jueves, 20 de agosto de 2015

Zurcir el vacío





Las manos de mi madre bordeando los huecos de la memoria. Otra vez zurciendo la toalla, dejando el agujero mayor -enorme como Júpiter- para una próxima ocasión.
De alguna manera el hilo que intenta cerrar abre a la vez.
La abuela italiana, madre de mi padre, envió esta toalla junto con otros presentes para una fecha importante, un cumpleaños quizás. La toalla llegó, pero el resto de los regalos se los quedo una conocida que había ofrecido traerlos a la vuelta de su viaje a Italia.
Esta obstinación por no tirar esta toalla, o lo que queda de ella. Ese recurso desesperado por defender una memoria endeble.
Las manos de mi madre luchando contra el vacío. Contra los huecos que nos asedian el día a día.

martes, 18 de agosto de 2015

PRÉSTAMO...

Préstamo*


A Miguel Ángel Savino.


Al hombre le falto la presencia de tres abuelos. El abuelo materno que abandono a su madre y su tío siendo ellos unos niños pequeños.
Y los abuelos de Italia, Madre y Padre de su Padre que quedaron en su pueblo, atrapados en cartas que se lloraban al leerlas.
Y el después de crecer sin vivencias, sin la remota presencia de los abuelos para acompañar buenos y malos momentos.
Sucedió una tarde, muchos años después, cuando ya ninguno tenía a sus abuelos en vida y ya los padres que quedaban luchaban con achaques, fue entonces cuando el hombre mientras tomaba mate con su amigo de la escuela secundaria le pidió que le prestara un recuerdo.

-¿un recuerdo?

-Si, un recuerdo que fuese la esencia misma de tener abuelos y compartir con ellos.

El amigo eligió una abuela, la que vivía en la costa. Casi río, casi mar, allí donde los colores del río y del mar se mezclaban según mareas y la luminosidad del cielo.
Era la abuela que vivía sola, con una sola pierna suya, la otra una pata de palo. Y los recibía a él con su hermano menor, a veces con amigos de la escuela que compartían el gusto por la pesca.
Luego de la pesca, se comía el pescado preparado por las manos de la abuela y se tomaba vino tinto, porque la abuela lo compraba en damajuana.
La abuela de la pata de palo vivía solita, pero no tenía miedo, por si las moscas y por algunos malos vecinos había conseguido una carabina. Por lo que contaba, solo la había usado para disparar al aire si alguien quería robarle los pollos que criaba.

El hombre siguió por sus días agradecido por el recuerdo prestado y cada tanto cuando necesita de tomar distancia de sus propias cuestiones. Cuando busca una tregua arma la imagen de una abuela con pata de palo, damajuana y carabina esperando a sus nietos, y sonríe con una expresión que se acerca a la fragilidad de la dicha.