABEZA Y TIEMPO
El
busto estuvo siempre sobre la mesita del living, una de esas cosas invisibles
por exceso de permanencia, por desaparición de los sentidos a fuerza de
repetición. Como el olor de la propia casa, única confluencia de rastros
olfativos que nos está negada porque se halla ya incorporada de tal modo que
desaparece, así el pequeño busto de mármol era un objeto transparente.
Años de pasar por la habitación sin reparar
en la esculturita, blanquecina presencia cotidiana dentro del paisaje visual.
Justo ahora se le ocurre mirarla. Extiende
la mano y la sensación del peso, la frescura de la piedra calza guante y
zapato, dedo por dedo talón arco justo en las palmas. Hecho para ser observado
de cerca, se revela a su mirada como una foto polaroid que corporiza una presencia
de espíritu y mediúmnicamente invoca un fantasma.
Es una cabeza masculina y esa es la primera
sorpresa, porque los bustos suelen ser retratos de mujeres más o menos
lánguidas, con esa belleza anodina de las muchachas que parecen abstraídas en
sus pensamientos, pero en las que se adivina un definitivo no pensar, se
adivina la pose tentadora de la reflexión imitada rasgo por rasgo frente
silenciosa ojos perdidos en una lejanía romántica labios quietos casi serios
casi a punto de sonreír, una más bien nada, como conviene a una jovencita.
Pero es una cabeza masculina. Un hombre que
la mira a los ojos con atención, minuciosamente cincelado cada pequeño detalle,
con los rasgos firmes de quien no condesciende al engaño y se atreve a sostener
con solvencia el puente sólido y perturbador de los ojos en los ojos. Por un
rato no puede hacer otra cosa que mirar los ojos que la miran.
Siente que hay en dejar vagar la atención
por el resto del rostro como una claudicación, un apartarse perturbado. Siente
que cortar el puente es un reconocimiento de vergüenza, una especie de
demostración de debilidad. El hombre la mira a los ojos, ella no puede apartar
la mirada. Se dice que es gracioso, pero no tiene ganas de sonreír.
Con aceptación de derrota aparta entonces
la vista y descubre las finas líneas de arrugas en la frente, las cejas de arco
perfecto recorriendo con firmeza el contorno de las órbitas, los labios
cerrados. Hay en la expresión del hombre callado y quieto una seguridad sin
fisuras. Atento y cerrado en sí mismo, bloque de material pero de conciencia,
único e indiviso apariencia peso color rasgos unívocos. Exceso de yo en ese
hombre que confortablemente es él y no aparenta ni finge, que es él y no otro,
tal como debe ser tal como fue creado desde siempre desde toda la eternidad,
que si un vago escultor no lo hubiese tallado cincelado extraído de la piedra,
otro lo hubiese hecho, pues se demuestra en la forma el grado de necesariedad.
Y en la palma de su mano, en la palma de su mano.
¿Quién eres tú?, pregunta sin mover los
labios ella que lo sostiene en la palma de la mano, ella que es sostenida desde
la palma por esa pieza monolítica de maravilla. ¿Quién eres tú?, sabiendo que
es solamente una escultura en su mano, una cabeza de mármol negada al habla
negada a la palabra negada a la vida, esta vida que transcurre y modifica y
hace crecer pero las más de las veces descompone, derrota, finalmente destruye
y acaba y despedaza y desperdiga y finaliza.
Esos ojos esa boca que no puede responder
la contemplan desde la eternidad. Desde la inmovilidad del tiempo quieto fija
el hombre la mirada en sus ojos. Desde siempre, pero en este instante la mira.
Y ella sabe ahora, siempre lo supo pero ahora sabe que va a morir, que habrá
mañanas y tardes y noches acumuladas pero que va a morir, que su rostro y su
cuerpo se derretirán en torno a los huesos, que su carne está construida con la
fragilidad de lo perecedero y no de piedra inmutable. Este hombre que la
observa se lo dice con tranquilidad, sin dramatismo sin exceso de desesperación.
Con tranquilidad se lo comunica silenciosamente. Y la mira.
Deposita suavemente el busto en la mesita.
Se sienta en una silla.
Volverá a tomarlo en sus manos una que otra
vez, cada tanto. Rehuirá los ojos cincelados y olvidará la cabeza tiempo y quietud
y espacio estanco durante largas temporadas. Pero estará ahí, segura como
segura es la propia muerte, algunas veces como amenaza, otras como promesa, las
más como simple clausura si es que existe alguna clausura que pueda
relacionarse de alguna forma con la simplicidad.
¿Quién eres tú?, dirá silenciosamente.
¿Quién eres tú?
EL CABALLO DE
NIETZSCHE
Nietzche fue un hombre que armó delicadas
construcciones mentales, sistemas de alambre verbal, vastos edificios con
columnas, basamentos, frentes ornamentados, entradas de servicio ocultas por la
hiedra. Su aparato filosófico es en parte pétreo, con zonas resbalosas y
jardines ocultos. Convengamos en que la mirada de la posterioridad siempre
halla rajaduras, aun en los muros con mayor apariencia de solidez, y los
intérpretes, divulgadores, comentadores, discípulos, esa horda que se forma en
torno al cadáver filosófico desnaturaliza, suele potenciar los defectos u
ocultar con andamiajes agregados la pureza lineal de las formas originales.
Pero no recuerdo hoy a Nietzsche por su
teoría del superhombre o sus afortunadas especulaciones; tampoco por su
estrecha o remota relación con las raíces dispersas del nazismo. Hoy invoco la
figura retorcida del filósofo que, en su cuarto de alquiler, trabajado ya por
la angustia, cuando sale a la calle se topa con un hombre que castiga a su
caballo. Veo la imagen que construí la primera vez que tomé contacto con la
historia, y se me aparece un hombre quebrado que en medio de los transeúntes,
despeinado y enloquecido, interpone su cuerpo entre el látigo y el caballo, se
aferra al cuello del animal y se echa a llorar. Siento la desesperación de la
impotencia, esa cosa de ser testigos de lo injusto, de lo atroz, de lo
innecesario, y carecer de potestad para lograr que se abra el cielo y mandar
legiones de ángeles con espadas flamígeras que impartan justicia, o, en su
defecto, legiones de demonios que tomen venganza por la llama y el anatema de
los malditos.
Visión apocalíptica la mía, a cuento de un
minuto de video en una aplicación para teléfonos móviles, destinada al
esparcimiento.
Con las angustias acumuladas de las
noticias sobre el mundo, después de constatar que la gente empieza por el
insulto y sigue con los gritos para evitar escuchar lo que dice quien se
encuentra hablando en otras habitaciones. Con el mal sabor de boca producido
por desgracias superpuestas, con el desgarramiento de saber que afuera hay poco
abrigo, la enfermedad anda suelta, hay razones para llorar hasta que los ojos
duelan. Con la adversidad y la noche alrededor, he buscado unos segundos de
inconsciencia como quien entra a descansar en un jardín donde sólo se sienta la
brisa y el olor de los jazmines.
