domingo, 30 de agosto de 2009

VOLVERÉ CUANDO VUELVA A SONAR LA CAMPANA...




-Al pueblo de Patricios.


El hombre sabe que no puede con las emociones. Por eso cuando el tren ingresa a Patricios, o mejor dicho a una representación teatral en la Estación-Teatro comunitario, se aisla con rapidez en sus pensamientos. No logra conectarse demasiado con el aquí y ahora. Se aleja hacia el humo que envuelve a la vaporera de última generación. Observa con cierta distancia lo que acontece a su alrededor. En esta obra, los vecinos actores juegan a negar la presencia del tren, este tren es solo una figura fantástica, algo que no puede ser real, solo un símbolo o un augurio de tiempos por venir.
Es paradojal, quiza haya 500 o 600 personas aquí, esperando al tren con su obra de teatro en marcha, simulando que el gran día será otro día, no este. Claro, las emociones son muy fuertes, hay que ver a los maquinistas llegando a un pueblo de ferroviarios, los abrazos con abuelos que manejaron máquinas más poderosas que "sophostine" una modesta locomotora de la clase 200 Hartmann/Borsig reciclada para utilizar gas natural comprimido como combustible.

"Volveré cuando vuelva a sonar la campana" dice el graffiti en la pared amarilla, parece una despedida definitiva. Un reencuentro imposible que el tren esta desanudando como los nudos de esas gargantas que cantan y bailan como si este fuera un único día para despedir para siempre los silencios de los andenes de la estación, la oscuridad infinita de los rieles perdiendose en la noche.

El hombre mira el desenganche de la Locomotora.
Se ve con su hijo de 4 años de la mano, apurandose para llegar al momento justo. Son dos o tres preciosos minutos. El maquinista o su ayudante desciende, baja y se arrodilla para desprender la máquina del primer vagón. Corría el hombre con su niño de la mano, para ver los ojos grandes y escuchar a su hijo diciendo: "el tito que engancha", "ya soltó el tubito y el arito", y luego sentir el estremecimiento de su mano al escuchar la bocina larga que anuncia el despegue a buscar la vía de maniobras.

Piensa en Estaciones yertas, definitivamente abandonadas, aquellas donde nunca más se detiene la memoria. No hay más mujeres que corren a buscar un abrazo para llegar pronto a la película de Gregory Peck. Serán abuelas. Y allá sobre los rieles una fina llovizna, una humedad de letras parece cubrir ese desamparo de cosas entregadas sin voz al olvido. O al oxido que es casi lo mismo.

En Patricios se abren las vías. Entre ellas crece la distancia hasta llegar a Villegas, el pueblo de Manuel Puig, o a Victorino de la Plaza donde un abuelo que fue jefe de estación sigue palpitando por su gran amor que eligió a otro y partió a Buenos Aires. De esos pueblos retornan frases y recuerdos, ruedan en la noche con el sonido a vacío de un tren de carga que vuelve haciendo golpes de tambor de lata.

Una vieja melodia lo asedia mientras se aleja de la estación por las calles ahora desiertas del pueblo, las voces suenan a primera vez... "Cant by here love, cant by here". Son emociones sin tiempo las que parecen brotar en cada paso. Las propias, o las hundidas en esta tierra donde los sueños esperan germinar en nuevas manos.



-Del Inventren 2004.

lunes, 10 de agosto de 2009

POR LA RANURA DE LA MEMORIA...





-Del Inventren 2003. Estación Villa Numancia.


