viernes, 21 de noviembre de 2014

Siofn





El hombre lee su informe otra vez:
"He observado que hacemos el amor en la esperable indiferencia con la que un empleado administrativo lee, firma y sella un expediente. Para el cual lo verdaderamente importante es el control. Que el expediente este en el estante correcto, disponible para cuando sea necesario otra firma, otro sello, pasarlo a otro estante, a otro abandono. (....)"
"Después de haber pasado varias veces por el planeta Siofn los seres tienen una vida sin pasión. Los supera saber que su nuevo cuerpo tiene fecha de vencimiento; ya no sienten estar en una vida verdadera con peligros y desafíos, incertidumbres, frustraciones.... se limitan a administrar su tiempo en redes psicofísicas a las que confirman su pertenencia con gestos tan automáticos, tan naturalizados en su inconsciencia (...)"
Por eso el hombre ruega que lo transfieran a un planeta de "sangre caliente" donde la vida merezca ser vivida. Donde pueda sentir de nuevo -como aquella remota vez- que cada instante es un principio y un final.


jueves, 11 de septiembre de 2014

MI PADRE SILBANDO EN LA NOCHE


Ahí va mi padre silbando en la noche. Es primavera. No alcanza con el canto cíclico de los zorzales. Mi padre se acompaña silbando. Es una melodía que alguna vez le escuche cantar en italiano, habla del amor perdido de una napolitana. Para mi cada vez que lo escuchaba silbar aquella melodía era como si hablara en él toda la tristeza que tenía adentro.
Mi padre un hombre de silencio. De pocas palabras, las justas y necesarias.
Ahora que volvió la primavera y los zorzales cantan ó silban su insomnio. Mi padre vuelve a caminar a la madrugada hasta la avenida bajo las estrellas o la tempestad para ir trabajar a la fábrica. Esta sólo y se acompaña silbando su amor a una napolitana.

jueves, 7 de agosto de 2014

MARISCAL DEL AIRE



Hubo un tiempo en que el tío era "el mariscal del aire".
El apodo se lo puso mi amigo Rubén cuando lo vio llegar con antiparras pintorescas subido a aquella máquina infernal cuyo sonido era reconocible bien a lo lejos. El tío no llegaba en avioneta pero con su moto ruidosa y las antiparras lo veíamos arriba del Fokker. 

Venía riéndose sobre su moto desde antes de estacionar en la vereda. Si mi madre lo veía salía amagando protestar para que no estacionara su maldita máquina sobre las baldosas y dejara manchas de aceite. 
En aquellos años no recuerdo al tío hablando algo "en serio", decía sus chistes y se reía a carcajadas sin esperar el festejo de su improvisado auditorio.
Era cobrador. Cuando golpeaba en una casa –y ya lo conocían en sus modos de llamar- decía: "el cuco". , "el hombre de la bolsa" "el pata de lana" etc, Fuimos un pueblo más alegre que hoy en día porque al tío le aceptaban de muy buena gana sus mañas.
35 años después mi madre se sigue fastidiando con su hermano, sobre todo con sus chistes verdes que se volvieron sólidos e invariables como un monumento que atestigua un lejano pasado.
El mariscal del aire, hablaba de su pajarito siempre atento para cantar, volar y entrar a jugar en los mejores nidos.
No me olvido que un día su chiste quedo al alcance del oído su primer mujer que le dijo delante de los presentes "me parece que ese pajarito hace mucho que no vuela" La mueca de enojo del tío quedo como una foto clavada en mi memoria.

Hasta hoy el tío sigue con variantes del chiste del pajarito.
"tengo dos pajaritos, uno canta y el otro esta triste"

Nunca supo que en aquella época -cuando Ulises Dumont todavía no piloteaba su avioneta en "No habrá más penas ni olvido"- el tío era para nosotros un verdadero mariscal del aire.


domingo, 27 de julio de 2014

SAN SEBASTIÁN

 
 
 
Esta arriba del tren pero sabe que no va a ninguna parte, vagamente trata de calmar la soledad con el método que utilizaba su tío después de enviudar a los 85 años. Los domingos, se iba hasta la estación de tren y viajaba hasta el final del recorrido. Bajaba, buscaba una parrilla, pedía un sanguche de bondiola, un vaso de tinto. Pasaba un rato en el andén de la estación apoyado en su bastón. Probaba su buena vista ayudada con lentes para ver pasar mujeres, decirles piropos y -después de lograr un "gracias" o una sonrisa bien dada- subirse al próximo tren para volver a su casa antes del anochecer. "contra la soledad del domingo no hay como el viaje en tren" -recuerda con la voz presente de su tío.
 