En la pantalla voy pasando los videos de
loros que cantan, perros que corren pelotas, mujeres que se transforman con
maquillaje, paisajes, árboles cargados de nieve, un hombre que actúa un chiste,
dos muchachos que bailan. Voy aquietando el corazón, olvido por unos minutos
que mi madre sufre dolor en el cuarto contiguo, y una sonrisa me va ganando de
a poco el rostro.
Entonces, aparece la imagen de un animal
asándose, crucificado en una estaca. Al lado, un corderito muy pequeño, que
apenas se sostiene sobre las patas, alumbrado por el fuego, temblando
ligeramente, mirando ese animal que es la madre, o al menos quien filmó el
video quiere que pensemos que es la madre. La cámara toma el holocausto, el
animalito tierno y desvalido, vuelve a la madre abierta en cruz.
Entonces, el caballo de Nietzsche. No puedo
bajar las escaleras y echarme a la hoguera de la maldad humana, pero algo se me
quiebra dentro y estará roto por mucho tiempo. Pena, dolor, asco, decepción. Ni
siquiera me pregunto por qué alguien creyó que hacer eso sería cómico, si al
abismo nos habita a todos. Me pregunto, sí, si al fin y al cabo valemos la
pena. Y el corderito es el caballo de Nietzsche, un agudo dolor, la pérdida de
la razón, porque sin tener fe en la bondad humana se nos escapa el alma.
Entonces lloro, lloro por el cordero, lloro
por mí, por lo que no podemos ser, por nuestros crímenes y porque la
inteligencia y la sensibilidad son carne de cañón, y los látigos siguen
golpeando los caballos, y la injusticia es tan alta que tapa el sol. Nietzsche
sufrió un colapso, no habló más por diez años. Nadie sabe qué cosas se
desencadenaron para que se sumiera en la demencia. El caballo en Turín fue un instante
catalizador. Cuando todo diálogo se prefigura estéril o acaso imposible, luego
del llanto acaece el silencio.
LIBERTAD
La vida es una inmensa pradera, pero la
transitamos por arroyos o ríos que corren por el fondo de profundísimos
cañones. Altas paredes nos mantienen en nuestro cauce, cada tanto una
bifurcación de los cursos de agua nos permite virar hacia la izquierda o la
derecha, y creemos de esta manera que podemos escoger. Pero la vasta llanura de
allá arriba, pero el mapa que veríamos de poder sobrevolar el paisaje nos está
negado.
Creemos que elegimos, pero nos limitamos a
surcar los pocos caminos que se nos ofrecen. Y algunos van por el río
multitudinario, lleno plagado rebalsado de canoas que se empujan se chocan se
tocan, dan ilusión de compañía, otros navegan por cursos poco habitados, y se
sienten únicos y creen que están solos porque son menos, y creen que ellos
eligieron y los otros no, que las multitudes son arrastradas mientras que los
solitarios guían hacen dibujan su propio destino, y esto lo piensan con
satisfacción mientras el agua, la misma agua los arrastra también a ellos.
En qué consiste la libertad si en
definitiva hacemos lo único que podemos hacer de acuerdo a nuestra educación,
temperamento, mandatos imperativos de la especie, circunstancias. Qué sería ser
libres si hay una red una telaraña que tiende sus hilos de amigo a pariente, de
vecino a jefe, de deseado a deseante. Y si esa red nos agobia, pero nos
sostiene, qué sería ser libre.
Sin la red; el salto al vacío, la
responsabilidad absoluta, la completa y absoluta responsabilidad por las
propias acciones, por la vida que no es ya la que nos toca sino la que nos
hemos construido. Sin la red, la imposibilidad de echar la culpa de nuestros
fracasos e insatisfacciones sobre espaldas ajenas.
Ser libre es demasiado peligroso. Quita el
piso, nos suspende sobre el abismo, nos deja solos con nosotros mismos mirando
nuestras propias caras asustadas. Es mejor ceder a la corriente, ser infelices
por culpa de otros, no haber hecho realidad mis anhelos porque no me dejaron, te
juro que yo hubiese sido si no fuese porque mamá.
Nada de dirigir la canoíta a la orilla, de
escalar la pendiente, de caminar por la llanura. Sabemos que los temerarios se
pierden, mueren de frío, enloquecen de soledad. Conviene dejar que las aguas
nos arrastren, responder a las efímeras circunstancias, escoger en las
bifurcaciones y creer que nada nos ata porque elegimos arquitectura y no
abogacía, entre esta novia y no la de la casa de al lado, entre la mesa redonda
y no la cuadrada para la sala. Qué cómoda libertad ejercemos entonces, qué
segura libertad, qué amplia cárcel, realmente.
Y, quizás, no estemos errados, y la
libertad sea una palabra demasiado grande como para usarla sobre este lado de
la realidad. Y quizás sea que una realidad porosa no sea saludable, no convenga
de ninguna manera a nuestra esencia de cardumen.
Pero elegir la libertad no es, vaya
paradoja, cuestión de elección.
No somos libres de estar atados. Una vez
que uno se dio cuenta de cómo es la cosa, no puede volver a confiar en la red
de allá abajo que protege de la caída, la red agranda la trama, no ofrece
protección, tiende a dejarse ver como una argucia débil frente a la inmensidad
soledad y frialdad del cosmos.
Una vez que uno se dio cuenta de la
fragilidad de las paredes, de lo inestable y cambiante de las creencias, una
vez que uno se dio cuenta de que la muralla que rodea la ciudad está derruida
en muchos sitios, queda a la intemperie, se siente desoladoramente libre, busca
alguna celda para guarecerse.
SEGUIR
DANZANDO
La voz de Arantza, aguda y gozosa,
atraviesa la mar y repiquetea en el teléfono. Dice Arantza que ha ido a una
exposición de fotografías en Pasajes (Pasaia Antxo) allá en Euskadi, dice
Arantza que ha visto fotografías de hace tiempos, de hace años acumulados, que
las fotografías sepia blanquinegras, que las fotografías agrandadas en los
muros mostraban las mujeres detenidas en un momento de pequeña eternidad. Las
fotografías agrandadas de mujeres quietas, de ojos grandes, de vestimentas que
ya han
fenecido en fogatas o hechas trapo para
limpiar la tierra de los muebles, pero entonces vestimentas de fiesta, entonces
adorno de mujeres engalanadas y airosas.
Y Arantza dice que se detuvo frente a la
imagen de una niña en baile, y le ha dicho al marido "Quién es esta, José
Felipe", y José Felipe le ha respondido "pues Margari". Así, sin
dudarlo, José Felipe le ha respondido pues Margari.
Y Margari tendría once años entonces, y
bailaba, y aún no se había vuelto indiana, le faltaba haber cruzado el mar, ser
más infeliz que feliz en esta tierra, engendrar y soñar con lo perdido. Margari
bailaba allí en la foto hace sesenta años, en esa modesta inmortalidad del
papel, en la mínima quietud que nos otorga la ilusión de lo imperecedero, que
no nos pertenece en nuestra irrenunciable fugacidad.