En estos días me la he pasado echando monedas por la ranura de la memoria, esperaba escuchar el sonido del tocar fondo, el rebote. Pero no, abismo sin fin , no concluyen ni las imagenes de la caida ni el silbido del aire desplazado, fricción de recuerdo que cosquillea la piel del tiempo. Puede haber sido la pregunta de mi hija, que se acerca a los 5 años y que desde los tres no tiene al papá viviendo en su casa:
¿ Papá, vos estabas cuando yo era bebe?
Allí esta la memoria cortada en pedacitos, colchón de espuma y nube, sonidos sin voz. Tambien, puede haber sido esa foto, caida, arrugada y humeda que encontre detras del escritorio en la casa de los chicos. Estoy en una baranda de trocos casi saliendo de la foto, un perfil leve, viendo un lago quieto, espejo de montañas que descienden en colores de día nublado. Es el sur, la foto la tomo mi amigo Ruben, habíamos terminado una obra y nuestra sociedad laboral, y nos fuimos de viaje al sur, creo que la foto es cerca de San Martín de Los Andes. Compartiamos trabajo y una amistad estrecha, como un tiempo atrás habiamos compartido escuela secundaria, y una militancia de ideas que podría habernos llevado a ser asesinados. Todavía no imaginabamos que a poco de andar la amistad quedaría distante por cuestiones menores. Lo cierto es que hoy, me veo en su compañia, dentro del Dodge 1500, cortando el mundo con ironías salvajes, escuchando uno de los tres o cuatro casettes que siempre se llevaron en todos los viajes. Y hasta recuerdo el estribillo y la voz grave, solemne, del tema que siempre generaba mi risa. "...Porque siento que el culo me pesa...", Cantaba Jorge y nosotros reíamos atravesando distancias de Varela a Numancia, mientras sacabamos improvisando en el aire el número de durmientes que necesitabamos para revestir las paredes de la obra. De esa época, tengo borrada la imagen de la estación, pero a unos metros bajo un tinglado estaba la maderera que hacía lo que pidieras en quebracho. Que extrañas esas vías angostas, parecian de tren de juguete, uno imaginaba un tren idealizado, sin conflictos ni miserias humanas circulando por allí. Son los fines del 81, y a los 21 años cualquier cosa podíamos elaborar con risas, casi un programa de radio-novelas haciamos en esos viajes donde mirabamos el entorno con el ojo indiferente que da la velocidad de un auto.
Pero si, recuerdo las vías, y tenía -y tengo- una extraña sensación cuando uno cruza una barrera en las rutas y ve las vías perderse, fugarse en un punto inalcanzable del horizonte.
Creo que hay algo muy profundo, en eso de cortar las vías viendo las vías achicarse a un punto lejano, previendo la cercanía de una locomotora que, en su inercia ciega, nos corte el tiempo de andar por nosotros mismos, en nuestras propias cuestiones. Tengo hoy sensaciones indefinibles, mientras escucho y veo la caida de las imagenes, esa sensación extraña de haber pérdido muchos trenes en la vida, quieto, aferrado al silencio y la inmovilidad, sin ver destinos posibles, más alla de mis pasos sin ver. De mi temor ciego a tomar un tren equivocado, -irreversible-, tambien esa desición ajena e inexplicable de aferrarme a lo existente, sin poder ver más allá de la estación. Sintiendo, eso si, que al abrir los ojos bien grandes, me habían cerrado el ferrocarril y las vías no llevaban a ningún lado.
En el 97, volví a la estacíon Villa Numancia con mi hijo de tres años de la mano, compartíamos una extraña obseción por el tema de los trenes, y el me acompañaba por estaciones reales o abandonadas, veíamos el enganche de las locomotoras, el decía "ahí, baja el tito que engancha", dibujaba los trenes y esas extrañas conexiones de locomotora a vagones: "tubito, arito con cadena, los topes, falta algo..?". La estación estaba muy deteriorada, el reloj sin agujas, la Virgen de Lujan, el techo de tejas con huellas de pequeños meteoritos. Allí cerca una escuela, con niños que juegan y gritan, más cerca una casa con patos, gansos, gallinas, creo que nunca vimos tantas aves detras de un alambrado.
Y allí mi hijo, hizo toda la fuerza de sus tres años con la palanca del cambio de vía, o de señales?, -te acordas que lo moviste vos papá... ? -me dijo hace unos días cuando le pregunte si recordaba Numancia. Tambien encontramos un clavo de riel contra durmiente, muy oxidado y lo trajimos desfondando casi mi bolsillo del vaquero.
Ya no había trenes, pero uno soñaba los viajes del futuro o del pasado. Mi padre tomando la letorina hacía el puerto de Napoles, partiendo de Italia para nunca volver.
Yo con mi padre en el oscuro vagón de regreso de Quequén cuando el trataba de explicarme como jugaba a "la murra" en Italia, era algo asi como piedra, papel y tijera pero más complicado. Del otro lado apenas recortada por la luz de luna llena que llegaba del campo, una anciana italiana empezo a contar las historias de su padre jugando a la murra. Creo que me quede dormido, escuchando la media lengua de mi padre compartiendo sus recuerdos, agitando las manos en la oscuridad.
Cuando despierto, y creo que he dormido muchos años (aun despierto), muchas ausencias se han abierto ante mis ojos, la muerte de mi padre, la prematura muerte de Ruben en Valencia. El fin de mi matrimonio, y de compartir día a día el despertar de mis hijos, menos tiempo tambien para visitar estaciones abandonadas o tomar trenes reales de la mano cuidando a los chicos de tropezar en el peldaño.
En todo esto pensaba, mientras recordaba esas visitas a la estación Numancia, cuando creo entender por que estoy aquí escribiendo, imaginando, dandole vías de vida al tren del futuro.