Se levanta y se dirige al vagón comedor buscando una excusa para estirar las piernas, adelante va una mujer muy agraciada. Al entrar al vagón comedor casi se tropieza con un hombre que caminaba en sentido contrario sin verla.
El hombre observa que de las disculpas ellos pasan casi enseguida a un abrazo. "sos vos" se dicen, "pasaron 26 años".
Como único testigo Lamenta no tener mejor oído ni leer los labios.
Los reencontrados buscan una mesa , se sientan. El hombre que viaja sin destino los sigue quizá por curiosidad, quizá por darle un acontecimiento rescatable a su vida en este domingo. Encuentra una mesa, puede verlos pero no escuchar. Debe seguir lo que ocurra desde sus gestos.
 
Los bautiza para poder imaginarlos mejor: él se llama Esteban y ella tiene cara de Lucia.
 
Esteban tiene entre 55 y 60 años. Vive solo o con padres ancianos.
Lucía aparenta una década menos que él. No esta sola de hombre aunque la soledad es la sombra de sus pasos.
 
Se ríen mucho. De pronto Esteban ha recuperado la postura de un hombre joven.
Con su dedo índice recorre sus labios.
"llevo tu beso perenne en mis labios" quisiera decirle.
Ella le toma delicadamente la mano, la acerca a su boca y le besa ese dedo que transporta un hechizo compartido hace muchos años.
No, no fueron amantes. Despliegan un cariño que solo puede dar una bella amistad.
Hace frío, aun en este comedor donde hay vapores de café y tibiezas de cocina. Esperan el pedido tomados de la mano.
Cuando la moza llega a la mesa desprenden sus manos con incomodidad.
 
Después del café con leche aparecen ataduras y dolores en el relato de los rostros.
-26 años es mucho tiempo-.
 
Lucia le recuerda que “El lenguaje es una piel”, saca un libro de su cartera. Le lee largo rato a Esteban.
 
"La vida es un milagro" "Encontrarse vivos y mutuamente sensibles es aún más milagroso"
 
 
Con los celulares se muestran fotos. Se brindan expresiones de ternura.
-Son las fotos de los hijos. Intuye el observador que va ganando confianza en su rol.
 
 
El tren va a detenerse en una estación. Lucia y Esteban se levantan. El hombre sabe que se van de ese tren.
Hermoso día para refundar el mundo con sus propios pasos -deberían decirse.
El hombre se asoma por la ventanilla. Los ve irse tomados de la mano. Llevan una promesa de futuro.
Seguramente no les interesa ni el nombre de la estación, pero en el cartel se lee "San Sebastián".
 
 


domingo, 20 de julio de 2014

NOGXA

 
 
La conversación fue derivando.
 
Kalman actuaba como un informal divulgador científico:
 
"Se esta trabajando para crear una máquina que permita pesar el pasado".
 
(...)
 
A Miguel le surgían preguntas:
 
¿Hablás de pesar la materialidad tangible de los objetos que son puro pasado?
 
 
-Si, pero no sólo de objetos.
 
 
¿Una forma de balanza?
 
 
-Si, de algún modo es una imagen pertinente...
 
Miguel ofreció su casa a probar "ese" aparato que supone dará medidas en kilogramos.
Imagina una experiencia extraña, recorrer ambiente por ambiente e ir pesando todo aquel objeto o mueble cuya utilidad no fuese algo “presente” para el sujeto.
Objetos cuya presencia en una casa solo pueda atribuirse a la nostalgia, a un puro apego desligado del valor de uso.
 
 
Miguel se permite volar con una pregunta más que osada:
 
¿Y como medir la presencia de lo pasado en el cuerpo psíquico de una persona?
 
 
-Con NOGXA.
 
- ¿?
 
