sábado, 10 de julio de 2010

RÁFAGAS...

El tío Nicolás que me llama y me cuenta un sueño, me dice que es tan vivaz que le parece que es una iluminación. Que alguna vez se cumplirá en el futuro.
El tío me recuerda que él sigue tratando de caminar con el bastón, los 120 kilos de peso a cuestas y los 84 casi 85 años de edad. Llega hasta la feria, tres cuadras de su casa.
A veces no va a comprar, o compra después de estar un rato en la esquina del sol. Viendo pasar mujeres, diciéndoles cosas, a veces riéndose solo a carcajadas.
Sabes, son feas pero más que feas son malhumoradas.
Casi siempre les digo "que linda que sos" -Y miento, yo se que no son ni remotamente lindas-
Y lo menos que me dicen es "viejo verde".
Me lo han dicho tantas veces que ya me crecen ramitas... -y recuerdo la voz del tío riéndose a carcajadas de su ocurrencia-.
Entonces, pasó lo del sueño, aunque a veces me parece que fue todo real.
Mi amá, me lo había avisado. "No desees demasiado algo, porque se te cumple".
Esa noche me quede largo rato mirando la noche y las estrellas. De golpe una esfera de luz brillante había empezado a crecer, a inundarlo todo con su luz. Sentí que mi cuerpo ya no me pertenecía, que se hacia liviano y se elevaba.
Es la muerte y yo no creo tener la originalidad de Víctor Sueiro para volver, -pensé-.
Días más tarde saque la conclusión de que había sido transportado por un O.V.N.I.
Pero en ese momento no vi nada que se parezca a una nave espacial. Para nada, esa nube intensa de luminosidad fue decayendo lentamente hasta que al fin la luz del día me permitió ver que estaba en una esquina de una ciudad desconocida.

Las mujeres -jóvenes o viejas- eran bellas y educadas.
El cielo límpido y el sol era tibio a pesar del mes de julio.
Cuando yo les decía algo todas agradecían. Con una sonrisa, con unas gracias, algunas me preguntaban si necesitaba algo o si me había perdido:
Yo les respondía: "Nunca me sentí más encontrado a mi mismo que ahora."
O, "Lo único que necesito es un poco de amor".
Allí fue cuando pasó esa mujer. Una joven de unos 60 años. Hermosa como un hada, que me dio un beso en la mejilla y un abrazo. Me dijo que volviera una tarde de estas con tiempo para tomar un te con ella.
Fue maravilloso, ni siquiera me sentí un patético mendigo de cariño como te hacen sentir la gente en Buenos Aires, donde la crueldad se respira en el aire.


Y después que hiciste?

Pensé en la patrona que ya no se levanta de la cama se iba a preocupar, así que pregunte donde quedaba la estación, unos chicos que estaban ahí me ayudaron a subir los escalones. Tome el tren hasta Puente Alsina y camine hasta casa.
¿Y como se llamaba el pueblo?

No se. El nombre se desvaneció en mi cabeza de 84 años, pero puedo decirte que más adelante venía Coraceros, y luego recuerdo otros nombres como María Lucila, Hortensia, La Rica, Isidro Casanova, Aldo Bonzi...

¿Y vos sobrino, no vas a salir esta tarde con alguna mujercita?

Lo debo haber entristecido con la respuesta.
Pero enseguida, casi sin tomar aliento respondió: "Vamos, vamos, tenés 52 años no 85".
"Aprovecha cada día. La gente no sabe vivir. Y que mal se vive en Buenos aires". Concluyó.
Luego de los buenos deseos y saludos cortamos el teléfono.

La vida siguió su curso implacable. Con los acontecimientos imponiendo más desdichas que alegrías.


De esto que intento contarles han pasado muchos años.
Ahora he llegado como pude a la estación del tren. Estoy seguro que alguien me ayudara a subir. Todavía queda gente amable que puede ver más allá de sus anteojeras. Logre averiguar que el pueblo que visitó el tío Nicolás se llama Enrique Lavalle y allá voy, pleno de deseo por vivir una ráfaga de felicidad a mi avanzada edad.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

martes, 11 de mayo de 2010

DERECHO

Sucedió hace un tiempo.

Hacia un calor demencial y había corte de luz.

Yo estaba de visita en el departamento donde viven mis hijos con su madre.

Un vecino abrió entonces la ventana y comenzó a gritar con toda su voz:

-Hijos de putaaaa... el aire acondicionado es un derecho humanooo¡¡¡





Pensé entonces por que derecho abriría la ventana, sacaría medio cuerpo afuera -como aquel vecino del edificio- y gritaría como un loco, hasta que llamarán a la policía o a los bomberos.

Pensé en uno. Sin desmerecer otros, socialmente más trascendentes.



