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PERDIDO EN UN TUNEL DEL TIEMPO...

A HORACIO GONZÁLEZ



-Texto del año 2002-




Siempre que tomo el ferrocarril Belgrano Sur en la estación Buenos aires me acuerdo del viaje que hice aquella tarde de 1989, cuando todavía estaba cursando la carrera de Sociología. Me debe haber impactado mucho ese viaje pues guarde el boleto de cartón bicolor -ida blanco y vuelta naranja- que vendían en las boleterías de aquella época cuando los trenes eran de una empresa nacional y el ferrocarril perdía solo un millón de dólares por día como aseguraba Bernardo, muy temprano, desde su programa de radio "despertando adormecido", cuando el sol apenas corría de luz al lucero y muchos maquinistas y operarios ferroviarios del Belgrano, entraban a trabajar en la estación Tapiales, donde están sus depósitos de locomotoras y talleres. Carlos Saúl, había ganado las elecciones hace un mes y conspiraba para tener el poder anticipado, para no esperar hasta el 10 de diciembre, y empezar a "unir las dos Argentinas" ya mismo. Bueno, pero esa es otra historia, padecida por todos.

En ese cuatrimestre cursaba Pensamiento Social Latinoamericano, y la daba Horacio González. Esa tarde fría y gris, nos convoco al numeroso curso a la terminal de la estación Buenos Aires, para tener una clase de cierre en el viaje en tren hasta la estación Tapiales. No me avergüenzo en decir que recuerdo poco y nada de la clase ni del viaje, salvo dos cosas: el respetuoso silencio con el que los trabajadores que retornaban a sus hogares se sumaban a escuchar la clase, y la imagen de Horacio, con su mechón de pelo caído a lo Arlt sobre la cara diciendo que con el gobierno de Menem llegaba el "fin de la patria ferroviaria". El futuro estaba lejos. Yo no consideré esa experiencia como una profunda experiencia pedagógica para mi carrera. Y muy lejos también estaba de verme reconstruir recuerdos.

Una gran nebulosa rodea todo lo que tenga que ver con esa época, ¿Qué pensaba? ¿Como sentía las cosas cuando estaba por cumplir 31 años, vivía con padres bastante saludables y tenía trabajo de asistente social en dos escuelas?. No lo sé. No puedo entender bien mi sentir de esa época.

Recuerdo, eso sí, que Horacio hablo de los trabajos que había recibido sin nombrar a los autores, el mío era un collage de imágenes que había recortado en revistas, a las cuales les había agregado algunas citas de autores, seguramente deformadas, habiendo entendido, el "malentendido creativo" que subyace a toda comunicación y desde luego a la literatura. Pero creo, y estoy casi seguro de esto, que estaba a años luz de entender que la "sociedad es como el aire", y que muchas cosas solo pueden percibirse en ausencia. La ausencia que es una realidad material, ó como gustaba decir Macedonio "casi como un pozo en el pasto".

Pero en ese año, teníamos 40.000 Km. de vías, había más ferroviarios que botelleros y cartoneros.

Y aunque el futuro estuviera expropiado de antemano, era un umbral impensable. Como ver desde un hoy cada paso que damos en la pura obstinación de vivir entre lo imprevisible y lo irreversible.

Hace unos años, quede varado en la estación de Tapiales por un desencuentro. y me encontré al frente del bar donde habíamos estado aquella vez sentados todo un curso y sus profesores tomando caña o café. El lugar se llamaba El Nogal, sin duda nombrado así por la calle los Nogales donde hace esquina, esta cerrado según parece hace muchos años, algunos pastos suben por los techos, creo que nunca antes había tenido una imagen que reuniera en pequeña geografía las tristezas del paso del tiempo, hacía un par de meses que se había muerto mi viejo, en un 12 de julio muy frío y luminoso, y yo estaba allí, 12 años después frente a ese bar cerrado, esperando a una persona que no vendría a buscarme. Llevaba el título de sociólogo enrollado en el porta láminas, y vagaba de pura ansiedad por la estación de trenes.

Pude ver por un descampado una locomotora negra de esas que andaban originales a vapor y otra diesel casi un esqueleto vacío, pegaditas como para que no haya mucho trabajo para levantarlas como chatarra. Más al oeste se ven dos vagones de maderita abandonados allí, la mayoría eran -y creo que lo son hoy mismo- usados como una vivienda mísera. En ese andén, percibí nuevamente el vértigo que siento ante cada túnel del tiempo que se abre en mis pasos de cada día, y volví en ráfagas a aquella tarde de 1989, cuando sobre una mesa de bar que bailoteaba por desniveles del piso, Horacio me firmo la libreta universitaria y nos cruzamos una eterna sonrisa.

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