-Digamos que permitirá dar materialidad a lo emocional -y por que no- darle un peso tangible.
-El futuro nos brindara maneras de estudiar la carga de los traumas en el cuerpo y, lo más importante... comenzar a aprender sobre la fuerza de la resiliencia en la vida humana.
 

sábado, 28 de junio de 2014

EL ÁNGEL DE LA REPARACIÓN



 
 
Otra vez pensé en el ángel de la reparación.

Quizá sea un mito, sólo un mito necesario. Pero dicen que cada tanto en la vida de cada cual alguien llega a reparar o intentar reparar.

No es el plomero ni el electricista.

El efecto es intangible en la inmediatez. Pero dice la gente humilde -que de creencias vive- que el ángel de la reparación existe y que el día menos pensado aparece tendiendo su mano…

 




viernes, 13 de junio de 2014

EL CIRUELO DEL MUNDIAL...

 
 
Cada mundial vuelvo a recordar la historia del árbol en el fondo de la casa de los padres de Kalman.
Porque el secuestro ocurrió al principio del mundial de la dictadura.
Quizá será por la tapa del libro, que conservo desde aquella época.
La hoja suelta y maltrecha de papel era la tapa de "EL ESTADO Y LA REVOLUCION " de  V.I. LENIN.  PEQUEÑA BIBLIOTECA MARXISTA LENINISTA
En la desesperación el padre polaco de Kalman había enterrado todo lo que encontró en la pieza de sus hijos.
Solo se había salvado la colección de mecánica popular y el diccionario.
La imagen de su rostro recién retornado del chupadero. Su cara, nunca voy a olvidar su cara aunque la imagen este desgastada por las décadas transcurridas.
A los 20 años Kalman había envejecido de golpe: era un muchacho ojeroso con una tristeza madre instalada en la mirada. Me recibió sentado en una habitación deliberadamente sombría, como si sus ojos acostumbrados a semanas en la mazmorra no toleraran la luz.
Me dio la hoja suelta y dijo: -Llevalo de recuerdo, es lo único que quedo de la biblioteca.
De su biblioteca enterrada sólo había leído "Para leer al Pato Donald"
Después se largo con el relato del secuestro y lo que soportó en ese campo clandestino.
A menudo pienso en él, más aun cuando se acerca un mundial.
Cuando volvió a su casa, fueron con los viejos a un vivero y compraron un ciruelo bastante crecido.
Fue una ceremonia familiar plantar el ciruelo sobre el bulto de los libros enterrados en la quinta.
La dictadura pasó, años después volvieron a discutir si tenían que desenterrar los libros, el árbol había crecido y ya daba sombra.
 
Fue Kalman el que decidió: -dejémoslo tal cual, parece que las raíces están bien alimentadas.


