martes, 30 de diciembre de 2008

ES EL LEÓN ALADO DE SAN MARCOS...

Volar sin alas*



Viajo en domingo. El cielo se abrió como boca del infinito, celeste casi mar casi cielo. Y quisiera llegar al imposible punto de mirar lejanías. Con la mirada renacida y la esperanza abierta. Salgo, es un largo viaje por inseguros trenes reales para después subir al tren literario y llegar a Marcos Paz. Parto con las indecisiones de vida a cuestas. Como necesito sentir algo más que la soledad llevo conmigo mis cuadernos inconclusos. Son 6 cuadernos de espiral, en ellos viaja un ser fragmentado en palabras y frases. Un sujeto que busca armarse con pedacitos en frases y ser escritura. Raro salir con el alma en viaje metida adentro de una carpeta caja de cartón, pero hay que salir de las cuatro paredes instituidas para ver las cosas y la gente. Cada vez pesan más estos cuadernos. Espero reunirlos como un relato posible, leíble como un viaje por los fragmentos reunidos de otros viajes y otras lejanías que me preceden y me constituyen con vacíos y enigmas imposibles de responder. Tratare de tejer mis palabras en viaje, sentado en un vagón que se hamaca y viaja lento sobre vías destruidas.
Estoy en Gonzaléz Catan, la última estación tangible del viaje. Me cruzo a una vía que se pierde en el pasto hacía la siguiente estación 20 de junio, me siento en una pila de durmientes usados, duermen a la intemperie esperando ser leña después de algún remate, pero me ubico en la estación grande de la imaginación cómodo, con mi carpeta de cartón como único almohadón posible.... ahí se acerca el tren, viene tirado por una locomotora Werkspoor numerada 4613, entre el vapor distingo que es un tren mixto, con dos vagones de pasajeros y dos de carga y encomienda. Los de cargas vienen a continuación de la máquina, me subo en el primer vagón de pasajeros, asientos de madera en varillas, casi como en el subte A, pero con una enorme modestia, y el visible deterioro de la falta de mantenimiento por el cierre de talleres de artesanos y carpinteros. Me llama la atención que todos los asientos miren al pasado, hacia el atrás que deja ver a su paso el tren para ser más precisos. Siento la misma incomodidad de cualquiera que quiere ver el porvenir del trayecto desde la ventanilla y sigo al siguiente vagón. Lo mismo... allí hay dos señoras con un Rosario en las manos, me acerco y casi con el buen día dicho de pie me quieren contar con la urgencia de quienes creen conocerte de toda la vida, aunque no te hayan visto nunca, que viajan para llegar al nacimiento del primer hijo de su sobrina preferida. Me dicen sus nombres: son Manuela y Blanca, dos señoras elegantes de unos 60 años. Hablan arrastrando el tono que siempre oí en aquellos italianos venidos de chicos que conservan siempre un eco de su idioma. Tienen cierta preocupación, el nacimiento lleva tres días demorado de la fecha esperada, -en ese momento se cae de la agenda de Blanca el calendario de ese mes, septiembre de 1958, viene con círculos y llamadas con frases y explicaciones todas en italiano-. No quiero interrumpir más, me disculpo, les doy un beso con cierta emoción, me doy cuenta que Blanca llevará en la mejilla una lágrima mía por algún tiempo. Les deseo suerte. Que sea todo lindo. Me levanto, giro la cabeza y veo que se sumergen en una oración de murmullos con la vista fija en la cruz del rosario. Manuela sostiene fuerte el crucifijo, casi como Dios puesto entre dos cuerpos y el respaldo del asiento siguiente.
Este es el último vagón, solo hay 5 personas, veo un matrimonio con un niño pequeño que viaja a upa de su padre, tiene el pelo muy rubio y sostiene con las manitos un oso de felpa marrón que lo abriga apenas del frío que desciende abajo de pantalones cortos. La madre viaja con la mirada perdida en algún punto del pasillo, como si viera la proyección de su propio viaje interno. Creo, definitivamente que no pueden ver mi presencia, y allí siento la incomoda sensación de ser un ghost. De no estar verdaderamente allí, a pesar de mi carpeta, mis cuadernos y los latidos fuertes que siento en el pulso y en el corazón se sale del pecho por contar que hay allí, en ese vagón, emociones desanudadas. El tren se detiene en la estación 20 de junio, sube una abuela con una bolsa tejida al crochet y su cartera negra con broche dorado, tiene un aspecto frágil, casi trémulo. Se sienta del otro lado del pasillo. Indiferente al paisaje vuelve al trabajo, la veo sacar del bolso un tejido, es algo así como un centro de mesa que se construye con un hilado fino color bronce. Me asombro, por un momento creo reconocer esos ojos color tiempo por debajo de los anteojos de armazón color miel. Teje la abuelita, con una sonrisa apenas dibujada, mientras espera que el mundo le devuelva algunos abrazos perdidos del otro lado del mundo.
Pienso en ese tejido desesperado y paciente a la vez de esa abuela, e imagino la obra terminada, arriba de una mesa rustica de pinotea clavada en tablas, quizá encerada a mano una vez por mes.
La veo tejer para evitar la desnudez fatal de las cosas.
Vestir la humildad de sus muebles con la habilidad de unas manos de mujer. Pienso, recuerdo, el titulo del libro de Benedetti, le doy otra forma: cuanta memoria ella teje a pesar de los agujeros del olvido, que se atraviesan solo de luz y aire. Sin letra posible.