Margari bailaba allá en la fiesta y ni
habrá notado el lente que la fijaba en esa actitud, en ese gesto, en ese paso
entre los pasos que detuvo la película. Y el fotógrafo no podía saber que esa
imagen entre las miles de imágenes sería escogida para una exposición siendo él
ya muerto, ni sabía que la niña perdería su mar y sus montañas, que dejaría en
años y kilómetros y vida los helechos y los montes, el euskera y el txistu, los
cencerros resonando detrás de los caseríos.
Vemos una fotografía y hablamos de
inmortalidad, como la ingenua lápida que asegura "vivirás eternamente en
la memoria de tus hijos". Olvida la lápida que los hijos no son eternos.
Olvidamos que los planetas y los soles tienen sus historias inabarcables
mientras nuestras vidas y civilizaciones se desvanecen en meras chispas que
brincan en la oscuridad.
Sin embargo, Margari bailaba en Pasaia, y
sigue bailando en una imagen detenida, y José Felipe, que no la conoció de
niña, pudo ver esa niña y ver en sus rasgos la frente, la postura, lo
inequívocamente personal que trasciende años y nudos marinos y monstruos
oceánicos. Margari continúa el baile que comenzó entre la mar y los montes.
Bailará menos deprisa, estará un poco cansada, se detendrá a tomar aliento.
Pero sigue, Margari, danzando.
Q-U.
La Leo escribe la “Q” y la “U”, a la “E” la
va a escribir después. No se por qué, pero pone “QU” y después va a agregar las
“Es”. Lo escribe grande, en una columna larga y finita al lado izquierdo de la
hoja, y con su regla de treinta centímetros fabrica casilleros desiguales para
enmarcar todas esas preguntas incompletas. Quizás sea que las preguntas son
incompletas ya que la respuesta es incógnita. Así debería de ser. Uno no sabe
la respuesta, no hay por qué terminar la pregunta.
La Leo está en el geriátrico desde hace
varios años, pero estaba acompañada por su mamá de cien años. La mamá ya no
está. La mamá murió. Ahora la Leo está solita con sus setenta y cuatro años, y
esos siete años que lleva adentro desde los siete años de veras, desde que las
convulsiones le detuvieron el tiempo adentro. Siete años de alumnita de primaria.
Siete años de viejita que escribe con su birome “QU”. Muchas QUs”, muchas
preguntas sin final.
Y me mira con los ojitos pequeños, me mira
con intensidad. Parada frente a mí sobre las piernas con llagas, con la boca
desdentada, los rulitos canosos, niñita siempre niña a pesar de las arrugas y
las manos manchadas con vejez y tinta azul. Me extiende la hoja mamarracheada
la Leo y dice “QUÉ”. Me grita su “QUÉ”. Me grita la pregunta como los niños,
que todavía esperan que uno tenga una respuesta; que la respuesta sirva de
algo; que sea posible solucionar los desastres que la vida, el tiempo, los
insondables acaeceres complican y borronean.
Desde su vida borroneada, la Leo me grita
su “QUÉ”. Qué voy a hacer el día de la madre. Qué voy a hacer el día de la
madre. QU, QU, QU, QU, muchas preguntas incompletas una debajo de la otra en
birome temblorosa, subrayadas con regla de treinta.
Qué voy a hacer el día de la madre,
pregunta, demanda, grita. Me grita qué.
Me dice que ya no le puede dar de comer,
que ya no la tiene al lado, me repite que ya no le puede dar de comer. El
supremo, primer y último cariño, si a los niños y a los viejos les llevamos
dulces, galletitas, si a las novias se le regalan chocolates. “Ya no le puedo
dar de comer”, dice la Leo. Y me deja estúpidamente balbuceando obviedades
inservibles.
No puedo contestarle. Apenas poner unas
palabras sin sentido delante o detrás de otras palabras sin sentido.
No puedo contestarle a la Leo. Me pregunto
qué puedo decirle, cómo consolar su tristeza, su soledad, sus lágrimas de niña
anciana que caen redondas y transparentes. Qué puede hacer la Leo el día de la
madre. ¿Qué puede hacer?
Me pregunto qué decirle. Me pregunto QU,
QU, QU, QU.
La angustia
luminosa de los otros
Leyendo "La
vegetariana" de Han Kang en verano, el libro apoyado en el borde
áspero de la pileta y el cuerpo sumergido hasta los hombros en el agua fría.
Por afuera y alrededor, chillidos de pájaros, algún gato sigiloso en el tapial,
lentas corrientes de más alta o más baja temperatura, haciéndome notar que mi
cuerpo sigue existiendo y tiene vida y sensaciones, mientras la voz de Han Kang
surge de las letras, precisa, construyendo una realidad que quizás sea esta
misma, pero narrada con crudeza y a la vez una minuciosa elección de cómo
decir, cómo narrar la angustia luminosa de los otros empujando, esperando cosas
de nosotros, dándonos una forma que no era la nuestra.
En el libro los cuerpos sufren, se hacen ajenos, las personas se
encaminan hacia lo animal, vegetal, lo inerte, hacia el no ser para huir de
unas prisiones que por maldad, bondad, descuido o simple inercia nos construyen
los demás.
Cuando finalizo la lectura, con la maravilla y el espanto de quien ve en
detalle algo terrible, cometo el error de leer los extractos de las reseñas de
críticos de grandes medios en la solapa. Encuentro "cambiar sin permiso de
los demás" ¿Leyó el libro o sólo miró el título? "Despierta incluso
los paladares literarios más saciados" ¿De veras? Después de un grito
terrorífico, después de una originalidad expresiva ¿se puede comentar con tal
adocenamiento? "El deseo de ser distinto como una amenaza" ¿Qué dice
esta gente? Luego del cuidadoso trabajo de Hang Kang para no caer en
definiciones estrictas, ideologías o enumeración de simplezas, la solapa da
pena con su visión tan coyuntural, tan simple y tan proclive a catalogar lo
huidizo, lo evanescente, en duras piezas de madera. Entiendo que mi desagrado
sobrevuela esas reseñas y se extiende sobre lo absurdo de una cultura
categorizante, condenatoria, poco sutil, admonitoria y falsamente inclinada
hacia lo humano.
Vuelvo sobre algunos párrafos, salgo de la pileta con la felicidad de
encender la luz aunque lo que podamos ver no sea agradable.
UNA MIRADA
He observado los bosques para ver
únicamente los árboles de corteza caduca y hojas desnaturalizadas por las
babosas. He visto los hongos comiéndose la oscuridad de la tierra, pájaros
parasitados y animales moribundos en la maleza. He visto tormentas destructivas
en la espesura, y no me es ajena la cicatriz del rayo en los troncos
torturados. No me es ajeno el dolor de los bosques, no comprendo cuando dices
"mira" y sonríes a tal espectáculo de muerte y sufrimiento. No me es
ajeno el espanto de la espesura.