jueves, 12 de junio de 2014

LA OBRA DE JEROME RICARDO KLEPKA

De pronto me había inventado un oficio (es probable que mi ocurrencia fuese algo común). Pero preferí imaginarme fundando una praxis, la antropología de las subjetividades ó dicho de modo sencillo de una persona y su obra. La vida me permitió acceder al fantástico mundo del arquitecto Jerome Ricardo Klepka.
Antes de partir a Corbett, su gran obra, había recibido de su amiga Irene  una caja con planos, dibujos de esculturas y cuadernos donde Jerome anotaba frases o explicaba el significado de sus obras.
Mientras viajaba en el tren me daba cuenta que el arquitecto Klepka tenia lúdica creatividad: se permitió colocar 109 de sus esculturas "Como los 109 trofeos que debía cazar un Maharajá". En su cuaderno explicaba: “esta es una cacería de recuerdos propios a los que debo darles una materialidad”.
El hotel se llama "Edward James Corbett Resort" y queda a metros de la estación de tren. Es un hotel de tres estrellas con baño privado y cuesta 1300 Rupias por noche. Pedí una habitación sin saber cuanto tiempo necesitaría para recorrer el parque natural y las obras de arte que Jerome había dejado allí plantadas para que sean vistas e interpretadas por los visitantes.
Ni bien entré pude escuchar del conserje una historia que habla de la personalidad del arquitecto. Durante la obra del reciclado del hotel, el hombre había tenido una fuerte discusión con el contratista que colocaba el parquet. La discusión había llegado al punto de la furia y los hombres iban a arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el parquetista lo insulto en ruso y Klepka le contesto con otro insulto similar también en idioma ruso. -Irene me había contado que Jerome había aprendido ruso porque su padre lo hablaba como segundo idioma; ya en su adolescencia había decidido estudiarlo bien para leer a Gorki en su idioma madre.-
La cosa es que el conocimiento común de un idioma y de cultura eslava los amigó. El contratista y el arquitecto comenzaron a cantar juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento, Jerome fue hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con los obreros presentes en la obra.
-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet de pinotea ha quedado impecable. -Remató el conserje.
Me di cuenta durante un buen rato antes de lograr dormir en una cama desconocida que la idea de escribir sobre un hombre y su obra no es tarea sencilla -al menos con Klepka- . Una segunda idea que había tenido durante el viaje en tren estaba en cuestión, ¿Podría escribir algo más que una crónica sobre lo visto en Corbett? No quería -como muchas otras veces- plantearme objetivos demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi escritura. Sin respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente aclarara con su luz las cosas.
Desayune mirando al verde del parque un cielo amplio y celeste hasta el horizonte. El día se mostraba como una promesa esplendida. Como muchas otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi siempre mi trabajo me llevaba a llegar y permanecer solo en diferentes hoteles, la soledad me convertía en un observador o en un cazador de imágenes más precisamente. Me llamó la atención la remera que usaba un hombre con la pelada artificial en su cabeza. Tenía menos de cuarenta años, y el aspecto de un cuerpo trabajado en horas y horas de gimnasio. Parecía estar en una gira de negocios desayunado con socios. La remera decía en español y letra enorme: "Y si la mujer del prójimo me desea a mí".
No quise distraerme más. Llevaba en mi bolso un par de cuadernos donde Jerome Klepka describía el origen de las obras que iba a ver ni bien me animara a salir al afuera del hotel.
En el pequeño parque lindero al que miran los ventanales del comedor esta el monumento a Edward J. Corbett. Es una escultura de hierro negro donde luchan dos teriantropos: uno tiene un cuerpo humano con cabeza de Tigre, lleva el sombrero clásico de los cazadores. El cazador lucha con una enorme víbora que se enrosca por su cuerpo desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una cabeza humana que muestra colmillos y una lengua de reptil.
La estatua tiene título: "Metamorfosis". En su enorme base de cemento se lee la inscripción de autoría: JEROME RICARDO KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.
En el cuaderno dice -textual- : "Metamorfosis". Fue con la infección del colmillo izquierdo. Tenía la mitad del rostro con aspecto felino. Sentía que la fiebre era una enorme serpiente que se enroscaba. Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera en su rostro el aspecto de la serpiente a la que llamamos, afiebrados de autoengaño, "ser humano".
Alejándose de la estación y el hotel hacia el norte esta la entrada al Parque Natural, situado en las tierras de la antigua estancia de los Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte de Klepka. La entrada al parque cuesta 250 rupias, el equivalente aproximado a 5 Euros.
La primera obra que pude observar se titula: "El rollo del tiempo".
Escribe: "Después de la salud, el tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de mi padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa. Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del tiempo"
Me gusto mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut. "Insectos atrapados en ámbar" Son piedras traslucidas apiladas como un muro, adentro se observan cuerpos de insectos con cabeza humana. Arriba del muro desfila un soldado con un uniforme alemán de la segunda guerra.
Jerome anotó: están mi padre y mi tío en la guerra, nunca saldrán del todo. En el oído les quedara el zumbido de los proyectiles que reventaban el tímpano. Por un instante puedo volver a ver los ojos vivaces de mi padre cuando recordaba la noche iluminada por los proyectiles en la batalla de Montecassino.
 
