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EN LA VOZ DEL LEÓN...

El hombre esta igual. Como antes del tiempo. La misma voz. La misma fuerza con la que parece dejar la vida entera en cada frase.

1988. Tengo su imagen en el seminario que curse en la carrera de sociología. Temblaba, temblaba y fumaba sin parar, y su voz hacía ecos tremendos en el aula. El silencio con el que recorrían el aire sus palabras era impresionante, a tal punto que el ruido del transito que subía desde la calle Marcelo T. de Alvear había sido borrado en mis oídos. Temblaba e imagino desde mi propio temblor lo que se desata al hablar del terror, de los efectos del terror en la subjetividad.

Pero el tiempo ha pasado. Para todos y también para mí. Mientras lo escucho me doy cuenta que me cuesta seguirlo en su análisis a pesar de haber leído varios de sus libros. El tiempo es impiadoso en algún sentido. Siempre deja testimonios. Recorro los estantes de pino donde se mezclan libros y cuadernos, dibujos de mis chicos, juguetes, y hasta ramas secas de parra que son una escultura en sí mismas.

Los libros me devuelven polvillo. Me reprochan un abandono que no puedo cuantificar. "Perón, entre la sangre y el tiempo" no esta más, -ya se... lo preste y no volvió-. Encuentro a "Freud y el problema del poder" como objeto que podría hablar de mudanzas y dolores que no vienen al caso. En la tapa de la edición de Plaza y Valdés hay una escultura de con un león echado. Este libro refleja al tiempo como mi rostro y mis canas, sus hojas están húmedas, veo mis marcas de estudiante hechas en lápiz. Leo el final:

-La filosofía, que oculta la muerte que sostiene su representación, ¿puede seguir haciéndose la tonta cuando la política rompió el límite de toda representación y se presenta desnudamente como terror? Pensar las condiciones de la verdad en filosofía es alcanzar en el hombre que piensa el fundamento donde se refugia en él mismo el núcleo de terror, la muerte interiorizada, como su propio límite.

-La verdad en la filosofía tiene su criterio de verificación fuera de ella: cuando el filósofo es eficaz se lo suprime. Intención realizada o no por el terror, permanece unida en él necesariamente a su destino. Y el destino -destinado a decir la verdad- es lo que el filósofo no puede eludir sin ponerse fuera de lo que pretende expresar: la verdad de su "verdad". Así termina el libro.



La voz de León, me devuelve al reencuentro de conceptos e ideas, y de algo de mí mismo también.



A León Rozitchner.
agosto del 2006

*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

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