Y dotarlo de sonrisas. Homenajearlo con besos soplados al viento. Y vivirlo como me sea dado vivirlo. Sonrojando mi rostro, traspirando las manos, teniendo palpitaciones. Emocionándome hasta el último poro.



Decidí que si voy a gritar con desesperación será por mi derecho humano a tener "un amor imposible"

viernes, 7 de mayo de 2010

EL INVENTOR

Esto tenía que ser el resultado de la lluvia y de mi trabajo itinerante por zonas del Gran Buenos aires. Sólo la casualidad que me hizo elegir el bar de la esquina, el más viejo y de aspecto ruinoso entre los que había a la vista al momento del chaparrón.
A decir verdad, no fue tan casual, me encantan los bares viejos con esos fantasmas que uno puede ver haciendo siluetas en el humo de esos cigarrillos que se dejan quemar sin la insistencia de una pitada tras otra.
Busqué una mesa con ventana para ver a la gente que pasa bajo la lluvia. Pedí un cortado y un sanguche a un mozo que podría ser el fundador del bar, pero no, ese hombre viejo no podía tener más de 100 años.
La lluvia golpeando con furia el vidrio. Hilitos de agua inundaban el piso, enseguida vi mis zapatillas gastadas chapoteando en agua.
Me levanté entonces resignando la ventana y busqué una mesa del lado de la pared ciega.
Y allí, justo arriba de esa mesa doble, solo equipada de un cenicero de lata con la marca "Cinzano" grabada. Estaba la placa de bronce y las fotos.
En la placa se leía: En esta mesa se sentaba Slawek Klepka. Un hombre de bien. Un inventor.
Tus amigos. Noviembre de 1997.

Y la foto donde el hombre -altísimo por cierto- posaba con sus viejos amigos y un invento cuya utilidad no pude discernir. Más tarde le pregunte al mozo: -Es una moledora de café a cuerda- estuvo unos años, después la hija del inventor la vino a pedir, estaba reuniendo los inventos para hacer un museo en su casa.
Y era el mismo, el mismo hombre que compartió habitación con mi padre cuando lo habían operado de hernia. Y apareció el recuerdo de aquella larga noche. Al inventor lo cuidaba su única hija.
Mi padre estaba saliendo de la anestesia, mi tarea consistía en que no intentara levantarse y se cayera de la cama. Ni siquiera le habían puesto un suero.
Pero la mujer necesitaba contarle a alguien quien era, o más bien quien había sido su padre.
-Se esta muriendo. -Me dijo respondiendo a una mirada mía que la invito a hablar.
Ese hombre gigante que estaba casi sentado en la cama y que por momentos llamaba a su hija y luego entraba en un sopor y luego volvía una y otra vez a hablar en un idioma que yo jamás había oído.
Era una letanía. Parecía - luego su hija lo confirmo- una misma frase dicha una y otra vez.
Esta hablando en Polaco. -Me dijo.
Después sin que yo la pudiera ayudar con alguna pregunta, comenzó a relatarme cosas que había olvidado y que con enorme dificultad pude sacar del abismo. El hombre había sido artillero durante la segunda guerra mundial. Condecorado por su ingenio para reparar armas y cualquier engendro mecánico que estuviera a su alcance. Luego de la guerra el hombre preparo su maleta y se vino a la Argentina.
Entro a trabajar en una fábrica y más adelante en otra. Conoció a su mujer, se caso y de esa unión había nacido ella a quien ahora le tocaba acompañarlo en su despedida.
Hasta la jubilación había sido el mecánico de la fábrica, el que resolvía casi todo. No solo trabajaba de lunes a sábado sino los domingos cuando hacía extras y lo esperaban hasta media tarde para almorzar en familia.
No sólo trabajaba en la fábrica, como mi padre cuando llegaba a su casa seguía trabajando.
El hombre tenía un taller en su casa donde reparaba motos y cuando no tenía trabajo con las motos armaba sus invenciones. Su última creación había sido un triciclo motor con sidecar que le permitía viajar por el barrio superando el menor equilibrio que tenia por su edad. Y que su nieto lo lleve a dar una vuelta o lo acompañe a hacer las compras.

Sus invenciones tenían un eje: el hombre odiaba a las pilas por contaminantes y desconfiaba de la electricidad como fuente de casi todos los equipamientos domésticos, así que él quería que los artefactos funcionaran con un complejo sistema de engranajes y a cuerda -al menos esa es la idea rudimentaria que entendí en su momento-.
En aquella larga noche, en un momento me atrevía a preguntar que quería decir en su lengua madre.
-Esta llamando. Pide que lo vengan a buscar. -Me contestó la mujer.
Recordé que le pedí que anotará en uno de los cuadernos que viajan conmigo la frase escrita en polaco.