Cuando retorné del parque estaba bastante cansado, era de noche, había comido algo en un pequeño restaurante ubicado en la antigua residencia. Volví a la habitación, me bañe con una ducha que no logre regular bien, con el agua casi fría afloje el cansancio y me dispuse a dormir. La cercanía al campo convertía al hotel en un espacio de resonancia de lo lejano y lo inmediato a la vez. En la habitación contigua una pareja había comenzado a hacer el amor. Se escuchaba como la mujer jadeaba. Dije: este Jerome, ha sido un gran artista, pero como puede ser que haya construido estas paredes con paneles de yeso que no aíslan nada.
Desde el campo empezó a ganar espacio el sonido de un tren acercándose. Es el tren que va a Moradabad y retornara mañana para llevarme a Old Delhi si decido partir sin extender mi estadía. Por momentos el sonido del tren se mezclaba con los jadeos de la pareja de la habitación lindera. Cuando llegó a la estación se escucharon los sonidos del vapor liberado por la locomotora. Ese soplo inconfundible de las vaporeras. ¿Será una North British o una Vulcan Iron Works? Minutos después tren partió, su sonido se alejaba mientras el de la pareja que hacía el amor sin agotarse se mantenía constante.
En cualquier lugar, una locomotora atraviesa la noche. Otra mujer, se enciende, hecha vapor, jadea. Hay viajes que crean la vida y otros que la llevan de un sitio a otro.
Antes de entrar en el sueño arrullado por los sonidos del amor. Se impone la necesidad de que alguna enseñanza sea útil para mi vida. Pensé en lo apropiado que era el título de una de las obras de Jerome Ricardo Klepka que figuran en el catálogo: "Lo erótico es la vida".
 


miércoles, 11 de junio de 2014

DEL LEGADO DE ESE SUEÑO...

Somos una forma de vida obstinándose en persistir como aquellos virus de antaño que escapaban a todas las formas posibles de la extinción.

 

Tengo la memoria del nogal que me albergó años y años desde la semilla que mi madre alada enterró en este bosque que no es un bosque como ustedes entienden, sino una zona protegida de creación de nuevas formas de vida. Soy y seré golondrina, después de desprenderme de la corteza de ese ser que será un recuerdo de madera y leña al tiempo de mi partida. Vivo en los aires. En la mitad del ciclo anual haremos nido en algún refugio de la ciudad de Bonita. Volveré a comienzos de la primavera del sur con mi pareja.

Gestaremos huevos semillas de la especie. Confiaremos en la fuerza de la vida. Aún en aquella surgida por medios artificiales. Como una última y desesperada utopía. No hay en el esbozo de nuestra historia nada que pueda parecérseles a una verdad reconocida de vuestra época.

 

Sólo cuento con el testimonio intangible de mi propia existencia y el recuerdo de un lejano origen literario. Cuando una abuela de más de 80 años leyó la frase que nos gestó: "Dicen que a los hijos hay que darles raíces y alas. Raíces para que sepan de donde vienen y alas para que las desplieguen y vuelen a su propia vida en el momento justo"

 

Del legado de ese sueño existimos.

lunes, 9 de junio de 2014

ECOS

Se desnudan. Ella apoya su espalda contra el respaldo de la cama. Abre sus piernas.

Deja sus piernas dobladas, las rodillas quedan como una cima curva y perfecta. Un haz de luz que se filtra por los postigos entornados les da un aspecto irreal. Son la superficie de un planeta mágico.

Ella Desnuda. Con sus piernas abiertas y el sexo expuesto, recibe al hombre.

El hombre apoya su espalda en los pezones que chispean a la altura de los pulmones.

Ella lo contiene en sillón de mullida ternura humana. Abre un libro, recorre en silencio las páginas.

Cada vuelta de hoja genera una brisa o un huracán en la piel.

Él se concentra en la respiración. Los pulmones son una caja perfecta de resonancia. Siente al latido del corazón de ella como doble latido del propio corazón.


Ella comienza a leer.

Su voz se eleva en catedrales.

En su voz que eleva en catedrales hay un eco de otra voz dormida.

El hombre cierra los ojos. No esta del todo allí.

Hay una niña que canta en latín. Cuando su voz vuela, se despega del coro y los fieles se giran, dejan de ver hacia el pulpito y buscan el origen a ese desgarro del aire que llega a los oídos.

Afuera, probablemente esta nevando, el reloj de la iglesia esta congelado como en una postal sepia a las 10 y 5 minutos de una mañana de domingo. Los tejados rojos cubiertos en algodones de nieve. El río D'Orba hace espuma al chocar contra los pilotes del puente de hierro y madera, y más allá el horizonte se eleva como en una visión de piernas que culminan en cimas nevadas de luz matinal.


