martes, 28 de enero de 2014

EL REYNOSO

 
 
 
 
 
Es un pesado tren el de la memoria. Así lo siente el hombre mientras viaja acunado por el vaivén del tren de trocha angosta.
El arquitecto es hoy un hombre viejo. Ha dirigido muchas obras, ha visto desfilar delante de su mirada a verdaderos personajes entre los albañiles y gremios que trabajaban en sus obras.
Mira el recorrido de la línea y se detiene en la Estación Reynoso.
 
“El Reynoso”. Reynoso era el apellido del peón que se convirtió en una leyenda  que circuló por años en las obras. Cada tanto cuando le tocaba compartir un almuerzo con los obreros, alguien contaba la historia, modificada con el énfasis y el suspenso que le imprimen los Cuentacuentos a sus narraciones.
Los albañiles son excelentes narradores de historias propias y ajenas.
Al mediodía se contaban historias, mientras se cortaba la carne y se servia el vino tinto.
En el edificio de la avenida Rivadavia se destacaba Yapura el azulejista, que relataba sus hazañas sexuales de juventud, curiosamente eran amoríos con mujeres de los patrones que había tenido en Salta. Tenía una gracia especial. Con su mirada de picardía con recorría a los presentes mientras avanzaba con su historia que invariablemente concluía cuando en su tonada (y casi cantando) decía: “ Hecha la cojaaaa…”. 
 
Las épocas han cambiado, ahora casi no existe el ritual del asado en las obras.
“Fuimos un pueblo alegre” –se dice sin poder profundizar en explicaciones.
 
Pero el arquitecto no quiere perder el hilo de la leyenda del Reynoso.
Más aún sabiendo que el fue testigo de lo que ocurrió:
 
La obra era una casa de campo que quedaba en el medio del campo y no era una metáfora. El campito quedaba a un par de kilómetros de la ruta y a unos 300 metros del apeadero del ferrocarril, se llegaba por una huella que  se hacía intransitable con una lluvia copiosa. Unas pocas casas perdidas. Un solo vecino con el que se compartía alambrado y una línea de eucaliptos altos a los fondos.
 
Para comprar cigarrillos o comida había que ir hasta la ruta. Un solo corralón de materiales para las urgencias “El cóndor” atendido por dos hermanos con un apellido inolvidable: los “Cucurulo”.
Costo encontrar un equipo de albañiles que estuvieran dispuestos a viajar horas en tren para llegar hasta el fin del mundo.
Los albañiles trajeron al Reynoso, un correntino fuerte que además de peonar en la jornada laboral acepto quedarse como sereno en el medio de la nada.
Armamos un obrador con chapas bastante grande, una parte se dividió para que sea el dormitorio del Reynoso. Además del catre, ropa y unas pocas cosas el hombre había traído un pequeño altar caserito del gauchito Gil.
 
El Reynoso hacía las compras para el asado y llevaba los pedidos de materiales al corralón donde teníamos cuenta corriente. En esa época no existían los teléfonos celulares. Un día aviso que le regalaron una mascota.
-Es un gatito, le puse “Tigui” dijo. Del gato de Reynoso nos olvidamos enseguida,  al hombre se lo vio comprar botellas de leche, juntar los huesos del asado o comprar hueso con carne para el animalito. El gato se quedaba dentro de un sector bien alambrado pero agreste que ni siquiera fue desmalezado. La única entrada era la puerta del fondo del obrador – casa del sereno. Era el equivalente a una manzana urbana y el proyecto contemplaba en una segunda parte construir allí una amplia pileta de natación, un quincho y parquizar.
 
 
En esa mañana de enero había un calor demencial. Era una visita de rutina a una obra que ya estaba en etapa de terminación, estaban los pintores, los albañiles y el Reynoso que recién había vuelto de comprar las provisiones para el mediodía en los comercios de la ruta.
Fue todo muy rápido, como suele ser con los hechos que marcan la memoria para siempre. Escuchamos tiros. Algunos nos silbaron por encima de nuestras cabezas. Uno de los pintores se tiro de la escalera al piso. Se escucho un lamento de animal grande, un ronquido doloroso que venia desde el pastizal. Luego escuchamos el grito que pretendía emular al del Tarzán de  Johnny Weissmüller. Ahí ubicamos al tipo trepado al eucalipto blandiendo una carabina con gesto triunfal. No habíamos salido de la sorpresa cuando vimos al Reynoso trepar como un gato al árbol. Sujetó al tipo, lo bajo a los golpes. El tipo ya no gritaba como Tarzán sino que pedía auxilio, perdón, piedad…
 Los albañiles salieron disparados, cruzaron el alambrado, lograron sacarle al Reynoso el cuchillo antes que lo sacara del cinto, creo que lo iba a degollar como a un cordero.
 
Fue por esto que supimos que el vecino era un cazador furtivo –denunciado por cuatrerismo- que tenía a maltraer a varios campos de Saladillo. La noticia podría haber salido en los diarios pero no fue así: el dueño del campo que construía su casa era un empresario exportador de lana que compró un acuerdo de silencio: nadie diría ni una palabra, no habría denuncias policiales. Supe que el acuerdo incluía comprarle su chacra a un precio increíble con tal de no tener a un chiflado cerca. Reynoso iría a una obra que teníamos en Barracas.
 
A la mascota la enterramos en los fondos del terreno. Reynoso que era un hombre grande lloraba como un niño. Se había puesto las mejores ropas y tenia un pañuelo colorado anudado al cuello. Le habían matado a la única compañía que había tenido durante casi dos años en la soledad de ese paraje perdido en la pampa. Ahí nos enteramos de una habilidad de su mascota: como un perrito amaestrado traía en su boca una piedra la colocaba sobre su alpargata, El Reynoso daba la patada, la piedra volaba… Tigui atrapaba la piedra en el aire o la buscaba entre los pastos hasta traerla de vuelta a los pies del hombre.
 
 
20 años después en otra obra ubicada en el barrio de Núñez a la hora del relato, el capataz santiagueño volvió a contar la historia del Reynoso, pero esta era mas verosímil de aquellos hechos ocurridos delante de mis ojos: el vecino era un drogadicto que había ahorcado al gatito.  Reynoso había hecho justicia: se trenzaba en lucha con el criminal y lo degollaba.
 
No dije nada, me limite a escuchar.
Además, lo del tigre de Bengala jamás lo hubieran creído.