Me muestras los mares, y las olas de sucia
espuma rompen en playas formadas por millones de cadáveres calcáreos. Cómo
mirar el mar, me pregunto, cómo admirarlo. Cómo evitar en él el naufragio, el
llanto de las viudas, la extinción de los roncos mugidos de los cetáceos. No me
son ajenos, te digo, los espantos oceánicos.
Diriges mi vista hacia las humanas
multitudes. Señalas un niño, veo en él presentes y futuras crueldades, veo la
lenta degradación de los órganos, el velo enquistado de los saberes falsos, de
la dureza que hará de él soldado de inquisiciones, verdugo y juez de sus
semejantes.
Alumbras para mí a un par de enamorados. Se
devorarán, te digo, no hay forma alguna de que no acaben tironeando de sus
propios despojos. Acabará la caricia en garra, el beso en colmillo, la ternura
en cuchilla afilada. No me es ajeno, tampoco, el amor. Que ya lo he visto. No
me es ajeno el amor, y no conozco donativo más oneroso.
Meneas la cabeza tristemente. Me dices que
tu paisaje es bello, que hay ternura en tu universo, que las sombras están,
pero debajo de los claros objetos.
Dichosa de ti, dichosos los dichosos.
Cíclope soy. Esto veo.
LOS
MUROS Y LA MEMORIA
El sueño era en la casa, en ese lugar donde
ocurre lo nocturno.
Siempre el escenario de la cocina
rectangular, el patio de baldosas rojas, la puerta despintada de hierro con
esos vidrios traslúcidos que prefiguran la inmanencia de lo informe. Y la mesa
que ya no existe pero que perdura allí donde las cosas perduran, entremezclándose
la infancia con las nebulosas impresiones superpuestas. Las sillas pesadas, la
banderola que no llega a ser ojo abierto hacia el cielo de afuera sino cárcel.
Y por qué lo atroz y no los gorriones sobre los cables. Por qué cada vez lo
maligno.
Quizás el lugar no pueda desprenderse del
frío constante de las habitaciones, de la pintura gris de las paredes, de los
zócalos negros, de las baldosas graníticas fijadas en su dura geometría de
aristas. Es que la casa es la casa de los velatorios, de las muertes, la casa
de largo pasillo sin aberturas, tan propenso a la pervivencia de los espectros.
No puede pensarse un pasillo como ese sin saber que es invitación al fantasma.
Es la casa de la Nita que se consumió de a poco, cuando el cáncer era una enfermedad
vergonzante, la casa de las locuras y las alucinaciones. La casa de los
placares con monstruos y las cajas de cartón llenas de plumas.
Cuando la sacaron a la Nita hubo que parar
el cajón para que saliera por el pasillo, dicen. Y la imagen se fijó a los
cielorrasos, a los marcos de madera que conservan las muescas de uñas y marcas
de dientes. La casa del suicidio, la casa donde hubo aljibe con espectro
silbador, un espectro que dejaba oír su agudo silbido cuando había que pasar
patios y traspatios para llegar al excusado. Ya entonces, cuando la casa
primera, ya entonces la nube y el ocaso, las zarzas sofocando a los malvones.
El sueño era en la casa. Claro. Cada vez
que la ansiedad ataca por la madrugada, el sueño es en la casa.
Algo debe de haber. Quizás sea que los
aborígenes también dejaron la muerte bajo los cimientos. Hay un antiguo
cementerio muy cercano. Quizás la infelicidad de una familia que se deslía en
horizontes de gentes que perdieron la razón, quizás la ciudad misma, acechada
por el río que reclama su territorio, quién sabe. Pero algo debe de haber para
que la casa funcione de escenario para las pesadillas, y aparezca de vez en
vez, igual a sí misma, nítida y agónica.
Imagen bella la de las yeguas de la noche,
las nightmares de los ingleses que llegan cabalgando desenfrenadas por los
cielos obscuros. Crines al viento, bellas como lo es toda belleza amenazante y
temible. Será de una de estas criaturas fabulosas la herradura que hallaron en
el terreno. La casa es lugar de cabalgatas en lo negro, en el abismo de lo
profundo. Por las noches se pueden escuchar los belfos exhalando vapores
perniciosos, se huele el sudor de las bestias, y los cascos mueven los cuadros
en los muros. Allí, las yeguas de la noche cabalgan al través de la casa inmóvil
de permanente ocaso tormentoso.
Y esta vez, en este sueño, eran unos
monstruos de rostro grotesco y vasto cuerpo. Pesados y brutales.
Indestructibles. Sólo sabía, ella, que la única forma de matarlos era
decapitándolos.
Puso los cuchillos sobre la mesada de
mármol, los cubrió con una servilleta. Esperó con el pecho oprimido la llegada
de los espantos, rodeada por la casa muda. La casa hostil. La casa de los
sonidos pequeños.
Cuando cruzó el umbral de la cocina la
primera figura enorme (los otros estaban allá en el comedor, venían por el
pasillo), se acercó de espaldas a los cuchillos y despertó.
Sintió la frustración de que del otro lado
la casa y sus monstruos siguen intactos, acechando a otros durmientes y otros
sueños. No pudo matarlos, imposible destruir tan fácilmente el abismo de lo
innombrable. Supo que volverá a estar en esa cocina, que los espectros no
fueron exorcizados, que la casa espera pacientemente la cabalgata y el horror.
Paciente, seriamente, la casa la espera. Con sus monstruos.
EL DEBER HUMANO
La lucha contra la adversidad era la clave.
La lucha contra un destino amenazador, el destino como la tormenta que se
desatará, que romperá las amarras y devastará la pobre humanidad o el pobre ser
sacudido por los inclementes vientos de los años, de la lejanía, de la
tristeza. El destino que se ensaña quitando la vista a Borges (eso será mucho
después, pero qué es una década o un siglo para la historia), el destino que se
ensañó con Beethoven desprendiendo de su ser esencialmente musical la valiosa y
magnífica capacidad de escuchar el goteo de la lluvia, una puerta que se queja,
los acordes monolíticos de una sinfonía.
Es el deber del ser humano la lucha contra
la adversidad. Frase remanida, que no es espectacular por la formulación ni por
la novedad, pero que con el contexto de haber sido expresada por Beethoven
tiene una fuerza y un impacto que estremece.
Y luchó Beethoven contra la adversidad,
contra el destino que en la quinta sinfonía se expresa para siempre en notas
musicales, en una sola frase que se repite y muta pero que se alza como un
monumento de piedra en la llanura destemplada. Lloraron los oyentes en su
momento, nos emocionamos hoy cuando nos golpea ese bloque de música que forma
la orquesta a pleno, y esa queja de un único instrumento solo que implora allá
en las alturas, único como la plegaria de un inocente.