El hombre, que se elevo lejos lejos para recuperar el canto de su abuela, ahora vuelve para sentir un cielopiel al presente de sus manos.

 

 

miércoles, 28 de mayo de 2014

REPARAR AL MUNDO

En los últimos años ha visto cine viajando. Pedazos, en realidad de películas, imágenes sueltas.

Ese hombre sabe que es un hombre sacudido y estallado en pedazos. Un hombre que va y viene, y que ese día esta apenas anestesiado por el dolor.

Sale de pensar con la vista puesta en el paisaje lábil que le brinda la ventanilla y ve a Richard Gere en el personaje de un profesor de religión escribiendo en un pizarrón "Tikkun Olam", que quiere decir "reparar al mundo".

Cuando el hombre consigue rescatar su anotador del bolso la película ha avanzado, como el tren, y como todas las cosas entregadas a su propia velocidad, ha avanzado. Sólo logra anotar dos frases aisladas más, bastante poco para una película de más de hora y media:

"Amar las cosas de nuevo".

"Reunir fragmentos".

¿Cómo se logra eso? -se pregunta.

¿Cómo se hace para reunir esos pedazos en los que su vida trascurre estallada?

¿Como se hace para amar las cosas de nuevo?

¿Para querer y quererse a pesar de las tareas imposibles en las que se ve una y otra vez inmerso a lo largo de su vida?

Siente que esta demasiado acostumbrado a la tristeza como sombra de sus pasos.

Afuera, un ave de nube flota al celeste intenso del mediodía.

 

jueves, 22 de mayo de 2014

LA RICA


 

 

A Antonio Dal Masetto.

 

 

El hombre lee en su asiento una carta escrita sobre papel verde. Se inclina un poco tratando que el sol que ingresa por la ventanilla ilumine de lleno en esas letras de birome azul. Tiene sus ojos cansados y la presbicia lo obliga a distanciar bastante la carta, a punto de temer con incomodar con la extensión de su brazo a la señora sentada enfrente en la que puede ver una mirada curiosa detrás de esos anteojos redondos con bastante aumento.

En realidad, no le importa que esa señora de mediana edad y pelo rubio enmarañado se interese por su carta. Ella solo podría haber leído la fecha y el lugar que están en letra visible e imprenta, arriba a la derecha de la primera hoja. Luego viene la letra manuscrita, pequeña y encriptada de Gabriela que se hace imposible de descifrar si la persona no esta familiarizada con ella.

Y además, que importancia tiene que esa señora sepa de su felicidad, de su ir y venir con el amor y la distancia.

Ella iba y venía, en su trabajo por los aires, en sus ensueños o en amores fugaces de cada aeropuerto que no lograban desplazarlo a él. Su hombre. Él, que iba y venia todos los fines de semana para compartir su lecho, sus labios. Para caminar con ella de la manito o en el abrazo de hombro de ella a cadera de él que tanto les gustaba, como a los eternos amantes, novios o compañeros de vida, aunque nunca supieron definirse, no les interesaba otra cosa más que llevarse de la mano o del abrazo por la vida que era una sucesión de instantes o una eternidad bajo una misma luz, pisándose a veces con mutua torpeza los pies en aquellas estrechas veredas del centro antiguo de la ciudad, para luego retornar al departamento de ella y fundirse en un solo cuerpo a luz de luna o estrellas, a sol que entibia la piel o a cielos de acero sin grietas. Aun parece sentir el ruido de la lluvia cayendo a gotones de sonido persistente por los techos, mientras adentro los cuerpos se encendían bajo cobijas del frío invierno.

Sentados en la cama, los domingos a la tarde él le leía cuentos de Dal Masetto y ella a él a Borges o Cortázar. Una vez, le leyó "Romance" y él sabía, que era apenas un pretexto para llegar a la frase final que tanto lo oprimía como presagio, como una anticipación acechante a la vuelta de la esquina, o en cada ir y venir a la estación de trenes, para llegar o partir de los brazos de ella, su amor, su compañera.

Recuerda haberle leído esa frase final del cuento de Antonio Dal Masetto que ahora ronda en su cabeza: “el destino es insondable y no existe felicidad que no este amenazada”.

