viernes, 7 de julio de 2017

ESA GRAN PATADA AL FUTURO...




El tío abuelo de Kalman bajó de "El pampeano" en Polvaredas a las 0.35 del viernes 26 de septiembre de 1947. Al día siguiente era su cumpleaños número 58.
Unos minutos antes el tren había salido de la estación Atucha. El tío no podía conciliar el sueño. Miraba por la ventanilla ese cielo tremendo tan diáfanamente estrellado. Tan derramado en estrellas sobre un campo que se parecía al infinito.
El tío tenía como objetivo ver loteos pasando la estación 9 de julio. Había sacado pasaje hasta Mirapampa pero pensaba bajarse donde viera anuncios de lotes en venta. Como en un parpadeo se borró la continuidad del paisaje de cielo a campo que venía admirando. Cuando abrió la ventanilla recibió en el rostro el golpe de una densa nube de polvo.

Era polvo con brillos -como de luciérnagas- que se encendían y apagaban velozmente. Quizás era polvo de estrellas que impactaban en una velocidad incalculable en relación a la marcha del tren.
El tío se atemorizó. Cerró la ventanilla. Pensó que quedaría ciego pero tras unos instantes su vista se volvió normal. Afuera la nube oscura con brillos siguió unos instantes más, y  de nuevo la noche estrellada, ni rastros de esa polvareda. Fuese lo que fuese lo que había rodeado al tren había desaparecido.

Miró al interior del vagón, los pasajeros dormían o no habían notado nada anormal en ese transcurrir del tren.

Algo que no supo explicar bien le dijo que tenía que salir de ese tren lo antes posible. En la primera estación en que se detuvo el tren tomó su pequeña valija y bajó. Casi al pie de los peldaños vio dos hombres que se aprestaban a subir. "No suban. Este tren esta maldito" les dijo con ojos seguramente desorbitados por el miedo.
No sabe si les hablo en un español que no manejaba bien o en su lengua madre polaca.
La cuestión es que los tipos lo miraron como si fuese un borracho trasnochado y subieron por los mismos peldaños que el tío había pisado segundos antes para sentir la solidez del andén.

El asombro del tío siguió cuando al verse en el espejo de la sala de espera vio su cabellera tiznada de polvillo. Se sacudió pero al quitar la polvareda descubrió sus pelos poblados por canas que no tenía al subir en La Plata.


Lo asombroso -según Kalman- es la flexibilidad demencial con la cual su tío abuelo se adapto a una situación totalmente impensable.
Se quedo un tiempo en Polvaredas, busco trabajo en un campo cercano. Decidió no decir ni palabra de lo ocurrido en ese tren.
Más o menos dos años después de bajar en Polvaredas el tío reencontró a su hermana menor con marido e hijos recién instalados en la Argentina. Hartos de guerras y miserias humanas arribaron a Ensenada, última referencia que tenían por una antigua carta donde el tío les dejaba un domicilio. No esperaban encontrarlo con vida. A ese tío abuelo además de llegarle familia le llovieron lágrimas, abrazos y reproches.
Las lágrimas se secaron con el paso de los meses, los abrazos se aflojaron por costumbre, pero los reproches de su hermana siguieron y hasta se hicieron encarnizados. El tío escuchaba todo sin enojarse ni justificarse.

-¿Por qué no contestaste las cartas? -Papá y mamá murieron sin tener noticia tuya, pensaron que habías muerto o lo que es peor que no te interesaba saber nada de tu familia.

Un día, quizás cansado de visitar a su hermana en la casita de Ensenada para recibir ese clima tenso de reproche hasta en los silencios. De no poder ni sostenerle la mirada. El tío abuelo de Kalman habló. Llevó una valijita de cuero rígido - la misma con la que había subido al tren aquella noche en la terminal de La Plata y la abrió.
Primero puso sobre la mesa un pasaje de tren: que decía La Plata - Mirapampa fechado claramente el 24 de septiembre de 1917.
Ese día fue un Lunes -se extendió en un detalle al que nadie le dio importancia-
Luego puso un ejemplar del diario La Nación sobre la mesa con la misma fecha.

-¡Que me queres decir, le dijo su hermana con una mirada que pasó de ser severa a echar chispas de indignación... que desde que subiste a ese tren decidiste olvidarnos. No contestar cartas o irte a vivir a otro planeta...!

-Estuve viajando adentro de ese tren 30 años. Seguí con mi vida como pude o mejor aún -aclaró-: agradecido de no seguir allí adentro vaya a saber por cuantos siglos más. No le creyeron. Era como decirles que las hojas alguna vez fueron plumas. Que lo trataran como un mentiroso absurdo generó una pelea familiar que duro un tiempo.

Muchos años después Kalman recibió de manos de su tío las únicas pruebas de no haber faltado a la verdad aquel día con su familia. El pasaje del tren y ese diario donde se leía entre las noticias destacadas que el ministro de defensa Elpidio González solicitaba el estado de excepción para enfrentar la huelga ferroviaria de 1917.