Ese pa ra pa páaan reconocible y trágico,
tres notas cortas y una larga. La “V” en el código morse, la “V” de la victoria
final aun cuando la muerte cierre y clausure. La victoria de haber presentado
batalla como sea y contra poderosos ejércitos. Es la victoria de la lucha en
sí, sin importar los resultados. La victoria del hombre de pie, aunque sea al
fin la caída, que no somos inmortales pero la victoria está en la resistencia.
Se había comprado o mandado hacer Beethoven
todo lo que el ingenio de la época permitía para amplificar esas ondas elusivas
que ya no formaban sonido en su cabeza. Trompetillas, cuernos, hasta una
pesadilla de hierro que parecía salida de los sueños enfermizos de los
inquisidores; un collar con largas varillas que se introducían en el piano.
Vanos intentos. A los treinta años el ejecutante estaba completamente,
fatalmente sordo. Y fue después que escribió cada una de sus sinfonías, sordo
ya, trabajando con las coloraturas de los instrumentos de memoria, armando
acordes poderosos con matemáticas e imaginación. Construyendo catedrales y
recintos dibujados a contraluz y con trazos vigorosos. Luchando contra la
adversidad, porque lo dijo y lo hizo, era su deber humano luchar contra la
adversidad.
Y antes del pa ra pa páaan una aspiración,
un silencio. Importante silencio de hache muda delante de la palabra. Impulso
que eleva la fuerza y hace que la frase suba. Tomar aire antes del esfuerzo,
echar hacia atrás el brazo en tensión para que la flecha llegue hasta ese
blanco lejano. Tanto importa la hache, tanto hace un silencio, el vano con la
misma contundencia espacial que la pared contundente. La muerte dando sentido a
la vida por simple presencia invisible. Esas sutilezas que no se comprenden
hasta que nos las explican, pero que sin embargo se pueden presentir en la
emoción.
Nos hablan siempre de un hombre colérico de
cabello despeinado. Se reducen finalmente los seres a una caricatura vacía.
Debiésemos poner el relato en cosas más importantes, como su pasión que como
toda pasión es desmedida y arrasa con árboles y edificaciones. Destruye y crea.
Beethoven guiando a una orquesta que no escuchaba, nueve horas guiando la
orquesta y cantando y gritando mientras los espectadores comían o charlaban, en
esas maratones en las que un compositor presentaba su obra y que se llamaban
academias. Lo imagino feliz, lo imagino por fin vivo y no como ese busto
inmortal (esas inmortalidades de museo, de cámara funeraria, de olvido), ese
busto inmortal y ajeno que no es Beethoven sino un pedazo de yeso o acaso
mármol o bronce, materia que jamás fue viviente de vida humana, sueño y carne y
espíritu desbordado.
Es deber humano luchar contra la
adversidad, dijo Beethoven, vivo y viviente y tenaz. Quizás la única forma de
construir obras justificadas, poderosas y bellas sea esa batalla desesperada
contra la propia imposibilidad. Desde aquí se ve el inmenso edificio, y no
notamos, ya, la labor del artesano, las huellas arduas de los cinceles sobre la
piedra.
Será por eso que la quinta sinfonía fue la
obra seleccionada para representar el sonido de lo humano, cuando se envió un
mensaje al espacio. Qué temblor en la yema de los dedos, qué magnífico vacío en
las entrañas pensar en esa frase musical resonando allá en medio de la negrura
y las infinitas estrellas, viajando por el universo anónimo y llevando el
mensaje de la humana esperanza de poder dar lucha al firmamento inabarcable.
Hojas
de remolacha
En esa casa vivía la polaca. Si nos ponemos
a describirla ahora, podemos decir que sobre el muro descascarado una Santa
Rita se desborda en fucsia y espinas, con esa belleza traicionera de las
enredaderas que dicen te abrazo y lastiman a traición con sus ferocidades
ocultas. Delante del muro, una vereda estrecha de césped sin cortar y un
basurero de hierro oxidado, que está hecho con una vara de cosa de un metro de
alto y un canasto encima para que los perros no destrocen las bolsas.
Detrás del paredón se ven algunos pinos,
naranjos y un limonero. Más atrás todavía otros árboles y el techo de chapa de
la casa, con cenefas del tipo de las que tenían los andenes del ferrocarril,
hojalata con recortes que recuerdan puntas de flecha vueltas hacia abajo.
La polaca había venido huyendo de la
guerra, como tantos, y conservó el acento extranjero hasta el último día. La
señora la conoció, en los últimos tiempos le hacía los mandados y la ayudó a la
sobrina cuando hubo que hacerle la mudanza final.
Se queda un momento mirando el muro, la señora,
recuerda.
La Polaca no tenía nombre, era La Polaca;
tenía los ojos muy claros y unas manos con venas en relieve y callos como los
de un albañil. El marido trabajaba en los ferrocarriles, ella hacía huerta y
cosía para afuera cosas sencillas en una máquina negra, Singer, que funcionaba
a pedales.
En la huerta lograba zapallitos, tomates,
arvejas en sus chauchas de papel de felpa, pimientos, zanahorias. Se encorvaba
trabajando, siempre en lucha contra los yuyos, los caracoles, las hormigas, las
heladas. De día en la cocina y en la huerta, a la nochecita con los carreteles
de hilo y las tijeras. Recuerda, la señora, las sopas de La Polaca, las tortas
suculentas, el pan recién sacado del horno.
Había venido huyendo del hambre europea.
Cuando vio la arena no podía creer que de este extraño suelo brotase la vida,
floreciesen los naranjales y prosperasen los nísperos y las hortalizas.
Asombrada y escandalizada veía cómo caían las moras, eran pisoteadas y se
creaba un barro espeso. Eso es un pecado, decía, tirar comida es un pecado, y
con las cáscaras de las papas hacía abono para las plantas, con la cáscara de
los huevos disuelta en vinagre procuraba calcio para los huesos débiles.
Después fue que murió el marido. No se
abandonó La Polaca, siempre con los batones limpios, el pasto cortado, su
mantel en la mesa y las carpetas tejidas al crochet, blancas de toda blancura,
sobre el bahiut de roble lustrado.
Pero el tiempo no solamente despintó los
muros, desgastó las puertas, se le marcó en la cara, también y además de todo
esto La Polaca se fue doblando. Despacio.
La señora se acuerda de haberla visto mucho
tiempo con bastón, caminando cada vez más lentamente y con pasitos más cortos,
la espalda cada vez con un ángulo más cerrado, hasta que quedó mirando el
suelo. Y lo último ya fue que para trasladarse usaba dos botellas, se apoyaba
con una mano en cada una y era casi como caminar en cuatro patas. Resultaba
demasiado penoso y así ya no podía vivir sola.
Entonces vino la sobrina y la llevó al
geriátrico.