Él sentía cada encuentro y cada despedida como si fueran una misma imagen superpuesta de ese intento imperfecto de volver una y otra vez al placer, o al contacto de la piel, la fusión de los cuerpos, el orgasmo de cada cual a su tiempo y modo, la sonrisa del después y el dormir abrazados para entrar en la noche del sueño bien juntitos.

Su piel lo enloquecía. Su blanca piel casi transparente en la que podía ver rutas celestes que no parecían venas sino mapas de cielo como los que ella surcaba primero en Aerolíneas Argentinas y más tarde en Lufthansa.

Vuelve a doblar en dos las tres o cuatro hojas de la carta sin dejar de echar una última mirada con los ojos húmedos sobre el encabezado, que seguramente la señora que esta allí enfrente ya ha leído, aun fingiendo desinterés y con la mirada perdida en algún punto de la estación que de una vez están por dejar cuando la fuerza de la máquina logre romper la inercia y el viaje se desate sin atenuantes.

No importa que esa señora sentada enfrente haya leído la fecha: Hamburgo, 15 de abril de 1992.

Y más abajo el Querido Javier: y luego el texto que conoce de memoria y ha leído una y otra vez durante estos años a bordo del tren.

“A los tristes no los quiere nadie” se dice a modo de explicación.

Entonces el tren arranca y el hombre rompe la carta en cuatro con expresión de angustia marcada en el rostro, aunque ya maldice su impulso, su inútil esfuerzo por doblegar ese pequeño hilo de ilusión que lo mantiene ahí, no queriendo preguntarse sin respuesta, y entonces guarda esos grandes pedazos en el bolsillo derecho de su campera, quizá ya mismo piensa en pegarlos con cinta transparente al llegar a su casa.

Intenta disimular su rostro desencajado. Se levanta y se va al otro vagón, no quiere testigos, que nadie sospeche ni se pregunte por que él sigue yendo y viniendo en ese tren. Como si el tiempo no hubiera pasado.

 

martes, 28 de enero de 2014

EL REYNOSO

 
 
 
 
 
Es un pesado tren el de la memoria. Así lo siente el hombre mientras viaja acunado por el vaivén del tren de trocha angosta.
El arquitecto es hoy un hombre viejo. Ha dirigido muchas obras, ha visto desfilar delante de su mirada a verdaderos personajes entre los albañiles y gremios que trabajaban en sus obras.
Mira el recorrido de la línea y se detiene en la Estación Reynoso.
 
“El Reynoso”. Reynoso era el apellido del peón que se convirtió en una leyenda  que circuló por años en las obras. Cada tanto cuando le tocaba compartir un almuerzo con los obreros, alguien contaba la historia, modificada con el énfasis y el suspenso que le imprimen los Cuentacuentos a sus narraciones.
Los albañiles son excelentes narradores de historias propias y ajenas.
Al mediodía se contaban historias, mientras se cortaba la carne y se servia el vino tinto.
En el edificio de la avenida Rivadavia se destacaba Yapura el azulejista, que relataba sus hazañas sexuales de juventud, curiosamente eran amoríos con mujeres de los patrones que había tenido en Salta. Tenía una gracia especial. Con su mirada de picardía con recorría a los presentes mientras avanzaba con su historia que invariablemente concluía cuando en su tonada (y casi cantando) decía: “ Hecha la cojaaaa…”. 
 
Las épocas han cambiado, ahora casi no existe el ritual del asado en las obras.
“Fuimos un pueblo alegre” –se dice sin poder profundizar en explicaciones.
 
Pero el arquitecto no quiere perder el hilo de la leyenda del Reynoso.
Más aún sabiendo que el fue testigo de lo que ocurrió:
 
La obra era una casa de campo que quedaba en el medio del campo y no era una metáfora. El campito quedaba a un par de kilómetros de la ruta y a unos 300 metros del apeadero del ferrocarril, se llegaba por una huella que  se hacía intransitable con una lluvia copiosa. Unas pocas casas perdidas. Un solo vecino con el que se compartía alambrado y una línea de eucaliptos altos a los fondos.
 