La locomotora se detiene, casi llegando a Marcos Paz faltan casi totalmente las vías y los durmientes, el maquinista con las antiparras levantadas y el rostro tiznado de hollín conversa con el guarda que lleva su impecable chaqueta color beige y la gorra con visera, conversan y piensan. El guarda acaba de colocar el teléfono en el hilo del telégrafo, habla con el capataz de obra. Se ríen, por la respuesta.
-Dice que sigamos, que el va a poner vías imposibles de remover.
El maquinista se conmueve, esta sacudido, aturdido por lo que escucha de voz del guarda:
-Dice Don Nicolás que no tengamos miedo, que sigamos sin temer un descarrilamiento, que el pondrá rieles de letras, durmientes de palabras, y que estas echarán raíces de acero en los terraplenes. Y que hará balasto de vocales duras como piedras de Olavarría.
El maquinista y el guarda se cruzan una breve sonrisa, aceptan la irrealidad absoluta de la situación, van a seguir como debe seguir la vida misma.
Vuelvo a subir pero esta vez en el primer vagón desierto de pasajeros, me siento, me prometo a mi mismo quedarme allí hasta llegar, hacia afuera solo puedo ver nubes de vapor que se disipan contra el celeste cielo y un sol tibio que anuncia primaveras. Un grupo de golondrinas tempranas planea como descansando en el aire.

Llegamos. Sólo yo he bajado en esta estación, estoy bastante desorientado. pienso en buscar un bar, un lugar con dos mesas unidas donde pueda desplegar mis cuadernos y escribir algo, quedarme allí horas enteras para ver atardecer en espectros rojos olvidados por el sol detrás de la silueta de la estación. En el camino veo una estatua, -Es el león alado de San Marcos, -me responde con extrañeza un señor que cruza sin apuro con el diario de domingo enrollado bajo el brazo.
Veo al León y pienso en lo bello que sería volar sin alas.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

UN HOMBRE SOLO...