La señora recuerda todo esto en medio
segundo, porque contar lleva tiempo, recordar es un viento que pasa por el
corazón. Cien imágenes cien sentimientos, una polka en la radio, el aroma de
las flores de ligustro, levadura en una masa a contraluz, una fotografía en un
marco oval, el chirrido de una mecedora, un gato en un alféizar. Fotos y fotos
y fotos vistas todas a la vez, humo en los ojos, algo que parece nítido pero se
desvanece entre las manos.
Saca la llave de la cartera, la señora,
hace girar la llave en la cerradura, penetra en el predio.
La Polaca murió en el geriátrico.
La sobrina puso en venta la casa, y la
vende con todo. No tiene el interés o el ánimo para enfrentar los objetos
huérfanos. Hay demasiado silencio aquí, la tristeza de las cosas sin dueño es
desoladora. Cómo defenderse de un peine con una hebra de cabello blanco, cómo
no contagiarse de la angustia de la mecedora vacía junto a la ventana. Hay que
huir, buscar una plaza donde jueguen chicos de risas agudas, ponerse una coraza
de luz solar.
Con un estremecimiento, la señora habla al
vacío, pide perdón por la intrusión, va abriendo los cajones y reuniendo todos
los papeles, las cartas, las fotografías. A las fotografías las guarda en su
bolso, a los papeles, sin desdoblarlos, sin leerlos, los quema en el asador de
la galería. Después toma un objeto, sólo uno, de recuerdo, y vuelve a su casa.
La señora tiene sobre la mesada cinco
remolachas con sus tallos y sus hojas. Toma la cuchilla, corta los tallos al
ras de los tubérculos, limpia las hojas y las cocina con cebolla y morrón. Ves
Polaca, dice. Ves, Polaca, no voy a tirar nada, Polaquita. Nada, viejita, hoy
hay tarta de hojas de remolacha por vos, para no cometer pecado el día de tu
entierro.
PEDACITOS DE CIELO
¿Viste el cielo?
¿Viste cómo el celeste y el azul y el rosa,
cómo el blanco, cómo las nubes? ¿Viste las nubes?
¿Viste el mar que corre invertido, esa
liquidez de los mediodías, esa lejanía y esas nubecitas que de pronto te bajan
el techo antes tan imposible? ¿Viste la luz de fuego, el sol naranja, las capas
atravesadas por rayos incandescentes? ¿De veras que vos también viste el cielo?
¿Los borreguitos amontonados, los jirones desgarrados de tules evanescentes,
los colores? ¿Viste los colores?
Y las nenas en la terraza. De las nenas en
la terraza me contó Rodolfo, esas no las vimos.
Dos nenas en la terraza, magia con palitos,
varitas de hadas ingenuas. Haditas pequeñas, hadas.
Dos nenas y una terraza y el cielo
perfecto.
Arriba las nubes de algodón, de lirios
blancos, nubes de difuso sueño de anémona, nubes de nubes. Nubes sobre fondo de
atardecer y en contraste las figuritas bailarinas de las nenas en la terraza.
Las dos niñas. Manos en el aire, manos que
trazan círculos que perduran apenas un momento como giro, como rueda invisible,
como hechizo en el aire. Palitos, varitas en las manos tiernas.
A las nenas les gustaría comer el mágico
algodón de azúcar que venden en ferias y circos. Ellas quieren el algodón de
azúcar, y les han dicho que están hechos con pedacitos de cielo. Y entonces ahí
están, en la terraza, probando a enredar el cielo en las varitas.
Las nenas giran sus palitos batiendo el
aire, giran sus palitos, giran ellas con esperanza, con fe, con los bracitos
redondos giran sus varitas para atrapar trocitos de cielo.
Vos sabés, claro. Sabemos que es así, que
no hay otra manera. Las nenas atrapan en la terraza recuerdos para el después,
cuando lleguen los inviernos del desamparo, los otoños de la melancolía. Las
nenas atrapan recuerdos de belleza, danza de aves, sensaciones limpias para esa
vida que se les viene. Atrapan felicidades para cuando el algodón de azúcar ya
no sea un manjar. Para cuando ya no crean en magias ni en imposibles
realizados. Para cuando sepan los cómos y los cuándos pero nunca los por qués.
Y las nenas atraparon, para siempre, al
cielo rosa, al cielo blanco, azul, celeste. Y se lo metieron dentro como si se
lo comieran.
¿Viste el cielo?
Tomar
la ciudadela
No me pregunten qué es la ilusión, no me
digan la palabra esta que tan ingenuamente utilizan los enamorados, los que
viven, los que se dan el tiempo o el permiso de alargar sus expectativas. Los
que esperan algo de alguien, algo de sí mismos, algo de las frías estrellas o
el mudo firmamento.
La ilusión no tiene sombra en el mundo de
la media tarde, no expele sombra en la gélida época del desencanto. No está, no
brilla, no deja escuchar su tintineo de monedas de cristal.
En el autobús desportillado, en las veredas
desparejas, en las casas sin pintura, en los pechos las gargantas, en los brazos
sin abrazo. No hay ilusión. Para tener ilusión es estrictamente necesario estar
vivos, poder pensar en el mañana, tener intacta o al menos reparada la
capacidad de confiar en algún ser o en algún entresueño amarillento.
La ilusión elude a los empecinadamente
tristes. Huye de los que sostienen que las cosas siempre fueron siempre serán,
deben ser iguales en la niebla y la mancha.
Difícil cosa la de ilusionarse, la de
confiar y creer y la de volver a poner estampillas en la libreta de ahorros. Si
no somos niños ya más, si ya nos han desgastado el verde de la esperanza, cómo,
me pregunto, ilusionarse.
Pero, amigos míos, es la única forma de no
morir.
Sin ponernos el sayo del ingenuo, no nos
queda otra cosa que colgarnos los débiles cascabeles y seguir andando.
Mirar hacia adelante, aferrar lo que nos
queda, perseguir lo que nos abra el apetito del deseo. Seguir andando y dejar
que nos guíe el elusivo pájaro hacia un futuro ganado por asalto. Para tomar la
ciudadela, necesitamos tener la ilusión de la acaso imposible victoria.
ARVEJAS DE PRIMAVERA
Estoy abriendo las vainas para sacar las
arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de
las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas,
esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y
pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban
en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin envase ni marca. Venidas de
las quintas estas arvejas de la primavera.
Miro mis dedos transparentándose por detrás
de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en
Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador
en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma el
montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro.
De niña le dije alguna vez a mi madre que
para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado.
No era sólo la textura incomparable, el sabor
más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera.
Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño,
que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de
personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en
verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las
estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas,
espárragos, alcauciles.
Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va. Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones.
Los días se regían por la luz, los meses
por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las
fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién
llovido.
Hizo falta que se perdieran lo ritos y las
iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios.
Frente a la fría asepsia de los refrigeradores
de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas
delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto.
Y recupero las manos de mis antepasados, y
celebro que hemos vivido un año más.