La madre de Kalman, sobrina menor del tío, siempre le creyó. El misterio de los 30 años fue algo que Kalman reconoció como fuente iniciática de dos vocaciones: tanto de investigador científico como de escritor vocacional. Si hubiese sido una verdad comprobable  la experiencia del tío merecía un libro similar al de "Física de lo imposible". Si era una mentira urdida para encubrir su desamor o el desapego a su gente era un portal a literatura pura.
En sus indagaciones Kalman encontró unos pocos elementos a favor de la historia tal como la relataba el tío: No había ningún rastro de su permanencia en esas tres décadas previas a establecerse en Polvaredas, de 1917 a 1947 no había nada de nada. A pesar de estar encanecido era inusualmente joven por tener los años que tenía. Los que lo conocieron en esa época posterior a su viaje en tren no le daban no mucho más de 30 y pico de años.


De tanto ir a visitar a su hermana conoció a una muchacha llamada Haydee y se casó. Se los veía felices, se prodigaban en arrumacos con palabras de amor. Después unos meses surgió algo que el tío se había esmerado por negar: había una secuela o una rareza más atribuible a su viaje en el tren. La mujer le decía cariñosamente "mi bichito de luz".  En confianza le dijo a su cuñada que en la intimidad de la noche, cuando se emocionaba o excitaba el tío se encendía como una luciérnaga.

El tío se instalo con su mujer en Ensenada pero cerca del río pues amaba pescar. Hizo amigos raros como él con los cuales compartía noche de pesca con charla hasta amanecer. Ellos le aceptaban su historia, cada tanto, si el tío se emocionaba con algún recuerdo fuerte se encendía e iluminaba como un foquito hacia la lejana oscuridad del río. Sus amigos le decían señor de la luz o el iluminado según la ocasión.


Ya ostensiblemente viejo, hablaba mucho de su infancia en aquel pueblo de Europa central del cual partió antes de llegar a la edad necesaria para ser convocado al servicio militar. Su padre era carpintero pero quería un futuro militar en la familia. Más aun siendo el hijo mayor. Una vez, caminando con su padre por el bosque mientras iban a elegir un roble para hacerlo madera de mueble. Su padre lo obligo a marchar delante de él como lo hacen los soldados. El tío era apenas un muchacho de 14 años que intentó cumplir pero de mala gana. Esa falta de vocación enfureció a su padre que comenzó a patearle los talones cuando no marchaba correctamente llevando la punta del pie bien alto. Así. A pataditas correctoras tuvo que marchar hasta retornar a las afueras del pueblo donde seguramente por vergüenza su padre suspendió la instrucción de marcha para su futuro militar al servicio del imperio.
Desde aquella tarde detestó para siempre a su padre, a los militares, al imperio austrohúngaro. Ese día empezó a gestarse su idea de irse bien lejos donde no hubiera ni imperio ni guerras ni un padre que esperara tener un buen hijo militar en la familia. Así fue. Dos años antes del comienzo de la primera gran guerra dejó una nota "me voy, ya escribiré cuando este establecido"

Según parece trabajo embarcado apenas un año hasta que llego a un puerto argentino. Se radicó.


***


Kalman siguió pensando en lo sucedido con su tío abuelo hasta que él mismo cumplió sus 58 años. Ese día se dijo que ya era el momento para aceptar lo inexplicable en esta historia de su tío.

Era muy pobre como explicación decir que había sucedido una anomalía en el espacio-tiempo. Que su tío abuelo había sido un testigo privilegiado cuya mayor maravilla era haber desplegado una enorme fuerza psíquica para adaptarse, como el mismo decía a "esa gran patada al futuro" que había recibido.

En esos 30 años en el tren evitó enterarse del final de la primera guerra. De la guerra civil española. De la segunda gran guerra. De tremendas e increíbles matanzas. El siglo XX se desplegaba en horrores. Su pueblo natal fue devastado. Hijos y nietos de sus vecinos fueron enviados a campos de exterminio por los nazis.

De última, cuanta gente que vivió realmente día por día todos esos años que el tío abuelo pasó por alto adentro de un tren dirán si les preguntan que todo paso muy rápido. Que  30 años de vida fueron parpadeos.  Unos pocos suspiros. Kalman mismo sintió eso al cumplir sus 58 años cuando decidió abandonar las investigaciones teóricas que había intentado construir obstinada e inútilmente por años. Hasta una vez -ridículamente- llevó un diente de su tío a un científico colega para hacer una prueba con isótopos de estroncio y así rastrear las geografías por donde transcurrió la vida del tío en esas décadas adentro del limbo.

Lo que Kalman pudo comprender daría sus frutos de ahí en más en su escritura. Ejercitar ficción contra lo real que va muy adelante sorprendiendo con su implacable soberanía del acontecimiento.

Le quedó una imagen grabada por otras tantas que irán al olvido.  Era fin de año. Cuando todos estuvieron de acuerdo con el reloj en que indudablemente comenzaba un año nuevo.
El tío -que ya era un ancianito sin dientes- levantó la copa de sidra  y mientras la chocaba en el aire con otras copas pidió con su voz por encima de otras voces
“paz y felicidad para el mundo”.



*De Eduardo Francisco Coiro.
https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/