-Texto del 2003-



Es lindo ver el mundo desde los tremendos boquetes de un mantel corroído, estaba allí abajo de otras cosas, sin duda inútil para cualquier futuro y desde ya condenado.
Pero hoy, desde esos tremendos cráteres se ve un poco de celeste, el rojo inagotable de las flores de la santa rita, y algo de vida en movimiento. Es un verde fuerte, áspero, que brilla a la luminosidad del sol de otoño, en esta mañana de fulgor difuso.
Allí cuelgan los viejos manteles, uno bordado por su abuela italiana con flores de todos los colores posibles, pétalos que solo puede imaginar quien vio flores silvestres en la ribera del río D'Orba. Los hay naranjas, marrones, celestes... y unos amarillos de los que solo se puede encontrar en el trazo de los lápices, de esos que usamos para pintar soles en cuadernos de infancia.
Están las manchas que no quitará, ni el más grande desafió de jabón en polvo, del vino tinto, de las comidas especiales que dejaban manchas inolvidables.
Se secan al sol del otoño, una mañana.
Mientras el gato se lame sobre la cama, y el perro tuerto, aúlla sin parar pidiendo salir al pasto para orinar macetas y plantas.
Esta quietud de vacío no ayuda a tomar mate solo, se arruina rápido y queda como decoración del ambiente donde el hombre se angustia delante de una pantalla y escribe con pocos dedos en un teclado.
Allí, sobre la mesa hay un broche, tiene ligeros fantasmas de oxido abriéndose paso, aun se lee la marca "Hepta" y dice también industria argentina, su padre lo usaba para abrocharse el pantalón y evitar el enganche con la cadena de la bicicleta. El lo usa ahora para apretar fuerte las páginas de los libros donde copia escritos breves para compartir desde la web a lugares indefinidos y personas desconocidas. También hay un lápiz grueso de carpintero, para marcar las frases y capítulos. el protector de pantalla se transformo en un atril improvisado, allí espera el próximo cuento a enviarse, "Limosna" es su título, y fue escrito por Antonio Dal Masetto hace muchos años, cuando el director de Página/12 era Jorge Lanata.
El sol sube por el borde de la pared del lavadero, obliga a entornar las pestañas, un velo de filamentos impide quemarse la mirada, en una lección antigua que cuesta reaprender día a día.
Están las barajas, el hombre no deja de barajar enfrente de la pantalla en los momentos de nada, mientras los mensajes atascan el correo, y la velocidad de la computadora hace pensar en qué es más placentero viajar por dentro de relatos de Julio Verne.
Baraja, solo baraja, en una espera que parece eternidad. Nunca jugó al solitario, solo están ahí para sentir movimiento en las manos, esperando el momento de dar de nuevo las cartas evitando, si es posible, las marcas invisibles que están muy adentro de siluetas y personajes de la calle.
Allí, esta el hombre solo, tomando mate frío y lavado, después de días de pasear sus manos por objetos yertos y perforados de ausencia. En una mañana silenciosa de domingo.

sábado, 13 de diciembre de 2008

DOLOROSA CAPACIDAD DE POSTERGACIÓN

Esa es la frase con la que el hombre despierta. La que lo acompañara durante algún tiempo imprevisto.
No habrá extensiones a esa frase conclusión.
No se podrá desmentir a la realidad que la instaló con esa fuerza.
"Dolorosa capacidad de postergación" dira para escucharse en silencio en la más dura de las soledades:
la de una persona a expensas de su propia voz interna.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

ENTRE CENIZAS DEL AIRE....