UNA MI
ABUELA
Hay una tendencia que se diría natural,
cuando en realidad es puro aprendizaje y cultura superpuesta, una costumbre que
se arma capa por capa como alfajor santafesino. Hay una tendencia sincera y
rosada, tierna y con puntillas, de pensar en una abuela y vestirla con
mantilla, colocarle un rodete blanco en la nuca, adornarla con camafeos y
zapatones de taco bajo, lavarla con lejía y frotarle las arrugas hasta que
reluzcan de pureza primordial.
Decimos abuela y tomamos una niña pequeña,
empolvamos sus cabellos, le dibujamos líneas en el rostro y la caracterizamos
con unos lentes generosos. Aquí está, señores y señoras, una abuela. Aroma a
vainilla, sonido crujiente de sábana de algodón planchada, gusto a salmuera y
caramelo. Abuela niña, abuela inmaculada, abuela para ayudarla a cruzar la
calle, para reírse buenamente de sus desmanejos con aparatos novedosos, para
alcanzarle el bastón, para ejercer la dádiva de cariños espaciados y
ocultamente mezquinos.
La infancia y la vejez se tocan, dice la
gente con sonrisa comprensiva, y observan a las viejecitas con la justa mezcla
de emoción y alivio por no haber llegado aún a esas espantosas edades. Hablan
fuerte para saltar la tapia de la sordera, y a la vez hablan como si la abuela
no estuviese presente, porque es una casi persona como los niños; una porque ya
pasó la etapa de ser útil y los otros porque todavía no llegaron.
Abuelita de Caperucita, viejecita amorosa
amasando tallarines los domingos, tejiendo escarpines, dormida en el sillón con
el gato en el regazo.
Mi abuela no era una niña. Había sido una
niña hacía mucho tiempo, cuando nació en Argentina pero se fue a Euskadi al
regresar sus padres a España. Fue una mujer cuando la guerra civil permitió a
Alemania probar los aviones bombarderos sobre Guernica, y en Guernica su madre
recibió metralla, y cargó mi abuela un fusil, y perdió un hijo, y mató un
falangista, y se echó al monte, y se pasó a la Francia, y por esas épocas uno
de sus hermanos se disolvió en una tumba anónima quién sabe en qué valle o en
qué colina del vasto paisaje.
Mi abuela es la mujer que se vino a
Argentina arrastrando a una hija que no quería venir, la mujer que le torció la
vida a esa hija que quedó varada en una playa que no pudo ser suya jamás.
Inteligente y misteriosa la veo a mi abuela
leyendo infatigablemente, la veo hablando con el cura, ella que fue católica y
después evangélica para terminar hablando con el Padre Torres, también español,
de allá, de su patria tras los mares.
No era fácil mi abuela, no era charlatana
ni particularmente cariñosa. Su amor pasaba por manos de dedos deformados que
tejían, cocinaban, me pelaban las uvas y les sacaban las pepitas. Una presencia
seca y oscura en mi casa de infancia. Un ser orgulloso y digno, que no renunció
al mantel sobre la mesa ni aún en soledad, ni aún cuando la fatiga del corazón
le hacía pagar los gestos inútiles.
Abuela, madre, hermana. Quién sabe.
Avatares. Ella era una persona con una historia, y peripecias, y secretos. Mi
madre y yo, sus patrias, sus creencias. Todo eso fue suyo. Su vida le
pertenecía. No fue mi abuela más que circunstancialmente, yo fui un pasaje en
el extenso texto de su vida. Y eso me parece bien.
No era una niñita arrugada mi abuela. De
ninguna manera. Era una mujer que había amado, había seguido sus hombres y llorado
las muertes y los fracasos. Una mujer con algo que decir pero que no dijo, como
los buenos narradores que nos dejan siempre con el deseo de saber un poco más,
de adentrarnos un paso más allá en sus aguas.
Me dejó mi abuela esta cosa de sentirme ser
humano, de saber que no debo explicaciones y de negarme al patetismo de
ajustarse a los estereotipos convenidos. Fotografías en blanco y negro, una
rama genealógica que viene directa desde mil novecientos dieciocho, atraviesa a
mi madre y me clava aquí, justo aquí, tan parecidas, al fin y al cabo, puestas
una junto a otra.
CON LA SANDÍA EN LA CABEZA
Hay gente a la que no le hace mella lo que
se piense o diga en presencia o por los detrases, gente que no responde a un
código de vestimenta, gente que tiene la libertad de usar boinas o sombreros,
chalecos extemporáneos, colores fuera de catálogo, botines de la tatarabuela o
pulóveres con cuatrocientas noventa y nueve lavadas y remiendos.
Hay quienes se dan la libertad de saludar
con grandes abrazos que dejan a sus víctimas con sonrisas confusas y los
bracitos pegados al cuerpo. Gentes que se pasean contraviniendo los códigos del
ridículo de su generación, verdaderos subversivos del buen gusto, personas
raras.
Hay quien estaría perfecto en una fotografía
del siglo pasado, en una filmación de la época del mayo francés o un video que
se capture de aquí a cinco años, que para la moda es la eternidad y un día.
Son personas molestas para presentaciones
de familia, y las sonrisas burlonas acompañan o suceden su presencia. Se hacen
irreflexivamente o con toda intención juzgamientos de carácter, creencias
políticas y sanidad mental a partir del atuendo más o menos correspondiente con
lo que la época, edad y condición social indican como correcto y necesario.
Ahora bien, por qué entregarse al escarnio.
Alguno lo hará conscientemente por mantener una postura, vistiendo en el cuerpo
su no pertenencia a lo establecido; otros por esnobismo, otros porque
simplemente no se dan cuenta y se ponen lo que les resulta más cómodo o
simpático.
Molestan. Causan un malestar pues rompen la
perfecta monotonía que asegura que todos estamos en la sintonía de lo
aceptable. El rojo combina con los neutros, las rayas jamás jamás con los
lunares, y aros largos nunca para los cuellos cortos.
Y lo que refiere a la indumentaria se
traslada por declinación a las actitudes y las palabras. Como por necesidad,
como si fuese natural y el orden universal indicase el largo de las faldas.
No es algo simple escamotearse al juego de
lo aceptable, el más estrambótico de los seres verá en alguien más lo ridículo,
señalará desdeñosamente un moñito tonto, un collar ostentoso. El más libre de
los sujetos despreciará gazmoñerías ajenas, comportamientos objetables.
Hay una línea entre lo excéntrico y la
afrenta voluntaria. Vivimos en sociedad, lo que hacemos públicamente puede
escandalizar o ser realmente desagradable. Hay situaciones, lugares, momentos
en los que alguna cosa puede ser una falta de respeto. Pero quién y con qué
manual en la mano puede marcarla con aerosol en la cancha.
Como esa línea inexistente no se ve pero se
siente, muchos decidimos sacarnos la sandía de la cabeza con la que gozosamente
paseábamos resguardándonos del sol, nos pusimos los zapatitos que están en las
vidrieras y nos fuimos resignando a componernos en el espejo que nos coloca el
resto de la humanidad al salir de casa. Lo hicimos con el deseo de no ser una
molestia para los amigos y familiares, para que no nos miren mucho los
transeúntes, es decir, para volvernos invisibles.