Para comprar cigarrillos o comida había que ir hasta la ruta. Un solo corralón de materiales para las urgencias “El cóndor” atendido por dos hermanos con un apellido inolvidable: los “Cucurulo”.
Costo encontrar un equipo de albañiles que estuvieran dispuestos a viajar horas en tren para llegar hasta el fin del mundo.
Los albañiles trajeron al Reynoso, un correntino fuerte que además de peonar en la jornada laboral acepto quedarse como sereno en el medio de la nada.
Armamos un obrador con chapas bastante grande, una parte se dividió para que sea el dormitorio del Reynoso. Además del catre, ropa y unas pocas cosas el hombre había traído un pequeño altar caserito del gauchito Gil.
 
El Reynoso hacía las compras para el asado y llevaba los pedidos de materiales al corralón donde teníamos cuenta corriente. En esa época no existían los teléfonos celulares. Un día aviso que le regalaron una mascota.
-Es un gatito, le puse “Tigui” dijo. Del gato de Reynoso nos olvidamos enseguida,  al hombre se lo vio comprar botellas de leche, juntar los huesos del asado o comprar hueso con carne para el animalito. El gato se quedaba dentro de un sector bien alambrado pero agreste que ni siquiera fue desmalezado. La única entrada era la puerta del fondo del obrador – casa del sereno. Era el equivalente a una manzana urbana y el proyecto contemplaba en una segunda parte construir allí una amplia pileta de natación, un quincho y parquizar.
 
 
En esa mañana de enero había un calor demencial. Era una visita de rutina a una obra que ya estaba en etapa de terminación, estaban los pintores, los albañiles y el Reynoso que recién había vuelto de comprar las provisiones para el mediodía en los comercios de la ruta.
Fue todo muy rápido, como suele ser con los hechos que marcan la memoria para siempre. Escuchamos tiros. Algunos nos silbaron por encima de nuestras cabezas. Uno de los pintores se tiro de la escalera al piso. Se escucho un lamento de animal grande, un ronquido doloroso que venia desde el pastizal. Luego escuchamos el grito que pretendía emular al del Tarzán de  Johnny Weissmüller. Ahí ubicamos al tipo trepado al eucalipto blandiendo una carabina con gesto triunfal. No habíamos salido de la sorpresa cuando vimos al Reynoso trepar como un gato al árbol. Sujetó al tipo, lo bajo a los golpes. El tipo ya no gritaba como Tarzán sino que pedía auxilio, perdón, piedad…
 Los albañiles salieron disparados, cruzaron el alambrado, lograron sacarle al Reynoso el cuchillo antes que lo sacara del cinto, creo que lo iba a degollar como a un cordero.
 
Fue por esto que supimos que el vecino era un cazador furtivo –denunciado por cuatrerismo- que tenía a maltraer a varios campos de Saladillo. La noticia podría haber salido en los diarios pero no fue así: el dueño del campo que construía su casa era un empresario exportador de lana que compró un acuerdo de silencio: nadie diría ni una palabra, no habría denuncias policiales. Supe que el acuerdo incluía comprarle su chacra a un precio increíble con tal de no tener a un chiflado cerca. Reynoso iría a una obra que teníamos en Barracas.
 
A la mascota la enterramos en los fondos del terreno. Reynoso que era un hombre grande lloraba como un niño. Se había puesto las mejores ropas y tenia un pañuelo colorado anudado al cuello. Le habían matado a la única compañía que había tenido durante casi dos años en la soledad de ese paraje perdido en la pampa. Ahí nos enteramos de una habilidad de su mascota: como un perrito amaestrado traía en su boca una piedra la colocaba sobre su alpargata, El Reynoso daba la patada, la piedra volaba… Tigui atrapaba la piedra en el aire o la buscaba entre los pastos hasta traerla de vuelta a los pies del hombre.
 
 
20 años después en otra obra ubicada en el barrio de Núñez a la hora del relato, el capataz santiagueño volvió a contar la historia del Reynoso, pero esta era mas verosímil de aquellos hechos ocurridos delante de mis ojos: el vecino era un drogadicto que había ahorcado al gatito.  Reynoso había hecho justicia: se trenzaba en lucha con el criminal y lo degollaba.
 
No dije nada, me limite a escuchar.
Además, lo del tigre de Bengala jamás lo hubieran creído.