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


Entre cenizas del aire*



Heredo de mi padre ojos entre cielo y mar nublado, como los suyos entrenados para mirar más allá en detalles de naturaleza y lejanía. También de él aprendí la capacidad irreversible de amar a distancia. Un amor humilde guardado en cofres de silencio. Amor postergado de piel y abrazo.
Amor para siempre sostenido en imágenes sin tempo ni baciare. En un día del pasado breve, en un cumpleaños de abril, él me dijo que veía a su finada madre tal cual, viva y bella, como si todavía estuviera en Paterno, como la última vez en ese puerto, antes de salir y no volver. Ahí estaba su arcón de memoria, y entendí que vivía para sostener desde su vida esa imagen amada. Era su llamita interior. La veía amasando, cocinando pan en horno de ladrillo. Preparando la "sopresatta", guardando pan y jamón de estación a año. Atesoraba cada rincón de recuerdo en esa casa, con su madre despertándolo con un racimo de uva negra en la boca.
Mi padre partió de Nápoles en el último día de primavera y llego aquí en invierno, para siempre perdió un verano en la montaña. Su sobrina Silvana, nacida poco antes que yo, había captado ese misterio mágico. Desde pequeña se dedico a traducir de sueño a sueño y de alma a alma. Sin distancia ni olvido.
Ella escribía para nosotros en castellano o italiano, pero también escribía en inglés, francés y hasta en chino. Tenia amigos en todo el mundo y su pasión era escribirles en su propio idioma. Cuando recibía las cartas de mi padre se las leía a su madre cegada por la diabetes.
Dos décadas atrás cuando preparaba su viaje del próximo verano. A la Argentina. A conocernos, Silvana dejo de escribir, se enfermo de leucemia y murió en pocos meses.
Sin saber de su destino, sin saber que la muerte le iba a sacar el verano y la vida misma, yo imaginaba ese abrazo en el aeropuerto, ese reencuentro imposible.
Mi padre no quiso tomar más la lapicera para escribir cartas. Trickster, mediadora entre el dolor y la distancia, Silvana no cumplió su sueño y una parte de los nuestros de padre a hijo quizás murieron con ella. El puente fantástico de ilusión y arco iris se pulverizo, voló en cenizas y en alas de golondrina cayó en cada lágrima inexplicable.
Cuando mi padre murió, al poco tiempo el Etna estallo en furia de lava y fuego, y yo sentí que ese reencuentro perdido sería entre cenizas del aire.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

EL VIEJO CAPITÁN...




Día tras día a la misma hora.
Cuando el sol pasaba por su ventana del living de su departamento en el cuarto piso.
El hombre se sentaba a fumar su pipa mirando al este. La vista fija. Una estatua que apenas cobraba vida por debajo del movimiento del humo.
Para nosotros que lo veíamos cada tanto desde nuestra ventana del 8º piso era un viejo capitán de mar. Quizá por la pipa y la barba enrulada y blanca.
En invierno se colocaba una gorra gris de abrigo igual a la que usaba mi padre y que un día de 1996 decidió regalarme.
Un loro grande del color de los loros que cada tanto se paraba sobre el hombro derecho a tomar sol con su dueño. A su izquierda se veía una gran jaula con un canario amarillo que saltaba de un palillo al otro, de este a oeste.
El loro y el canario parecían ser sus únicas compañias.
No podíamos ver la figura completa de ese hombre al que sólo veíamos y conocíamos sentado de cabeza a la cintura, pero imaginábamos que tenia una pata de palo y como en las películas de los piratas podíamos oír un lejano eco del golpeteo de su pata de palo cuando se alejaba del timón por la cubierta de su fragata.
Era sólo eso. La imagen de un hombre viejo y sólo viendo por la ventana hacia donde unos kilómetros más allá el río de la plata inunda las costas del balneario de Quilmes en las sudestadas. Durante la hora u
hora y media en que el sol bañaba de luz y calor su ventana. Luego, en su camino al oeste el sol quedaba oculto por la altura del edificio -15 pisos- dejaba luz pero ya no rayitos en invierno ni latigazos en verano.

Una semana completa de invierno llovió y llovió y no tuvimos sol.
Cuando volvimos a buscarlo con la mirada atenta al ventanal del 4 piso, la persiana estaba baja.
Así uno y otro día y meses también, hasta que ya no esperamos encontrarlo en su puesto de lucha.
Se habrá muerto, -dijo mi hijo.
No se. Quizás volvió a navegar. Y está en su nave persiguiendo al horizonte.
Hasta descubrir con sus propios ojos el nacimiento del sol emergiendo desde el fondo del mar -dije yo, con mi habitual negación a la muerte.

Lo cierto, es que también desapareció el enorme bote colgado de gruesas cadenas que el hombre tenía a la altura de su ventana. Y que según supe tiempo después, le había traído más de un disgusto en las reuniones del consorcio de propietarios del edificio.



*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com