Y desde el momento en que vestimos la ropa
adecuada, empezamos a emitir por declive ciertas opiniones, nos permeabilizamos
a ciertas creencias, por urbanidad enrollamos alguna bandera y quemamos unos
cuantos libros. Es la vida ¿o no? Uno envejece, una se adapta, uno se convierte
en ese que antes le causaba risa o pena.
Claro que me dirás, querido amigo, que tus
lentes para leer y tu camisa blanca no te quitan fervor por la utopía. Me
asegurarás que la sandía no es el mejor sombrero, que tu libertad no depende de
la tela de bambula que se perdió en el pasado. Y posiblemente sea cierto.
Los nietos no desean una abuela fantoche,
los hijos se horrorizan de un padre que llama la atención. El adolescente lleno
de piercings y tatuajes detesta a la ridícula profesora de falda acampanada.
A nosotros (a nosotros, sólo a nosotros) la
libertad.
**
-Mónica
Graciela Russomanno, de nacionalidad argentina y española, nació en Santa
Fe, en 1966. Es profesora en Artes
Visuales.
Fue publicada en los diarios “Hoy en la
Noticia”, “El Litoral” de Santa Fe, “La Nación” de Buenos Aires, “Uno” de Entre
Ríos, “Ideas” de Cuba, “Xicóatl” de Austria y “Etcétera” de Zaragoza. Editada
virtualmente en las publicaciones “Inventiva Social”, “Unión digital”, “La
máquina de escribir”, “Página uno”; escribe ensayos en la revista cultural “El
Arca del Sur”.
Ha guionado videos: “El gueto de Varsovia”,
realizado por los 90 años de la radio “LT9”, así como “Relatos de Euskadi” y
“El Arca del Sur”, participando como invitada mensual en el programa de radio
de LT10 "El hombrecito del azulejo".
Fue premiada en el concurso por los 70 años
de la UNL, en el concurso “Nitecuento” de Editorial Mizares, el certamen de la
Editorial “Nuevo Ser”, y en el organizado por “Historias para el café”.
Editada en la Antología “En bandada”,
participa como autora invitada en encuentros con estudiantes, y es jurado del
concurso anual de cuentos juveniles de la organización “El Puente”. En los años
2011 y 2013 fue jurado del concurso de cuentos "Gastón Gori" de la Sociedad
Argentina de Escritores filial Santa Fe.
En el año 2009 la Asociación Trabajadores
del Estado le editó un libro de cuentos, “Historias versas y perversas” dentro
de la colección Bienes Culturales.
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
ORTIZ DE ROZAS*
La mujer ya no era joven. Últimamente le
parecía que ya nadie era joven, que los amigos, los vecinos, los parientes,
todos habían ido deslizándose junto con ella por una cinta que los había dejado
así, arrugados, desplanchados, desteñidos, como esos pantalones de trabajo que
se van gastando irremediablemente, salpicados y con alguna que otra recosida
para remendar lo que ya no da más de sí.
La ventanilla no deparaba sorpresas. Tras
los campos y los postes alguna casita, alguien trabajando el campo, el cielo. A
veces miraba el paisaje, a veces se miraba a sí misma etérea en el vidrio
sucio, un reflejo de alguien con la mano sosteniendo la cara, el cabello claro,
los ojos mirando sus propios ojos sobre el sinfín de la llanura.
Otra parada. El tren se detuvo y leyó el
cartel "Ortiz de Rozas". Le molestó la zeta. Y la repetición de la
zeta en los dos apellidos le sugirió la posibilidad de que la segunda fuese un
error, pero no, no creo, se dijo. El cartel era antiguo, alguien lo hubiese
corregido. Es raro, se dijo, es raro pero es así.
La próxima estación era la suya. Bueno,
falta poco. Pero después de diez minutos y de que no observase pasajeros
subiendo o descendiendo, se preparó para la noticia de que algún desperfecto
había detenido el tren.
Esperó un rato. Miró por la ventanilla.
Allá cerca de la locomotora se veía gente en el andén. Bueno, la ocasión de
estirar las piernas, la posibilidad de enterarse de lo sucedido. Comenzó a
pasar de vagón en vagón hacia el frente, pero luego decidió hacer el camino por
afuera, para recibir un poco del último sol de la tarde. El último sol pone
pelirrojos a los árboles, estira las sombras, hace que el cielo se transforme
en una escenografía.
Algunos hombres estaban reunidos a la
altura de la locomotora. Hablaban entre ellos y uno había encendido un
cigarrillo. Cuando ya estaba cerca, un muchacho de campera negra escupió en el
suelo. Estuvo a punto de regresar, pero se dijo que toda la vida había escapado
ante los gestos desagradables y hoy no. Eso, hoy no. Con los brazos cruzados
siguió caminando despacio hasta que pudo ver que en el suelo, en el centro del
círculo de hombres, había una vieja motoneta caída de lado, y un hombre con
gorra sentado con las piernas abiertas que miraba fijamente sus propias manos.
No decía nada.
La mujer se acercó al grupo y preguntó que
qué es lo que había pasado, pero los hombres la ignoraron. Su voz era suave,
era vieja, era mujer. Los hombres ignoran a las mujeres viejas de voces
débiles. Con las mejillas encendidas volvió a preguntar, "Qué pasó".
Uno de los hombres giró un poco el cuerpo y la miró desde arriba pero no se
molestó en contestarle. El joven de campera negra volvió a escupir. La mujer
sintió que se arrebolaba y a la vez una ira avasallante y una avasallante
vergüenza.
"Me caí" dijo el hombre de la
motocicleta. Después la miró.
"No vi el tren, me asusté cuando noté
que lo tenía cerca, y me caí"
Dijo el hombre que era viejo, que tenía
ojos puros y que la miraba. Hacía mucho que nadie la miraba. Ella pensó que
este hombre en el suelo la estaba mirando, pensó que le había contestado, notó
que él la miraba con la cara abierta como la de un niño que despierta en medio
de la noche y vuelve el rostro hallando el de su madre.
"Sana sana colita de rana" pensó
ella. Increíblemente, dijo "sana sana colita de rana" y los dos
rieron.
El grupo de hombres no se dio cuenta de que
se había partido una montaña, no notó que el cielo se rasgaba, no escuchó caer
las piedras de la torre que se derretía en estrépito. El grupo de hombres no
hizo ningún comentario, simplemente levantaron la motocicleta y lo ayudaron a
ponerse de pie.
Era alto, desgarbado, los pantalones le
quedaban un centímetro más cortos de lo que debiesen. Ella le arregló un poco
el gabán, y mientras se subía a la motocicleta le preguntó que por qué las dos
zetas en el nombre de la estación.
Él no sabía.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
-Próxima
estación:
LOMA VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
PARADA GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

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