Cuando volví a casa después de concluir mi trabajo de esa jornada, revolví estantes hasta que encontré el cuaderno con su fecha escrita en la tapa: septiembre/octubre del 97. Y ahí estaba, casi imposible de reproducir con la tipografía disponible en el teclado: "WRÓZKA SZCZESCIA" pero la Z de WRÓZKA tenía un puntito como el que lleva la "i"; y en SZCZESCIA la "E" tiene una colita que serpentea hacia el renglón de abajo, y sobre la última "S" hay un acento que la máquina no me acepta.
Más abajo dice con mi letra "en polaco no hay artículos".
No mucho más quedo de aquella noche.

Quizá no fue tan casual que las cosas ocurrieran del modo que se dieron para que el recuerdo se reactivara justo en esa semana en que mi padre hubiera cumplido 87 años.
Cuando ese titán de Don Slawek Klepka se despedía, mi padre tenía por delante casi 4 años que fueron difíciles. Mi viejo murió con la esperanza de caminar, quizá todavía soñaba con volver a ver Paterno Di Lucania su pueblo de Italia.

Una y otra vez puedo escuchar ahora a ese hombre diciendo su letanía entre gemidos.

Recuerdo cuando la luz del amanecer se filtraba por las persianas, y con la voz cortada en angustia la mujer se animo a traducir a su padre para que lo supiera, e inesperadamente alguna vez lo pudiera escribir:

-Quiere que lo vengan a buscar. No la muerte, sino La "WRÓZKA SZCZESCIA".

"El Hada de la Felicidad"

sábado, 6 de marzo de 2010

EL INVISIBLE..

Cuando Silvia, la mamá de Matías, dijo en la puerta de la escuela:

-Mi hijo puede ver seres invisibles.

Escuche asombrado. Quede en silencio.

Pasaron días. Seguimos esperando cada cual a sus hijos.

Volví a preguntar. Ella me invito a que lo comprobara con mis propios ojos. Así que los seguí con mi hija de la mano rumbo a la estación de tren.

Antes de cruzar la calle que separa del acceso a la estación hay muro alto blanqueado, luego una carnicería situada por debajo de la escalera que eleva los pasos para poder cruzar sobre las vías y acceder a los andenes. Por allí muchas personas desconocidas se entrecruzan a toda hora.



Matías, señalo al hombre sentado sobre un cajón de madera.

Era evidentemente visible. Podía verlo, aunque siendo este mi camino habitual de retorno a casa nunca antes lo había visto. Observe a la gente que pasaba apurada, que como en un hormiguero entra o sale de la estación. Era invisible. O la muchedumbre fingía no verlo.

Estuvimos un rato haciendo comentarios. Los chicos con una paciencia inusual.

Al final cruzamos.

El hombre parecía un ejecutivo u oficinista caído en desgracia de los que hay durmiendo en las plazas de Barrio Norte o Recoleta. Unos ojos muy claros en un rostro que podría ser galés, escosés, irlandés, quizá celta. Portaba una mirada perdida en lejanías, como buscando un horizonte inexistente.

Sólo le habló a Matías.

El niño y ese hombre casi anciano parecían conocerse desde siempre y no por saludos de minutos a la salida de la escuela.

-Viste que hermoso es Eduardo. -Dijo Matías a su madre.

Sólo la mirada de un niño de 8 años podía transformar a ese hombre arruinado, sucio y seguramente maloliente en alguien hermoso.





En el invierno, Matías le llevo un gorro rojo de lana tejida.

Un día, cuando pasaba por la estación pude verlo por una vez del otro lado del muro. El hombre estaba al costado de la vía de maniobras y saludaba inclinando el cuerpo, quitándose la gorra con una reverencia de caballero antiguo al paso majestuoso de una locomotora. El maquinista le respondió con un toque de sirena de cortesía.

Cada tanto me llegaron noticias. Un día me contaron que llevaba el apellido Casey.

El hombre les había contado que un antepasado suyo pasó de amasar una fortuna con buenos negocios a la miseria. Toda su familia había quedado marcada por ese destino. El mismo lo había perdido todo en la crisis del 2001. Desde entonces eran él y su sombra sobre el muro blanco.



Cómo suele ocurrir a cada paso que se da en la vida, esta historia quedo inconclusa.

Creo que fue en noviembre. Llegaron unos vendedores de películas piratas, pusieron su puesto allí donde se sentaba el viejo Eduardo Casey, y de un día para otro lo echaron del único lugar que él había elegido para compartir con su sombra a la intemperie.



Matías preguntó, lo busco por estación y aledaños. Volvió a ser invisible.

Después finalizó el año escolar, a Matías lo cambiaron de escuela. Cerca de su casa, sin tanto viaje ni estación de tren. Creo que mantendrá por donde vaya su sorprendente sensibilidad para descubrir seres invisibles.